“Lo más llamativo entre la dictadura y la democracia es que la primera no se ocupa de sus descontentos: quien tiene el poder no los necesita”, dice David Dinis en su libro Cómo proteger la democracia.
En los últimos tiempos es casi inevitable que escuchemos distintas acciones impulsadas por los gobernantes más sonados de la región. Nayib Bukele es uno de ellos.
Joven y mediático, recientemente anunció su candidatura presidencial para un tercer mandato consecutivo y se ha convertido en el “redentor” de la seguridad salvadoreña y del surgimiento de su país. Una narrativa hermosa, casi perfecta, hasta que se cuestiona y se discute sobre la legitimidad y autonomía de las instituciones y poderes de la República.
Cuando todo el poder se controla desde una sola figura, ¿existe realmente un compromiso genuino del pueblo que acepte la vulnerabilidad de su República? ¿O es solo un acto autoritario y desenfrenado por parte de este “salvador de la patria”?
Cuando se cuestionan estas acciones, se descubre que el gobierno salvadoreño ha decidido sacrificar su democracia y los derechos humanos de gran parte de la población, con el fin de limpiar su imagen en materia de seguridad.
Muchas figuras políticas, admiradoras del modelo Bukele, han dado el visto bueno para aplicar medidas similares.
Si miramos hacia dentro, Costa Rica no es la excepción. Laura Fernández, influenciada por esta iniciativa, ha mostrado tintes que nos recuerdan al líder salvadoreño: desde el intento de minimizar a otros poderes de la República hasta la construcción de una “megacárcel”.
Aquí es donde se debe analizar cómo se busca minimizar el problema. En el caso de El Salvador, incluso se ha invitado a creadores de contenido a mostrar sus cárceles como si de un safari se tratase; todo esto con el fin de blanquear los actos perpetrados por parte del gobierno.
Porque no es solo momento de ver en qué Costa Rica se vive y cuál se quiere, sino también qué Costa Rica se podrá esperar en los siguientes cuatro años ante la posible crónica de una muerte anunciada.
Porque un gobierno podrá ser corrompido por el poder con el fin de amansar y reprimir a su gente hasta donde el pueblo se lo permita.
