Hay una intuición que atraviesa buena parte de la reflexión contemporánea sobre el comportamiento humano: no somos, por defecto, criaturas inclinadas al daño. Al contrario, todo indica que nuestra especie viene equipada —desde el sistema límbico hasta la química que libera el cuerpo al amanecer— con un impulso persistente hacia el cuidado, la cooperación y la continuidad de la vida. El problema no es la ausencia de esa inclinación, sino la distancia que existe entre sentirla y convertirla en una acción sostenida.
Basta observar la vida cotidiana para notarlo: el cariño que se reparte en silencio, los consejos entre vecinos y el apoyo entre generaciones. Ese tejido invisible sostiene a la civilización mucho más de lo que solemos reconocer. Y, sin embargo, abundan más las aspiraciones de bien que las obras de bien. Entre el impulso y la acción se interponen preguntas que postergan: ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿con qué recursos? Mientras tanto, la chispa se apaga como pólvora que ilumina un instante y no deja rastro.
Nuestra biología parece diseñada para lo contrario. La oxitocina que se genera al mirarnos a los ojos, el cortisol que nos despierta cada mañana con una dosis de energía orientada a la acción e incluso la agresión —entendida no como destrucción, sino como la fuerza vital con la que masticamos, nos levantamos de la cama y nos movilizamos— son piezas de una arquitectura interna que apunta hacia la supervivencia colectiva, la procreación y el cuidado de lo que nos rodea. Si esa programación fallara sistemáticamente, una especie con nuestra capacidad de destrucción ya se habría aniquilado a sí misma.
El desajuste aparece cuando los incentivos que perseguimos dejan de coincidir con esa identidad biológica. La acumulación sin límite, la comparación constante y el ruido informativo diseñado para capturar la atención nos alejan de la coherencia entre lo que somos y lo que hacemos. Perseguimos el mayor monto posible en el menor tiempo posible, aunque el costo recaiga sobre la biosfera que sostiene la vida de las próximas generaciones.
Frente a ese desajuste, algunas tradiciones ofrecen una brújula útil: pensar el impacto de nuestras decisiones a siete generaciones de distancia. Es una escala de tiempo que obliga a salir del cortoplacismo y a mirar la sostenibilidad no como un eslogan, sino como una extensión natural de nuestra vocación de cuidado.
La pregunta, entonces, no es si tenemos la capacidad de hacer el bien —la evidencia biológica y cotidiana sugiere que sí, de sobra—, sino cómo construir los mecanismos que multipliquen ese impulso, en lugar de dejarlo disperso. Así como la fábrica multiplicó el producto del trabajo artesanal, cabe preguntarse qué estructuras, qué filtros de atención y qué silencios deliberados harían falta para que las pequeñas explosiones internas de bondad se conviertan en obras concretas, sostenidas y colectivas.
Escalar el bien no requiere inventar una naturaleza distinta de la nuestra. Requiere, más bien, dejar de estorbarla.
Artículo basado en el episodio 326 de Diálogos con Álvaro Cedeño, titulado “Escalar el bien”.
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