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Imagen principal del artículo: Hamás la mano que mece la cuna en Gaza

Hamás la mano que mece la cuna en Gaza

El anuncio de que la organización islamista Hamás tendría disposición de abandonar el gobierno de la Franja de Gaza ha sido presentado por algunos como el inicio de una nueva etapa para el enclave palestino. Sin embargo, conviene separar cuidadosamente dos conceptos que suelen confundirse, gobernar y ejercer el poder. La experiencia de otros actores armados en Medio Oriente demuestra que abandonar la administración civil no implica, por sí mismo, renunciar al control político o militar.

El principal matiz es precisamente ese, si el grupo islamista deja ministerios, hospitales o servicios municipales, pero mantiene las Brigadas Qassam, su estructura de inteligencia, sus redes locales y la capacidad de imponer decisiones mediante las armas, el cambio será principalmente administrativo y no estratégico, en realidad esto podría tratarse más de una reconfiguración institucional que de una verdadera transferencia de poder.

Y es ahí donde a veces la comparación con el actuar de otro grupo islamista, pero en el Líbano como lo es Hezbolá no se puede descartar como simple propaganda israelí, y es que, aunque las condiciones de Gaza y Líbano son distintas, el principio es similar a lo que se podría presentar, un aparato civil separado de una organización armada que conserva la capacidad de decidir sobre cuestiones fundamentales de seguridad. Si ese termina siendo el modelo implementado en Gaza, el futuro gobierno tecnócrata administraría la vida cotidiana, mientras Hamás seguiría siendo el actor con mayor capacidad coercitiva dentro del territorio.

A la vez, tampoco sería correcto afirmar que Hamás sale fortalecido de todo esto; mucho menos victorioso, ya que militarmente ha sufrido un desgaste enorme. La eliminación de parte de su dirigencia, la destrucción de infraestructura, la pérdida de arsenales y la interrupción de buena parte de su capacidad industrial representan golpes difíciles de reemplazar y si bien, algunas evaluaciones israelíes estiman que aún conserva alrededor de 20.000 combatientes activos, es importante mencionar que buena parte de ellos serían reclutas recientes con menor entrenamiento y experiencia en el campo, aparte de utilización de jóvenes para suplir el faltante de militantes.

Sin embargo, la historia demuestra que las insurgencias rara vez desaparecen únicamente por pérdidas militares, porque mientras conserven capacidad de reclutamiento, legitimidad parcial entre ciertos sectores de la población y ausencia de una autoridad alternativa creíble, tendrán capacidades de reaparecer con el tiempo, porque siguen manteniendo redes de apoyo social, trabajo ideológico y presencia política como respuesta a otras organizaciones (tal como lo hace Hezbolá).

Quizá el golpe más serio para Hamás sea económico, la reducción del apoyo procedente de Qatar e Irán, junto con las restricciones sobre el ingreso de fondos, ha obligado a la organización a buscar nuevas fuentes de ingresos. Por lo que ha decidido reimponer impuestos, comisiones sobre mercancías y denuncias de extorsión a comerciantes para sostener su funcionamiento.

Esto suele ser percibido con menos atención que los combates, pero puede resultar políticamente más costoso. Una población sometida durante años a guerra, desplazamientos y destrucción difícilmente perciba con buenos ojos nuevos gravámenes sobre una economía altamente deprimida. Si los islamistas pretenden conservar legitimidad social mientras incrementan la presión fiscal, podría generar una oposición política en el corto o mediano plazo.

No se puede ignorar que el apoyo interno hacia Hamás probablemente sea hoy mucho más complejo que antes de la guerra, convertir a los gazatíes en un bloque homogéneo es poco realista. Existen quienes continúan respaldando a la organización, quienes responsabilizan principalmente a Israel por la devastación y quienes consideran que tanto Israel como Hamás han contribuido al desastre actual, estos últimos han crecido conforme aumentaron las pérdidas humanas y materiales.

Ahora bien, señalar el debilitamiento de Hamás no resuelve la pregunta central que el gobierno en Jerusalén sigue sin responder de forma convincente ¿quién gobernará Gaza después? Destruir una estructura insurgente resulta mucho más sencillo que construir una autoridad política estable.

Las alternativas presentan enormes dificultades, la Autoridad Palestina enfrenta problemas de legitimidad y capacidad, la ocupación israelí prolongada implicaría elevados costos militares, económicos y diplomáticos; una administración internacional requeriría un consenso que hoy parece inexistente; y un gobierno tecnócrata dependería inevitablemente del respaldo de algún actor capaz de garantizar la seguridad.

Así, el desarme continúa siendo el verdadero obstáculo del asunto. Hamás ha mostrado cierta flexibilidad respecto a abandonar la administración civil, pero mantiene reservas claras sobre entregar sus armas sin garantías recíprocas. Desde su perspectiva, desarmarse completamente sin un acuerdo político sólido significaría quedar expuesto a futuras operaciones militares israelíes. Desde la perspectiva israelí, aceptar una Gaza donde Hamás conserve su brazo armado equivale a mantener intacta la amenaza que dio origen a la guerra.

Ese choque de objetivos explica por qué el anuncio, aunque relevante, no modifica todavía la ecuación estratégica. Otro elemento poco abordado es el papel de la Autoridad Palestina. Cualquier proceso de transición requiere definir si Ramala regresará a Gaza, las condiciones y el respaldo internacional con el que cuenta. Sin esto, la salida de Hamás del gobierno corre el riesgo de convertirse únicamente en un cambio de administradores sin alterar la estructura real del poder.

La reconstrucción de Gaza tampoco depende únicamente del dinero, se estiman necesidades de decenas de miles de millones de dólares, pero los recursos podrían movilizarse si existieran condiciones políticas y de seguridad mínimamente estables. Hoy ningún Estado o institución financiera asumirá semejante inversión si existe una probabilidad elevada de que el territorio vuelva a convertirse en escenario de otra guerra pocos años después.

Por ello, interpretar el anuncio de Hamás como el inicio automático de una nueva etapa sería prematuro e irresponsable, la prueba de fuego consistirá en determinar quién conserve el monopolio efectivo de la fuerza. Mientras esa cuestión permanezca sin resolver, Gaza seguirá atrapada entre una devastación humanitaria sin precedentes, una organización armada debilitada pero aún influyente y una ausencia de consenso sobre el modelo político que debería reemplazarla, eso continúa siendo el principal asunto a resolver para el “día después” de Gaza.