El Parque de Guadalupe, en el cantón de Goicoechea, lleva catorce años sin funcionar como parque. Pocas personas fuera de nuestro cantón lo saben, pero durante años la ciudadanía ha estado privada de uno de sus principales espacios públicos. Y ahora, la situación es todavía más frustrante. Ni siquiera se puede ingresar; el parque es una obra paralizada a medio camino. Soy guadalupano, y paso frente a él todas las semanas, viendo cómo ese espacio, que alguna vez fue el corazón del distrito, se ha apagado hasta convertirse en símbolo de promesas incumplidas. ¿Cómo se llegó a esto?
Guadalupe es uno de los distritos más poblados de la Gran Área Metropolitana, cabecera de uno de los cantones más densos del país. Su parque nació en 1860, cuando don Santiago Jara Solís donó dos manzanas de tierra, una para la iglesia y otra para la plaza. En 1927 la Municipalidad levantó el quiosco donde tocaba la banda, y durante más de un siglo fue el principal punto de encuentro del cantón.
Sin embargo, desde 2012 pesa sobre el parque una orden sanitaria emitida por el Ministerio de Salud por la proliferación de palomas, que prohibió hacer actividades ahí. Esa medida nació como algo temporal. Pero la inversión municipal se fue hacia otros espacios del cantón y el parque quedó relegado, deteriorándose poco a poco. Con los años, el problema dejó de ser sanitario y se convirtió en uno de gestión pública.
En 2022, el entonces alcalde Rafael Ángel Vargas Brenes anunció el proyecto para remodelar el parque, tras una década de espera desde la emisión de la orden sanitaria. Finalmente parecía que Guadalupe recuperaría el espacio público que había perdido. Se prometió un parque moderno, accesible y renovado, con una inversión cercana a los dos millones de dólares y una fecha de entrega prevista para finales de 2023.
Pero los atrasos llegaron casi de inmediato. Pasaron los meses, después los años, y la obra real no arrancó hasta la segunda mitad del 2025. Cuando por fin se vio movimiento en el sitio, sentimos algo de alivio. Lastimosamente, ese alivio duró poco.
Tras presión ciudadana, la Municipalidad confirmó hace pocos días que el plazo del contrato para remodelar el nuevo parque venció, y como no había forma legal de extenderlo, decidieron cerrarlo. Durante la obra hubo incumplimientos por parte de la empresa contratista, por lo que se aplicaron multas, aunque al final solo pagaron por lo que realmente se construyó. La remodelación apenas alcanzó un 40% de avance, y ahora se debe iniciar un nuevo proceso de contratación. Es decir, después de catorce años sin parque, a las y los guadalupanos nos tocará seguir esperando.
Como personas vecinas de este cantón hemos aprendido a habitar esta resignación. Asumimos que terminarlo es cuestión de otra promesa de campaña, de otro contrato, de otra administración, pero esa idea ha resultado cómoda y engañosa. Lo verdaderamente costoso, para una comunidad como la nuestra, es seguir sin un lugar para hacer ciudad.
Goicoechea ya carga con poca identidad cantonal propia. Somos una ciudad dormitorio, un lugar de paso entre San José y otros cantones. Pero si algo tenemos es patrimonio. Lo que nos falta es cuidarlo. La casona del educador benemérito Fernando Centeno Güell, el Estadio "Colleya" Fonseca, las aceras del centro de Guadalupe y ahora nuestro parque muestran un mismo patrón: espacios que forman parte de nuestra historia y que se han ido deteriorando con los años. Guadalupe, además, casi no cuenta con otros espacios públicos. Perderlos es perder memoria e identidad.
Y sin embargo, a pocos minutos de aquí, cantones con menos recursos que Goicoechea han logrado sostener sus parques. ¿Qué está pasando? La respuesta no está en el tamaño del presupuesto. Basta con mirar a esos otros cantones para entender por qué.
- Curridabat lleva desde 2015 tejiendo su modelo de ciudad bajo el concepto Ciudad Dulce, que convirtió calles y parques en corredores biológicos y trató el verde urbano como infraestructura, no como decoración. Esa continuidad le valió el premio al mejor plan de ciudad del Congreso para el Nuevo Urbanismo, siendo además la primera ciudad latinoamericana en la Red de Ciudades Biofílicas.
- Tibás, en lugar de apostarlo todo a una obra monumental, lanzó un programa para intervenir sus más de ciento treinta espacios verdes uno por uno, con presupuestos que rondan los veinticinco o setenta y cinco millones de colones cada uno. Sus parques para personas adultas mayores nacieron de un diagnóstico con más de cien personas vecinas, antes de mover una sola palada de tierra.
- Montes de Oca lanzó en 2019 la plataforma Montes de Oca Decide, que le devolvió a la ciudadanía la decisión sobre qué construir. Cualquier persona empadronada propone y vota proyectos, con presupuesto ya destinado de antemano.
Ninguno de estos casos tiene una fórmula secreta. Lo que se repite es la voluntad de sostener un proyecto hasta el final y de tratar el espacio público como prioridad. Goicoechea tiene territorio, gente organizada y comunidades dispuestas a involucrarse. Planificar una ciudad es decidir qué lugares importan y cuáles quedan fuera del mapa de lo posible. Una obra a medias durante catorce años demuestra qué tan poco le importa a una administración devolverle a la gente lo que le corresponde.
Imaginar un Goicoechea distinto es posible. Es pensar el cantón desde quienes lo atraviesan a pie, bicicleta o silla de ruedas. Es construir proyectos junto a la comunidad, no entregarlos ya terminados. En este sentido, el Parque de Guadalupe puede quedarse como el símbolo de todo lo que salió mal, o puede volverse el punto donde el cantón decidió hacer las cosas distinto. Esa segunda posibilidad depende también de que la ciudadanía exija, participe y deje de acostumbrarse a la obra inconclusa como parte del paisaje.
Catorce años es demasiado tiempo para esperar un parque. Ya no queremos promesas nuevas sobre la misma obra vieja. Queremos una ciudad que se construya con la gente.
