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La civilización del aplauso: cuando las masas dejan de pensar y el poder deja de estudiar

Hay libros cuyo mérito consiste en sobrevivir a la época que los vio nacer. Otros, excepcionalmente escasos, parecen escritos para cada generación que se resiste a escucharlos. La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset, pertenece a esta última categoría. Lejos de ser una crítica circunstancial a la Europa de entreguerras, constituye una reflexión sobre un fenómeno permanente: la facilidad con la que las sociedades renuncian al rigor intelectual cuando la comodidad del consenso resulta más seductora que la exigencia del pensamiento.

El “hombre-masa” del que habla Ortega no representa una clase social ni una condición económica. Es una disposición del espíritu. Es aquel individuo que considera suficiente su propia opinión, no porque haya recorrido el arduo camino del conocimiento, sino porque ha perdido la conciencia de que existen saberes que requieren estudio, disciplina y humildad intelectual. Es quien exige ser escuchado sin haber aprendido primero el valor de escuchar.

La tragedia contemporánea consiste en que esa actitud ha dejado de ser una excepción para convertirse, progresivamente, en una norma cultural. Nunca la humanidad había tenido acceso a semejante cantidad de información; nunca, al mismo tiempo, había mostrado tanta dificultad para convertir esa información en conocimiento y ese conocimiento en criterio. La inmediatez ha desplazado a la reflexión. La reacción ha sustituido al juicio. Y la emoción, convertida en argumento político, ha relegado a la razón a un incómodo segundo plano.

La política no ha permanecido inmune a esta transformación. Allí donde antes el liderazgo encontraba legitimidad en la preparación intelectual, la prudencia y la capacidad de deliberación, hoy suele premiarse la improvisación, el impacto mediático y la capacidad para producir frases de consumo inmediato. El discurso ya no aspira a persuadir mediante la fuerza de las ideas, sino a conquistar adhesiones instantáneas mediante la emoción.

A ello se suma un fenómeno todavía más inquietante: la creciente devaluación de la formación integral como requisito para ejercer el liderazgo público. Pareciera haberse instalado la convicción de que el estudio es un atributo secundario y que la espontaneidad basta para gobernar. Leer, investigar, conocer la historia, comprender la economía, la filosofía, el derecho o la ciencia política parece, para algunos, un lujo prescindible. La ignorancia, cuando logra conectar emocionalmente con las mayorías, deja incluso de avergonzar y comienza a exhibirse como una prueba de autenticidad.

El resultado es un progresivo empobrecimiento del discurso público. Se habla mucho, pero se dice poco. Se opina sobre todo, pero se comprende cada vez menos. El pensamiento elaborado ha cedido espacio al comentario impulsivo; la argumentación ha sido sustituida por la consigna; la profundidad por la inmediatez. Como si el destino de una nación pudiera conducirse con la misma ligereza con la que se construye una tendencia pasajera en las redes sociales.

Quizá la imagen que mejor describe esta realidad sea una metáfora tomada de la cultura popular. Sin desmerecer el inmenso legado artístico de Roberto Gómez Bolaños, cuya genialidad nadie sensatamente discutiría, buena parte del debate político parece haberse trasladado a la lógica de la vecindad de El Chavo del 8. No porque la obra carezca de inteligencia —todo lo contrario—, sino porque el intercambio público ha terminado reproduciendo una dinámica donde predominan la burla, la descalificación inmediata, el malentendido permanente y la ocurrencia por encima de la argumentación. La sátira televisiva ha terminado convirtiéndose, paradójicamente, en el modelo involuntario del debate democrático.

No deja de ser una ironía que quienes aspiran a dirigir sociedades complejas consideren innecesario el esfuerzo de comprenderlas. Como si administrar un Estado exigiera menos preparación que ejercer cualquier profesión liberal. Nadie confiaría una cirugía a quien jamás estudió medicina, ni aceptaría que un puente fuese diseñado por quien desconoce la ingeniería. Sin embargo, con desconcertante frecuencia se considera suficiente el carisma para conducir los asuntos públicos, como si el gobierno pudiera improvisarse y la ignorancia fuese una credencial democrática.

Ortega comprendió que las civilizaciones comienzan a erosionarse cuando dejan de reconocer el mérito intelectual como fundamento de la autoridad moral. Nuestra época parece haber dado un paso adicional: no solo ha dejado de admirar el conocimiento, sino que en ocasiones lo contempla con sospecha. El experto debe justificar permanentemente su preparación; el improvisado únicamente necesita exhibir seguridad. Se celebra la ocurrencia y se caricaturiza el estudio. La popularidad ha desplazado a la competencia.

Pensar antes de hablar parece haberse convertido en una costumbre reservada para unos pocos. Estudiar antes de emitir un juicio casi constituye un acto de resistencia cultural. Los antiguos estoicos enseñaban que la palabra debía ser consecuencia del dominio de la razón y del carácter. Hoy, por el contrario, el orden parece haberse invertido: primero se habla, luego se reacciona y, finalmente, si queda espacio entre el ruido y la prisa, acaso se piense. Entretanto, proliferan los fabricantes de contenido efímero, expertos en captar la atención de las masas, pero incapaces de sostener una idea cuando desaparecen las cámaras.

No se trata de añorar un pasado idealizado ni de sostener que toda manifestación popular carece de valor. Ortega jamás defendió semejante simplificación. Su preocupación era otra: advertir que una sociedad democrática solo puede sobrevivir cuando sus ciudadanos distinguen entre la opinión y el conocimiento, entre la representación y el espectáculo, entre el liderazgo auténtico y la simple popularidad.

Esa advertencia conserva hoy una vigencia extraordinaria. Las instituciones pueden mantenerse formalmente intactas mientras el espíritu que les da sentido comienza a extinguirse lentamente. Ninguna Constitución, por perfecta que sea, puede sustituir la ausencia de ciudadanos capaces de pensar críticamente ni la falta de gobernantes dispuestos a prepararse con la seriedad que exige el ejercicio del poder.

Al concluir La rebelión de las masas, el lector descubre que Ortega y Gasset no escribió únicamente sobre su tiempo. Escribió sobre una posibilidad constante de la condición humana: la tentación de sustituir el esfuerzo del pensamiento por la comodidad del aplauso. Tal vez esa sea la verdadera rebelión de las masas en el siglo XXI: no levantarse contra las élites, sino contra la exigencia intelectual. Y cuando una sociedad deja de admirar a quienes estudian para comenzar a ovacionar a quienes simplemente gritan más fuerte, ya no solo empobrece su discurso; comienza, silenciosamente, a comprometer su propio destino.