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Imagen principal del artículo: Mi tía Damaris

Mi tía Damaris

Detesto muchas cosas de mí. Pero quizás la que más detesto es ser un pajoso. Con excesiva e injustificada frecuencia, me apunto a cosas a las que luego, no sé muy bien por qué, no asisto. Esta, desde luego, no es una gran confesión. Mis amigos y mi familia lo saben, lo padecen y, con los años, debido a su bondad y paciencia extremas, terminaron perdonándomelo.

Tengo en mi WhatsApp decenas de mensajes del último año donde mi tía Damaris y yo planeamos sesiones de vino y charla. Hablamos de qué vamos a comer, qué temas vamos a abordar, qué canciones vamos a oír. Pero nunca lo hicimos. Y si no lo hicimos fue porque me volví paja.

En octubre pasado acordamos hacer juntos una semblanza de Fray Miguel Ijurco, el célebre capuchino de origen vasco que hizo de Cartago su hogar.

Mi tía Damaris, de chiquilla, andaba para arriba y para abajo con él. Eso me contaba ella. Que Ijurco manejaba un microbús, que siempre fumaba, que era fanático del Cartaginés, que era divertidísimo.

Lo recuerdo con su chapela, su habano y su áspera voz. Recuerdo que él ofició mi matrimonio y el de mis padres. Recuerdo que fue directivo del Cartaginés. Recuerdo que alguna vez me dijo, luego de haberse retirado, que su rutina implicaba oraciones, ejercicios con el órgano, una cerveza a eso de las 11 a. m. y lectura. Recuerdo que me contó que había dejado el tabaco.

En mi WhatsApp tengo un audio donde mi tía Damaris me cuenta más cosas sobre Ijurco.

Pero no quiero abrirlo.

Porque mi tía Damaris murió.

Sé que a ella, excepto por el tema de abandonar el tabaco, le habría encantado la rutina de Fray Ijurco. Porque mi tía Damaris tenía algo de ese hedonismo que muchos se resisten a identificar en Cristo. Era, si se quiere, una santa herética. Una santa para la que el goce no representa vicio ni pecado, sino afirmación de la vida. Una santa bromista. Una santa alegre.

Todos los Viernes Santo llegaba a casa de mi mamá, su hermana. Llevaba vino, sopa de bacalao y flor de itabo. Una de las raras veces que no fui, me llamó para decirme que ella me había guardado flor de itabo, que pasaba luego a mi casa. Y pasaba de verdad. Porque mi tía Damaris, a diferencia de su sobrino, tenía palabra. Cumplía siempre.

Mi tía Damaris, en su momento, integró las huestes de apóstatas de Carazo. Cuando era universitaria, se hechizó con aquel brillante diputado que, a la postre, se convertiría en el único presidente guapo de Costa Rica. Fue apóstata también del rol que se esperaba de las mujeres de su generación: podría decir, con toda seguridad, que fue la primera feminista que comulgó en La Basílica. Pero lo más decisivo: fue una persona derecha, buena.

El último Viernes Santo tomamos un vino rosado que sustrajimos de la huaca de mi papá. Y conversamos montones sobre Cartago, sobre el país, sobre la historia familiar.

“¿Cuándo llegás para tomarnos el vinito, amor?”. Y remató con un sonriente y dulce: “Es que vos sos un pajoso”.