El ser artista se da porque el destino no cuestiona. Porque se nace con el deseo y la explosión de querer ofrecer una parte de nuestro ser al mundo. Se es artista porque la noche es sinónimo de oportunidad y reflexión, donde las ideas surgen como contracara del día, porque el subconsciente adquiere madera que luego tallará.
El deseo por el arte no se fuerza: se deja fluir. Se despierta con él en las madrugadas, apostando a que la idea sea tan buena que valga la pena el desvelo.
Ser artista es perseguir los sueños más desesperados, con la clara medida de que el éxito no está asegurado. Ser artista es claudicar ante la idea de que la fama y el dinero no son más que ideales que bien podrían no existir, porque lo que arde en el corazón del artista yace en el amor incondicional por lo que se hace. No basta con querer: se necesita soñar.
Los sueños del artista no están hechos de madera que se pueda golpear para llamar a la suerte. Están hechos de cristal y nube, y desaparecen en cuanto el rechazo surge y la duda impera. Los sueños del artista son deseos irreales que, hasta que se trabajan, se escriben en piedra. No deben basarse en lo efímero, sino en el puño de la inmortalidad. El artista nunca muere: se transforma y se eleva hasta que el sol decida que ya no vale la pena regresar.
