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La fuerza de la gravedad

Existe una fuerza contra la que nadie puede discutir. No importa cuánto la ignoremos, cuánto la desafiemos o cuánto pretendamos que no existe: la gravedad siempre termina imponiéndose. Si una persona decide lanzarse desde un edificio, no puede negociar con las leyes de la naturaleza; caerá. No es un castigo, no es una conspiración, es la consecuencia inevitable de sus actos.

La economía también tiene sus propias leyes. No son tan exactas como las de la física, porque se trata de una ciencia social, pero responden a relaciones de causa y efecto que una y otra vez terminan manifestándose. Un gobierno puede maquillar cifras durante un tiempo, construir narrativas optimistas o encontrar indicadores aislados para celebrar, pero las consecuencias de sus decisiones terminan cayendo con el mismo peso inevitable de la gravedad.

Lo mismo ocurre con las instituciones y con la vida pública. Existen fuerzas que pueden ignorarse durante un tiempo, pero jamás eliminarse. Cuando se toman decisiones equivocadas de manera sistemática, tarde o temprano la realidad pasa la factura.

El desplome del precio del dólar es un ejemplo evidente. Miles de empresas exportadoras, del sector turismo, agrícola, de dispositivos médicos y de servicios reciben hoy, en promedio, cerca de un 20% menos colones por los mismos dólares que generaban hace cinco años. Esa pérdida no es un asunto contable; significa menores márgenes, menor capacidad de invertir, menor contratación de personal y, en muchos casos, una lucha diaria por sobrevivir.

Y si esas empresas ganan menos, pagarán menos impuestos. No porque sean evasoras o menos solidarias sino porque simplemente tendrán menos utilidades sobre las cuales tributar. Esa es la gravedad económica: cuando se reduce la rentabilidad de los sectores productivos, tarde o temprano disminuye también la recaudación fiscal.

Los resultados mostrados esta semana por el Banco Central retratan precisamente esa realidad: menor recaudación, menos personas con empleo, un endeudamiento más elevado y una economía con poca resiliencia para enfrentar los tiempos difíciles que ya se vislumbran.

Si el área que se exhibía como la mayor fortaleza de la pasada administración presenta estos malos resultados, cabe preguntarse cuál es el estado de aquellos sectores donde el deterioro institucional ha sido aún más evidente.

Las leyes del mercado no funcionan según discursos políticos, funcionan mediante incentivos. Cuando estos se distorsionan, las consecuencias aparecen tarde o temprano.

Algo parecido ocurre con la inversión extranjera directa. Las cifras del primer trimestre de 2026 fueron presentadas como una demostración del enorme atractivo del país. Sin embargo, existe un dato que obliga a interpretar esos números con cautela: una parte muy significativa de esa inversión corresponde a la adquisición de negocios de FIFCO por parte de Heineken. Esa operación extraordinaria representa cerca del 71% del monto registrado y puede inducir a una lectura excesivamente optimista sobre la dinámica real de nuevas inversiones.

Cuando esa transacción deje de formar parte de las estadísticas y los números reflejen únicamente el flujo normal de inversión, podríamos descubrir que la realidad era mucho menos favorable de lo que se quiso hacer creer. Entonces volveremos a experimentar el mismo fenómeno: llegaremos tarde para evitar el golpe de la cara contra el suelo. La gravedad no perdona el exceso de confianza.

La gravedad también opera sobre el capital humano. Ningún país puede reducir sostenidamente la inversión en educación pública y esperar trabajadores más productivos. Ninguna sociedad puede debilitar su sistema de salud y creer que su competitividad permanecerá intacta. Tal vez los resultados no aparecen de inmediato, pero llegan.

Siempre llegan.

En el caso de la Caja Costarricense de Seguro Social, el problema resulta todavía más evidente. El sistema solidario descansa sobre tres fuentes: el aporte del Estado, el de los trabajadores y el de los patronos. Si uno de esos tres pilares deja de cumplir con su obligación, todo el edificio comienza a debilitarse.

Desde la administración anterior, el Estado mantiene una deuda creciente con la Caja. No porque carezca de recursos, sino porque no ha existido la voluntad política suficiente para honrar esa obligación. Mientras tanto, quienes sufren las consecuencias son millones de asegurados que enfrentan listas de espera, menor capacidad de atención y un sistema sometido a una presión creciente.

En cualquier organización existe una regla elemental: quien no cumple con sus obligaciones pierde legitimidad para exigir derechos. Surge entonces una pregunta que merece debate: ¿debería el Estado conservar la misma representación y poder de decisión dentro de la Junta Directiva de la Caja mientras incumple sistemáticamente sus aportes?

Un Estado que no cumple con su obligación de financiar el sistema tampoco debería ejercer poder de veto sobre las decisiones de quienes sí honran sus compromisos. Lo contrario equivale a utilizar el incumplimiento como una herramienta de presión para provocar el deterioro del sistema y luego presentar ese deterioro como prueba de que el modelo no funciona: una verdadera profecía autocumplida.

La gravedad institucional también alcanza al Estado de derecho.

La negativa de la bancada oficialista a votar sobre la lista existente para elegir magistrados suplentes de la Sala Constitucional amenaza con llevar al tribunal a un cierre técnico que dejaría desprotegidos derechos fundamentales de la ciudadanía.

Si quienes provocan esa situación no enfrentan ninguna consecuencia política o electoral, el incentivo para repetir estas conductas permanecerá intacto. También aquí operan las leyes de causa y efecto.

Las instituciones no colapsan de un día para otro. Se erosionan lentamente, hasta que un día descubrimos que ya no pueden cumplir su función.

Quizás ese eventual cierre sea también una llamada de atención para el país. Un recordatorio de que el continuismo de malas decisiones puede conducirnos a un punto de no retorno.

La gravedad no distingue ideologías ni simpatías políticas. No premia ni castiga. Simplemente actúa.

La economía responde a incentivos. Las finanzas públicas responden a la producción. La inversión responde a la confianza. La educación responde a la inversión sostenida. La salud responde al financiamiento responsable. Las instituciones responden al respeto por las reglas.

Ignorar esas fuerzas puede producir la ilusión temporal de que todo marcha bien, pero la gravedad nunca desaparece. Solo espera el momento en que la realidad alcance a quienes decidieron desafiarla.

Y, en este caso, el golpe contra el suelo no lo recibirán solo quienes tomaron las decisiones. Lo recibirá un país entero.