Hace unos días, como de costumbre, realizaba una rutina doméstica bastante común para mí: preparar los residuos valorizables para el reciclaje. Lavé envases plásticos, de aluminio y de vidrio, los dejé secar y los saqué a la mañana siguiente al frente de mi casa para que los recogiera el personal municipal encargado del programa de reciclaje.
Era una mañana hermosa en San Rafael de Heredia, de esas en que el aire fresco y la vista a las montañas recuerdan por qué valoramos tanto nuestro entorno.
Mientras acomodaba las cajas y contemplaba el Volcán Barva al fondo, el vecino del frente me saludó y, con tono medio jocoso, lanzó un comentario inesperado:
Con todos esos misiles y cohetes del otro lado del mundo, ¿para qué pierde su tiempo haciendo eso?”
La pregunta refleja una sensación cada vez más común: ¿qué sentido tiene realizar estos pequeños esfuerzos cuando el contexto global parece avanzar en la dirección contraria?
Vivimos tiempos en los que abundan los conflictos, las tensiones geopolíticas y decisiones que muchas veces parecen alejarse de las prioridades ambientales. Frente a eso, ciertamente reciclar unas cuantas botellas o hacer pequeños cambios en nuestros hábitos puede parecer irrelevante e inútil para el planeta. Pero no lo es.
Nunca se trató de que una persona, separando residuos un martes cualquiera, fuera a cambiar el mundo. En cambio, se trata de entender que la sostenibilidad también se construye desde lo cercano: desde nuestras casas, nuestras comunidades y nuestras decisiones cotidianas.
Se trata también de los valores que decidimos practicar. Al final, actuar de forma más sostenible en nuestro día a día es también una manera de pensar en los demás. En aquellos con quienes compartimos nuestro barrio, nuestra ciudad y nuestros espacios públicos. Es pensar también en las generaciones que vendrán después de nosotros.
Nuestras decisiones individuales, aunque parezcan pequeñas, no ocurren en aislamiento. Cada acción suma, para bien o para mal, y contribuye a moldear el entorno en el que vivimos. Por eso, ser indiferente ante los problemas ambientales es, en mi opinión, una forma de egoísmo, pues implica privilegiar la comodidad inmediata sobre el bienestar colectivo y la responsabilidad que tenemos con los demás.
El impacto local sí importa. Importa cuando una comunidad gestiona mejor sus residuos y protege sus recursos. Cuando protegemos espacios naturales cercanos y reducimos presión sobre servicios públicos. Cuando ayudamos a construir una cultura en la que cuidar nuestro entorno inmediato deja de ser excepcional y se convierte en una práctica habitual.
En países como Costa Rica, donde la calidad de vida está profundamente conectada con el entorno natural, asumir que nuestras acciones carecen de relevancia puede ser particularmente peligroso.
Si aceptamos que no vale la pena actuar a nivel local porque hay otros que contaminan más, porque hay guerras o porque el panorama internacional es contradictorio, entonces habremos perdido la oportunidad de contribuir, aunque sea modestamente, a mejorar nuestro entorno más cercano.
Tal vez no podamos resolver solos los grandes problemas globales, pero sí tenemos el poder de decidir qué valores queremos reflejar con nuestras acciones. Podemos elegir entre la indiferencia o la responsabilidad, entre el camino fácil y el esfuerzo de aportar en algo. A veces es ahí, en esas pequeñas y silenciosas decisiones, dónde empieza el cambio.
