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Médicos especialistas: cuando se sacrifica la calidad por la cantidad

Cuando se inicia la carrera de medicina, la exigencia académica, la curiosidad por investigar y el deseo de aprender forman parte inherente de la vocación médica. Sin embargo, en los últimos años, estos principios parecen haber quedado relegados en la discusión sobre la formación de especialistas.

En la actualidad, una serie de presiones gubernamentales y sociales —particularmente de la población más afectada por esta crisis— pone en riesgo la formación de calidad en nombre de la cantidad. La presión constante por formar más especialistas y acelerar los procesos puede terminar sacrificando algo que nunca debería quedar de último: la excelencia académica.

En los últimos años, la formación de médicos especialistas se ha visto comprometida por procesos cada vez más laxos, en los que se deja de lado una evaluación justa y necesaria para determinar las capacidades y competencias de quienes aspiran a ingresar a una especialidad médica.

Es cierto que, desde hace varios años, se habla de hacer este proceso de selección más corto y objetivo, de modo que la preparación y las habilidades de los aspirantes pesen más que otros factores, como si provienen de una universidad pública o privada, de una familia humilde o adinerada, o si son extranjeros o nacionales. Ese objetivo es correcto. Pero no se puede sacrificar el debido proceso ni la calidad de la formación.

Poniendo en contexto

Cuando un médico ingresa a un posgrado de especialidad médica, asume un rol dual: es trabajador de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), con todos los derechos y deberes que esto implica, y también estudiante de la universidad a la cual ingresó para desarrollar su proceso formativo, con las obligaciones y responsabilidades propias de esa condición.

Por lo tanto, cumplir exámenes, evaluaciones y análisis de casos forma parte —y debe formar parte— del quehacer cotidiano. Todo esto busca garantizar una preparación académica que permita aplicar conocimientos en la labor asistencial y, más importante aún, brindar una atención de calidad y actualizada a los pacientes.

Pero esa perspectiva parece haberse perdido en medio de las presiones y proyectos de ley planteados en los últimos meses.

Proyectos como el expediente 24.015, donde se plantea incluso eliminar procesos de admisión para acelerar la preparación de especialistas en áreas críticas como anestesia, neonatología, cirugía y muchas otras, han abierto la puerta a la formación en hospitales o centros de salud que no necesariamente cuentan con la infraestructura ni el personal requerido para dicha capacitación.

Durante la formación, cualquiera que sea la especialidad, el estudiante debe tener un mínimo de exposición a ciertos procedimientos, casos clínicos y competencias específicas.

Imaginemos, por ejemplo, a alguien que se forma en anestesiología en un centro médico donde no tiene exposición a cirugías complejas, como cirugía cardíaca o neurocirugía. Esa persona podría terminar su formación sin haberse enfrentado a esos retos clínicos y, posteriormente, trabajar en un centro médico donde sí deba atenderlos. Una formación deficiente puede traducirse en dificultades reales para responder de la mejor manera ante esos casos.

¿Y a qué responde todo esto?

  1. A una preparación deficiente para enfrentar distintos escenarios clínicos.
  2. A la formación de especialistas sin una adecuada correspondencia con las necesidades reales del país ni con la realidad de cada región.
  3. Al envío de especialistas a realizar servicio social en lugares que no cuentan con las condiciones mínimas para ejercer adecuadamente.
  4. A la falta de incentivos para la educación médica continua. Desde hace muchos años, los apoyos en permisos de tiempo e incentivos económicos para subespecialización y capacitación dejaron de otorgarse a profesionales en salud, no solo médicos, sino también personal de enfermería y otras áreas. Por ello, muchos deben pagar de su propio bolsillo capacitaciones costosas en el extranjero y, al regresar a Costa Rica, someterse a procesos de convalidación. Aun así, su salario puede ser el mismo que el de una persona sin esos atestados, porque el reconocimiento salarial basado en competencias dejó de aplicarse hace años. En ese contexto, la medicina privada se vuelve cada vez más atractiva y promueve la fuga de especialistas.

Si bien estos son algunos de los problemas actuales, también pueden plantearse algunas soluciones:

  1. Actualizar los currículos de formación de las distintas universidades, con base en las necesidades actuales y en la vanguardia de los avances médicos.
  2. Garantizar centros hospitalarios con capacidad real de formación y personal disponible, no solo con un nombre en un papel que funge como tutor.
  3. Crear métodos de fiscalización que exijan rendición de cuentas a las universidades públicas y privadas que forman especialistas, especialmente sobre sus programas y graduados.
  4. Establecer procesos de selección objetivos, que realmente valoren habilidades, competencias y destrezas relacionadas con la especialidad a la que se aplica, tanto para quienes se forman a nivel nacional como para quienes se formaron en el extranjero.

La crisis de especialistas es apenas la punta del iceberg de un problema país. También habría que hablar de otros temas igual de importantes, como el fortalecimiento del primer nivel de atención y la creación de políticas de salud pública basadas en prevención.

Pero, ya que este es uno de los asuntos que hoy toca fibras más profundas en la sociedad, podemos empezar por mejorar el proceso formativo. Formar más especialistas es necesario, pero no a cualquier costo. En medicina, sacrificar calidad por cantidad no es una solución: es trasladar el problema al paciente.