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La bola quedó en nuestro campo

Cuando se juega, siempre es más lo que se gana. Y no hablo de fútbol; o no solo. Mucho menos hablo de ganar plata, que a estas alturas no solo está complicado, sino que además tiene más relación con el fútbol como negocio que con el fútbol como juego.

Y es que, desde la primera frase —esa que cuesta tanto encontrar y armar bien—, jugar es la palabra clave. Divertirse, animarse, probar una y mil veces, imaginar, seguir reglas, enfurruñarse o intentar saltarse alguna sin que te pesquen.

Jugar. ¿Se acuerdan? Digo, cuando no alcanzaba el tiempo y pedíamos cinco minutos más. Cuando juntarse con amigos, amigas, primos o primas era lindo porque cada quien llevaba sus carritos, sus muñecos, sus ideas, y el equipo se hacía más grande.

Jugar, como crear, es buscar posibilidades. Y si se hace en grupo, es contar con el otro, mirarlo, medirlo, darle la mano si se cae, descubrir dónde está escondido.

Jugar es detener el tiempo. Es entregarse de lleno al presente, al “¿qué pasaría si…?”.

Y en este momento del mundo, ¡qué bien nos viene jugar!

Quizá por eso el Mundial cayó justo. Porque en cada país, incluso en aquellos que no llegaron, hace tantísima falta darse un tiempo, planear estrategias, fundirse en abrazos, encontrar un agotamiento que no sea el cotidiano, una esperanza chiquita que nos hermane, un rival que no lo sea de verdad verdadera. Es decir, uno que no nos meta la mano en la billetera, ni nos recorte derechos, ni nos trate de tarados, ni nos traicione, ni nos bombardee.

Yo soy argentina, es cierto. También soy tica y muchas otras cosas, y me la juego por cada una. Aunque pierda.

Una vez oí que ver fútbol y decir “ganamos” es como mirar porno y decir “cogimos”. Puede que sea cierto, al menos en lo que tienen de industria ambos: en lo que otros capitalizan con nuestro placer y nuestra alegría.

Por eso, ahora que apagamos la pantalla, les invito a seguir jugando. A aparcar los nacionalismos que se derrumban cuando les acercamos una lupa y llevarnos la pelota a nuestra cancha.

Para inventar cómo salir de esto que nos apremia. Para armar equipos y colectividades donde confluyan orígenes y gustos. Para suspender el tiempo y pensar que es posible vencer, en lugar de sentirnos derrotados desde nuestros sillones.

Si lo hacemos —y urge— vamos a entender no solo por qué en Buenos Aires salieron a la calle a festejar el subcampeonato, sino también por qué el Gobierno dispersó parte de esa celebración con gases lacrimógenos y balas de goma.

Vamos a descubrir que caímos en la trampa de odiar a Messi o a Ronaldo, o de pensar que Bellingham y sus compañeros eran los pibes que lucharon contra los pibes de Malvinas.

Rescatemos lo más importante y llevémoslo a los barrios: una pelota —puede ser porque es redonda como el mundo y porque darle patadas ayuda a sacar afuera la impotencia y la bronca—, una semilla para hacer una huerta, un lápiz, tizas o pintura.

Juguemos en serio y creamos que va a salir bien. Salgamos a la cancha; es decir, dejemos la comodidad de nuestros teclados, embarrémonos, persigamos un sueño.

El Mundial no, pero el mundo es nuestro. Y el fútbol también. Como la rabia y la creatividad.

Juguemos. ¿Se apuntan?