El escritor Víctor Hugo Fernández ha publicado un libro que podría parecer extraño al lector actual bajo el título de Un caballo olvidado en la playa. Y digo extraño porque utiliza temáticas de la mitología griega para reflexionar acerca de algunas situaciones existenciales. La referencia a varios de los mitos más conocidos que cantaron —en su origen— poetas como Homero o Hesíodo supone, a nuestro modo de ver, la posibilidad de que estos continúen ofreciendo respuestas incluso a una persona de nuestro tiempo: alguien que ya sabe cómo es la vida y que revisa las apuestas perdidas, los fracasos y los únicos valores —sabores— que deben permanecer como parte de un patrimonio insustituible, quizá solo verdades.
El poemario inicia con “Anacreonte y los modernos”, una especie de sátira que se extiende desde la dignidad del papiro hasta la brillantez fugaz de las pantallas de los celulares donde algunos poetas leen en recitales “multitudinarios”. Aquí no se trata de cancelar lo que se escribe hoy con esa celeridad en los chats, sino de estimular las interrogaciones. Los númenes que acudieron a la solicitud de los antiguos poetas tal vez son vistos con añoranza. Fernández no lo dice. ¿La sangre que bombea del poema desde la antigüedad permanece? Tal parece que sí, a pesar de todo. La poesía se regenera.
En “La herencia de Quirón” tenemos la paradoja de que el mito sea solo un encubrimiento. La fábula es necesaria hasta que sabemos que no puede ser real. Es como cuando los niños se cansan de los cuentos infantiles. Al principio pueden pensar que la imaginación los protege contra la hostilidad del mundo. Quirón presupone que ya no quiere ser una sombra entre los mortales y solicita a los dioses su finitud. Nos hereda, así, la experiencia de que el mundo, con sus prosaísmos, nos despoja en algún momento de aquello que sostenía el sentido de las metáforas.
El poema “Orión”, uno de los más hermosos y filosóficos, se vale del mito para pensar la Tierra desde la inmensidad del cosmos. El gran cazador, convertido en constelación después de ser atacado por Escorpio, mira con nostalgia la Tierra, su lugar de origen, un sitio donde, sin su presencia, todo sin embargo continúa.
Nos damos cuenta de que el poeta toca las puertas, en este viaje mítico-poético, de la disolución de toda experiencia. Lo sabemos por lo que dicta en “La respuesta en el basalto”. Al final, todos tendremos que quemar las naves, no porque deseemos hacerlo, sino porque es el designio de nuestro viaje terráqueo. Queremos quedarnos en el lado oscuro, pero no absolutamente anulados, donde aún se esperaría una compañía “ruidosa y dulce”.
En el poema “Paris” se afirma “que toda belleza verdadera / es una forma lenta del desastre”. Supone, en síntesis, para quien ha vivido, que la belleza tiene trampas mortales en las que, sin armas, podemos morder el polvo. No importa cuánto intentemos defender lo que nos inspira: “Helena” es la obsesión por la irremediable fugacidad. Para el poeta, la verdad es esta —sentencia, por demás, de raíz griega—: “Y los dos olvidamos / que los dioses / jamás entregan un regalo / sin cobrarlo después”.
La interpretación mitológica de Fernández prosigue con poemas como “Los caballos de Troya”, la confusión ante un aparente regalo; “Héctor”, de lo que trata el destino; “Heráclito y la otra verdad”, ironía de cuando no todo fluye; “El viejo Tiresias confundido”, símbolo de cuando los enigmas no producen respuestas, sino más incertidumbre; “Odiseo”, alter ego del mismo autor, quien se da cuenta de que “los hombres persiguen incendios, / pero viven mejor para el hogar”, y ese hogar puede corresponder a lo que cada uno interpreta una vez que comprende que los dioses “… sienten debilidad / por arruinar planes humanos”, lo cual es una sentencia lapidaria.
También aparecen “Aquiles”, otro arquetipo del destino, que surge como una explicación de la grieta que tienen todos los hombres y por la cual ya son trágicos por naturaleza; “Ítaca”, quizás el mejor poema, lo que se aprende después de un largo “extravío”; y “Odiseo en Tibás”, donde el guerrero mismo es el autor, parte de la tierra y de una localidad, pero no necesariamente de su conciencia. Esto revela la gravedad lírica del poemario: quien busca asidero en su conciencia es un Odiseo cuyas pruebas vivenciales lo rebasan. Al final, Homero acompaña en su ensoñación al poeta por esas calles donde sale a pasear a su perro. La épica se ajusta a la medida de nuestra pequeña andanza.
El poeta es truculento. Transforma los mitos para engarzarlos a su realidad porque, de lo contrario, lo vivido le parece un truco mayor. Fernández nos muestra una disociación necesaria en sus versos y podemos decir que todos sus personajes son su propia travesía. Nombrar lo que ya conoce con el lenguaje cotidiano esta vez le pareció redundante. Esa es la verdad subyacente que encontramos.
