Este es el primero de dos artículos sobre inmigración, envejecimiento poblacional y desarrollo. El segundo abordará directamente el caso de Costa Rica y las políticas que el país debería adoptar para convertir la inmigración en una oportunidad de desarrollo.
En muchos países, la conversación sobre inmigración suele comenzar por el miedo: presión sobre los servicios públicos, competencia por empleos, inseguridad o pérdida de identidad cultural. Esos temores no deben ignorarse. Pero tampoco deberían impedirnos ver una realidad más amplia: en un mundo que envejece, con tasas de natalidad cada vez más bajas y economías que demandan conocimiento cada vez más sofisticado, la inmigración puede convertirse en una de las grandes respuestas del siglo XXI.
La inmigración bien gestionada constituye simultáneamente un imperativo humano y un activo estratégico para el desarrollo de las sociedades complejas del siglo XXI.
Es un imperativo humano porque detrás de cada migrante hay una persona, una familia, una historia y una búsqueda legítima de dignidad. El papa León XIV ha recordado que la dignidad humana no se pierde al cruzar una frontera y que las sociedades están llamadas a ofrecer protección, acogida e integración a quienes migran por necesidad o en busca de una vida mejor. La migración no puede verse únicamente como un expediente administrativo ni como una cifra estadística: es, ante todo, una realidad profundamente humana.
Pero también es un activo estratégico. Las sociedades modernas enfrentan un problema silencioso: nacen menos niños, aumenta la esperanza de vida y se reduce el peso relativo de la población en edad de trabajar. Esto presiona los sistemas de salud, pensiones y cuidados, pero también limita la capacidad de producir, innovar y emprender. La pregunta de fondo es sencilla: ¿cómo sostener economías dinámicas con menos trabajadores, menos jóvenes y más adultos mayores?
La respuesta no puede ser simplista. El filósofo francés, Edgar Morin, nos enseñó que los grandes problemas contemporáneos son complejos: combinan economía, cultura, instituciones, valores, demografía y política. Por eso, la inmigración no debe analizarse desde una sola dimensión. Puede generar tensiones si se administra mal, pero también puede ampliar las capacidades de una sociedad si se gestiona con inteligencia, legalidad e integración.
La evidencia internacional es contundente. En los países de la OCDE, de acuerdo con el International Migration Outlook 2025, más del 25% de todos los médicos nacieron en el extranjero. En 2023, los médicos formados en el exterior representaban el 43% del total en Irlanda, el 42% en Nueva Zelanda, el 40% en Suiza, el 36% en el Reino Unido y el 31% en Australia. En el caso de la enfermería, Irlanda registraba un 52% de profesionales formados en el extranjero, seguida por Nueva Zelanda (33%), Suiza (27%), el Reino Unido (23%) y Australia (18%). Estas cifras reflejan la creciente dependencia de muchas economías avanzadas del talento internacional para sostener sus sistemas de salud frente al envejecimiento poblacional y la escasez de personal.
La contribución de los inmigrantes también es extraordinaria en el ámbito empresarial y tecnológico. Según datos de la American Immigration Council y de la National Foundation for American Policy, en Estados Unidos, 230 empresas que integran la lista Fortune 500 —el 46 % del total— fueron fundadas por inmigrantes o por sus hijos, mientras que más de una quinta parte (103 empresas) fueron creadas directamente por inmigrantes. Estas compañías generan millones de empleos y figuran entre las más innovadoras del mundo.
Los inmigrantes también han desempeñado un papel decisivo en la creación de empresas líderes en inteligencia artificial, biotecnología, semiconductores y otras industrias basadas en conocimiento. Basta mencionar algunos ejemplos emblemáticos: Sergey Brin, inmigrante ruso y cofundador de Google; Jensen Huang, nacido en Taiwán y cofundador de NVIDIA; Elon Musk, nacido en Sudáfrica y fundador de Tesla y SpaceX; Noubar Afeyan, inmigrante nacido en el Líbano y cofundador de Moderna; Jan Koum, nacido en Ucrania y cofundador de WhatsApp; y los hermanos Patrick y John Collison, nacidos en Irlanda y cofundadores de Stripe. A ellos se suma Steve Jobs, cofundador de Apple e hijo biológico de un inmigrante sirio, cuya historia ilustra cómo las familias inmigrantes también han contribuido decisivamente al liderazgo tecnológico de Estados Unidos. La evidencia es contundente: el capital humano internacional no solo ayuda a cubrir vacantes laborales, sino que amplía la frontera del conocimiento, acelera la innovación y fortalece la capacidad de las economías para crear nuevos productos, tecnologías y modelos de negocio.
La contribución de los inmigrantes también sobresale en la generación de conocimiento científico y tecnológico. De acuerdo con los informes Immigrants and Nobel Prizes e Immigrants and Billion Dollar Startups, publicados por la National Foundation for American Policy, cerca del 40 % de los premios Nobel otorgados desde el año 2000 a científicos afiliados a instituciones estadounidenses han correspondido a personas nacidas en el extranjero.
Esta evidencia puede comprenderse mejor desde la teoría de la complejidad económica desarrollada por Ricardo Hausmann, César Hidalgo y sus colaboradores. Según este enfoque, la prosperidad de una economía depende de la diversidad y sofisticación de las capacidades productivas que logra acumular y combinar. Estas capacidades no residen únicamente en las máquinas, la infraestructura o las instituciones; están incorporadas, en buena medida, en las personas: en sus conocimientos, experiencia, creatividad, redes profesionales y capacidad para resolver problemas. Por ello, cuando un país recibe médicos, científicos, ingenieros, técnicos, profesores o emprendedores, no incorpora solamente trabajadores; incorpora nuevas capacidades que pueden ampliar las posibilidades de innovar y producir bienes y servicios más sofisticados.
La inmigración puede convertirse así en un mecanismo de aprendizaje colectivo y de difusión del conocimiento. Las capacidades que aportan quienes llegan no permanecen aisladas: se transmiten mediante el trabajo conjunto, la movilidad laboral, la creación de empresas, la formación de otros trabajadores y la interacción entre universidades, empresas e instituciones. Además, las redes migratorias pueden facilitar el comercio, la inversión y la circulación internacional de conocimientos, mientras que la diversidad de experiencias y habilidades aumenta las posibilidades de combinar capacidades de maneras nuevas y adaptarse con mayor rapidez a los cambios tecnológicos.
Esta interpretación también encuentra un fundamento más amplio en el pensamiento complejo de Edgar Morin. Mientras la teoría de la complejidad económica explica cómo la acumulación y combinación de capacidades impulsa el desarrollo productivo, Morin nos recuerda que las sociedades son sistemas complejos donde los fenómenos económicos, demográficos, culturales, institucionales y políticos interactúan permanentemente. Desde esa perspectiva, la inmigración no puede analizarse únicamente como un fenómeno laboral o demográfico, sino como un proceso que transforma simultáneamente las capacidades económicas, la diversidad social y la resiliencia de una sociedad.
Nada de esto implica abrir las fronteras sin reglas. Significa algo más exigente: diseñar políticas migratorias modernas, ordenadas y humanas. Significa distinguir entre migración humanitaria, laboral y calificada; facilitar la integración de quienes llegan; reconocer títulos y competencias; combatir la informalidad y proteger tanto los derechos de los migrantes como los de las comunidades que los reciben.
Si el desafío consiste en acumular capacidades para responder a un problema complejo como el envejecimiento poblacional, entonces la política migratoria deja de ser únicamente una política de control fronterizo y pasa a convertirse en una política de desarrollo.
Aquí también resulta pertinente la idea de las políticas orientadas por misiones de Mariana Mazzucato. Los grandes desafíos del siglo XXI —el envejecimiento, la escasez de habilidades y competencias, y la transformación tecnológica— no se resolverán con acciones aisladas. Requieren un propósito compartido y la coordinación entre el Estado, las empresas, la academia y la sociedad civil. La inmigración bien gestionada debería formar parte de esa gran misión colectiva.
El debate público necesita madurar. No se trata de escoger entre solidaridad y desarrollo económico. Las sociedades más inteligentes entienden que ambas dimensiones pueden reforzarse mutuamente. Acoger con dignidad no está reñido con atraer capital humano. Integrar migrantes no contradice proteger a los trabajadores nacionales. Ordenar la migración no significa deshumanizarla.
En realidad, la pregunta relevante ya no es si la inmigración importa. La verdadera pregunta es si tendremos la visión institucional, ética y estratégica para gestionarla adecuadamente. En una economía del conocimiento, el capital intelectual será cada vez más escaso. Y los países que aprendan a atraerlo, integrarlo y convertirlo en nuevas capacidades para innovar, producir y generar prosperidad, estarán mejor preparados para enfrentar el envejecimiento, sostener su prosperidad y construir sociedades más abiertas, productivas y humanas. En el siglo XXI, la verdadera competencia entre las naciones ya no será únicamente por los mercados o por el capital financiero; será, sobre todo, por las personas capaces de crear conocimiento y transformar ese conocimiento en desarrollo.
