Con algo de sorpresa vi esta semana en las noticias que el ministro de Educación Pública plantea realizar un análisis técnico para organizar visitas de estudiantes de colegios públicos a cárceles del país. Digo sorpresa porque, en una noticia, citan al ministro al proponer que esta actividad pueda tener un componente científico. La otra emoción que llegó de inmediato fue la frustración.
Como representante de la Universidad Nacional en la Comisión que coordina el Programa Nacional de Ferias de Ciencia, Tecnología e Innovación (PRONAFECYT, Decreto Ejecutivo N.° 39853-MEP-MICITT), me impresiona la rapidez con que una idea puede pasar a convertirse en plan e intentar integrarse al currículo educativo con los motivos expresados. Esa velocidad contrasta con la presupuestación y atención de las necesidades del Programa, que han sido señaladas por dicha Comisión, pero también por las personas participantes: estudiantado, familias, docentes y asesores de todo el país.
Anualmente, en el PRONAFECYT participan de forma voluntaria miles de estudiantes de las 27 regiones educativas del país, la mayoría provenientes de la educación pública. Representan a la Costa Rica que da la milla extra, que busca respuestas a preguntas innovadoras y a problemas que afectan a sus familias y comunidades, pero también a quienes aglutinan voluntades: las propias, las de sus familias, las de sus comunidades y las de sus docentes. Son la aspiración de un país que trabaja en conjunto, a pesar de sus diferencias. ¡Son un orgullo nacional!
Cada persona que ha colaborado con un granito de arena en programas que buscan enaltecer la cultura, la ciencia y el deporte en nuestro país —como el FEA, las olimpiadas y los Juegos Deportivos Nacionales— sabe que cada colón invertido en ese estudiantado representa una luz de esperanza en una realidad cada día más compleja.
Cuando una persona de una comunidad vulnerable dice que su participación en el Programa le dio ánimo para terminar el colegio y darse una oportunidad de un futuro mejor, resulta imposible que la noticia impulsada por el Gobierno no genere frustración. Es la impotencia de saber que podríamos estar haciendo más para que la población más joven acceda a la ciencia y a sus beneficios, como parte de sus derechos humanos.
Insto al Gobierno a recapacitar y a impulsar con mayor vehemencia la inversión en los programas de ciencia, cultura y deporte, que por su alcance nacional son una vitrina de lo que podemos ser como país. Sobre todo, de las personas que, desde realidades vulnerables, se convierten en ejemplo para quienes no tienen un norte que seguir. Tenemos héroes y heroínas en esas comunidades. Son personas jóvenes, listas para demostrar su poder para transformar sus entornos.
Hagamos más, desde todas las instituciones, para que esa realidad cuente con financiamiento adecuado, mayor alcance y mejores resultados. No se van a arrepentir. No necesitamos ocurrencias que terminen aumentando la discriminación social.
A las personas participantes: cada una de ustedes es una escuela sobre cómo superar los retos de su propia realidad y convertirlos en el campo fecundo donde sus sueños puedan germinar. Sigan adelante y luchen por un sistema que los acompañe hoy y siempre.
