¿Por qué alguien que podría vivir en cualquier parte del mundo decide mudarse a Nosara?
En temporada alta llegan cada semana a Nosara personas que podrían vivir prácticamente en cualquier lugar del mundo: empresarios que vendieron sus compañías, personas que trabajan de forma remota para empresas internacionales, familias que buscan criar a sus hijos en un entorno distinto y personas que decidieron retirarse en un lugar donde todavía es posible despertarse con el sonido de los congos y ver tortugas desovando.
No vienen por una casa frente al mar, sino por un paisaje vivo: bosque, ríos, playas y la tranquilidad de un lugar donde la naturaleza todavía dicta el ritmo.
Podrían haber elegido decenas de destinos. Sin embargo, eligieron Nosara. La pregunta es inevitable: ¿qué están buscando realmente?
Y ahí aparece una paradoja: el mismo crecimiento que atrae inversión, empleo y nuevas oportunidades puede terminar destruyendo aquello que hizo atractivo el lugar desde el inicio.
Esa tensión no es exclusiva de Nosara. Hoy atraviesa buena parte de Guanacaste y, poco a poco, alcanzará a muchas otras comunidades del país. La presión sobre el agua aumenta, los servicios públicos tardan en expandirse y la infraestructura vial queda rezagada. Los centros educativos y los servicios de salud enfrentan nuevas demandas. El mercado avanza a una velocidad que el Estado, la mayoría de las veces, no logra acompañar.
Es precisamente en ese espacio donde nace lo que me gusta llamar el Método Nosara.
No es una receta. Es la constatación de que, cuando el crecimiento supera la capacidad del Estado, la organización comunal deja de ser un complemento y se convierte en una necesidad. El método descansa en tres elementos: comunidades que planifican su territorio antes de que el mercado lo haga por ellas; reglas construidas desde adentro y no impuestas desde afuera; y la disposición de residentes, empresas y organizaciones para actuar en conjunto, aunque tengan orígenes distintos.
A lo largo de más de cinco décadas, vecinos, organizaciones comunales, empresas y personas que llegaron desde distintas partes del mundo han construido una capacidad poco común para pensar el futuro del territorio.
El caso más visible es el del bosque. Pocos saben que parte del bosque secundario que hoy distingue a Nosara estaba destinado hace décadas a convertirse en canchas de golf frente al mar. La comunidad resistió y la naturaleza recuperó el espacio. Ese bosque es hoy uno de los principales activos ambientales y paisajísticos de la zona, y sus senderos son gratuitos y están abiertos para todas las personas.
Más recientemente, tras seis años de litigio, quedó firme el Reglamento de Construcciones de Nosara. Su valor no es solo jurídico: demuestra que una comunidad puede construir reglas claras para orientar su crecimiento sin esperar que alguien más lo haga por ella.
Hoy, ese mismo esfuerzo da forma a un corredor biológico voluntario que conecta propiedades públicas y privadas para mantener el movimiento de la fauna y proteger los ecosistemas que sostienen el agua y la biodiversidad.
Pero quizá la lección más importante trasciende Nosara. Costa Rica no se convirtió en un referente mundial en conservación únicamente gracias al Estado.
Lo logró porque miles de costarricenses, junto con personas de muchos otros países, decidieron dedicar tiempo, conocimiento, recursos y esfuerzo a proteger este paraíso. Nuestros parques nacionales, reservas privadas, estaciones biológicas y proyectos comunitarios son el resultado de esa alianza extraordinaria.
Nosara forma parte de esa misma historia. Aquí conviven familias que llevan generaciones viviendo en la comunidad con personas que llegaron hace 30 años y otras que apenas comienzan una nueva etapa de sus vidas. Lo que verdaderamente importa no es el lugar de nacimiento, sino la disposición para asumir una responsabilidad compartida con el territorio.
Entonces, ¿por qué alguien elegiría Nosara? Por las mismas razones que hacen necesario protegerla. El desarrollo puede atraer personas, pero solo una comunidad organizada puede conservar las razones por las que decidieron venir.
Hoy Nosara crece. La conservación también. Eso no es un accidente: es el resultado de 50 años de trabajo.
