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El jubilado estadounidense ya no sueña con Florida: ahora mira hacia Costa Rica

Durante 80 años, el retiro estadounidense tuvo una dirección dominante: Florida. El estado convirtió la jubilación en una industria: comunidades enteras diseñadas para mayores de 55 años, golf, sol y cero impuesto estatal sobre la renta. En 2025 esa maquinaria se frenó casi por completo: Florida ganó apenas 815 jubilados netos. Entraron 45.696 personas mayores de 65 años y se fueron 44.881. El estado quedó fuera del top 10 de estados que atraen retirados, una lista que ahora encabeza Carolina del Sur.

Las razones son concretas. Florida tiene hoy el seguro de vivienda más caro de Estados Unidos, con primas promedio que rondan los $5.000 anuales; las cuotas de los condominios se dispararon tras el colapso de Surfside; y a eso se suman el calor, los huracanes y la sobreconstrucción. El fenómeno ya tiene apodo: los "halfbacks", jubilados del norte que se devuelven "a mitad de camino" y se instalan en las Carolinas o Tennessee.

Pero hay otro grupo que no se conforma con devolverse a mitad de camino: mira fuera del país. La demanda de estadounidenses por una residencia o ciudadanía en el extranjero casi se duplicó en el último año, según Henley & Partners. Y en la lista de los 16 destinos más atractivos del mundo para esa migración en 2026 —junto a Portugal, Italia y Grecia— aparece un solo país centroamericano: Costa Rica. Hasta The New York Times la destacó entre los mejores países para mudar la residencia.

La infraestructura para recibirlos ya existe. En Costa Rica viven cerca de 120.000 estadounidenses, una de las mayores comunidades de ese país en Centroamérica, y la visa de pensionado exige apenas $1.000 mensuales de pensión comprobable, uno de los umbrales más bajos del mundo. El costo de vida es más de un 25% inferior al estadounidense, incluyendo alquiler.

El dato que mejor lo resume es burocrático: la Embajada de Estados Unidos en San José cuenta con una unidad federal dedicada a atender trámites de beneficios del Seguro Social, un servicio que solo tiene sentido donde hay una masa crítica de jubilados cobrando su cheque sin vivir en Estados Unidos.

Conviene decir el matiz completo: el pensionado debe cotizar a la Caja Costarricense de Seguro Social según su ingreso declarado, y Medicare usualmente no cubre atención fuera de Estados Unidos, salvo excepciones limitadas. No es un paraíso automático; es una decisión con números.

Hay algo circular en esta historia. El puente aéreo entre Miami y San José lo inauguró Pan American en diciembre de 1928, cuando el primer vuelo comercial con pasajeros aterrizó en La Sabana, meses después de que 30.000 personas, casi el 5% de la población del país, fueran a ver aterrizar a Charles Lindbergh. Aquella terminal es hoy el Museo de Arte Costarricense. Casi un siglo después, ese mismo puente vuela cargado en sentido contrario.

La pregunta de fondo no es si vienen —ya vienen—, sino qué hace Costa Rica con esa demanda. Florida tardó décadas en volverse impagable para su propia gente: los mismos costos que hoy expulsan a sus jubilados encarecieron primero la vivienda del residente local. Guanacaste ya muestra precios en dólares y presión sobre el alquiler en las zonas donde esta migración se concentra.

Costa Rica tiene la ventaja de llegar tarde a este fenómeno: puede mirar el espejo de Florida y decidir a tiempo qué clase de anfitrión quiere ser.