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Imagen principal del artículo: Mi hijo gay es una bendición desde mis valores espirituales

Mi hijo gay es una bendición desde mis valores espirituales

Hace algunos años caminé la romería a la Basílica de los Ángeles con una camiseta que decía: "Mi hijo es una bendición, y todas las personas LGBTQ también." Fui con mi hijo menor, defensor de derechos humanos desde sus 14 años, y con un amigo. Fue un camino hermoso. En otra ocasión llevé tizas de colores y escribí sobre el asfalto de la ruta mensajes acerca de cómo cambia el trato hacia las personas cuando sostenemos una creencia que construye, en lugar de otra que destruye y alimenta el odio.

Este año todavía no sé si haré la romería. Pero sí sé que quiero hablar, una vez más, de algo que la ciencia y la evidencia documentan desde hace más de dos décadas: la aceptación familiar no es un gesto simbólico. Es un factor de protección con efectos reales sobre la salud mental y el riesgo suicida.

Lo que dice la evidencia

La investigadora Caitlin Ryan y su equipo del Family Acceptance Project, de la Universidad Estatal de San Francisco, llevan más de 20 años documentando algo que muchas familias todavía no quieren escuchar: el rechazo hacia una hija, un hijo o hije LGBTIQ+ tiene consecuencias medibles y graves.

Uno de sus estudios encontró que las personas jóvenes lesbianas, gais y bisexuales que experimentaron altos niveles de rechazo familiar tenían más de ocho veces mayores probabilidades de intentar suicidarse, casi seis veces mayores probabilidades de sufrir depresión y más de tres veces mayores probabilidades de consumir drogas ilícitas que quienes reportaron poco o ningún rechazo familiar.

Otra investigación del proyecto encontró que la aceptación —mediante acciones tan sencillas como hablar con respeto del tema, defender a la persona joven frente a comentarios discriminatorios o incluir a su pareja en la vida familiar— actúa como un factor protector frente a la depresión, el consumo de sustancias y las conductas suicidas. También se relaciona con una mayor autoestima y un mayor apoyo social.

No es una opinión, sino un patrón que aparece en distintas investigaciones: el vínculo de confianza que una familia construye —o rompe— antes de que una persona reconozca su orientación o identidad influye en la manera en que atraviesa ese momento. Un niño o una niña que crece escuchando burlas, chistes o comentarios homofóbicos, lesbofóbicos, bifóbicos o transfóbicos en su propia casa, aunque no vayan dirigidos hacia esa persona, aprende desde temprano que ese hogar no representa un lugar seguro para decir quién es.

La otra cara: lo que pasa cuando el odio no se queda en la sala

Ese aprendizaje temprano no se queda en lo privado. Se refleja en cifras que deberíamos leer con la misma seriedad con la que leemos un boletín de salud pública.

En Costa Rica, el Informe sobre Discursos de Odio y Discriminación 2025, elaborado por Naciones Unidas Costa Rica junto con COES Comunicaciones, registró más de 2,1 millones de mensajes y expresiones de odio y discriminación en redes sociales. Los ataques dirigidos contra la población LGBTIQ+ aumentaron un 344% con respecto al periodo anterior y constituyeron el tipo de discriminación que más creció.

A escala regional, la Red Sin Violencia LGBTIQ+ documentó al menos 361 homicidios de personas LGBTIQ+ en diez países de América Latina y el Caribe durante 2024, el equivalente a una persona asesinada cada 24 horas. De los casos con información sobre la edad, más de la mitad de las víctimas tenía entre 21 y 35 años. Los grupos más afectados fueron los hombres gais cisgénero, con 130 casos, y las mujeres trans, con 113.

En Estados Unidos, las estadísticas de delitos de odio correspondientes a 2024 ubicaron la orientación sexual entre las principales categorías de motivación discriminatoria. Esta representó el 17,2% de las víctimas de incidentes atribuidos a un solo tipo de prejuicio.

¿Por qué importa unir estos dos mundos: la casa y la calle?

Porque no son fenómenos separados. El discurso que dice "yo respeto, pero que no viva su identidad", "que no tenga pareja de su mismo género" o "que no lo exprese porque eso sí es pecado" no es neutral: comparte, aunque de manera suavizada, la lógica que alimenta el discurso de odio en la calle y en las redes.

Es la idea de que existe una versión aceptable de una persona LGBTIQ+ siempre y cuando se esconda, se calle o se reprima. Esa idea, sostenida durante años en un hogar, no protege a nadie: enseña a un niño o una niña a no confiar en su propia familia el día que más la necesite.

Cuando una familia reemplaza esos mitos —la maldición, el pecado, la burla disfrazada de broma— por un discurso que construye, disminuye el riesgo de conductas suicidas y aumentan la autoestima y la red de apoyo social. Ese acompañamiento puede proteger y dignificar una vida. También rompe, generación tras generación, la cadena que alimenta el odio que después vemos multiplicado en las estadísticas nacionales y regionales.

Y aquí hay algo que solemos pasar por alto: ese ambiente familiar hostil no afecta de una sola manera. Los niños y las niñas que, con el tiempo, reconocen una orientación sexual distinta de la heterosexual, o una identidad o expresión de género que no coincide con el sexo que se les asignó al nacer, absorben esos comentarios como una amenaza directa. Ahí pueden comenzar la ansiedad, la depresión y otros efectos sobre la salud mental y emocional.

Pero los niños y las niñas que crecen dentro de ese privilegio —cisgénero, heterosexuales y con una identidad o expresión que coincide con lo esperado— tampoco salen ilesos de ese ambiente. Aprenden, mediante los mismos comentarios, a burlarse, excluir y violentar a quienes no comparten ese privilegio. El daño no se queda en un solo lado de la mesa familiar: se reparte, aunque de formas distintas, entre todas las personas que crecen escuchándolo.

Una fe que no excluye

Por eso, cada vez que camino hacia la Basílica —con camiseta, con tiza o simplemente con la intención puesta en esto— no lo hago para provocar. Lo hago porque creo que una fe que construye no necesita excluir a nadie para sostenerse.

Y porque sé, con datos en la mano, que el amor de una familia —expresado en voz alta y sin condiciones— puede marcar la diferencia en la vida de alguien a quien queremos.