Esta semana coincidieron dos voces que difícilmente se sentarían en la misma mesa: una historiadora de la Antigüedad clásica y una estrella del pop. Irene Vallejo, desde una tribuna de El País, y Madonna, en una entrevista con Vogue Italia. Vienen de mundos opuestos y, sin embargo, dijeron casi con las mismas palabras algo parecido sobre la inteligencia artificial. Cuando dos personas tan distintas coinciden, vale la pena detenerse.
Vallejo escribió sobre el negocio antiguo de la profecía. Recordó que ya Heródoto mencionaba acusaciones contra los sacerdotes de Delfos por aceptar pagos a cambio de vaticinios convenientes: predecir el futuro siempre fue, también, una forma de fabricarlo. Y trasladó esa sospecha a nuestros oráculos contemporáneos, las redes, los algoritmos, la IA, que “prometieron nuevos territorios de libertad al tiempo que construían sistemas de espionaje y dominio”. Su tesis es incómoda y precisa: “toda profecía es un intento de fabricar un mañana a medida. Así, creer en los algoritmos predictivos equivale a obedecer órdenes”. Frente a eso ofrece una imagen que no me suelto desde que la leí:
No queremos el guion minucioso de nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no se prescribe: se escribe”.
Madonna, por su lado, hablaba de música y no de historia, pero apuntaba al mismo lugar. Dijo que los algoritmos y la inteligencia artificial “son lo opuesto a tomar riesgos, y para mí eso es lo opuesto a hacer arte”. Añoraba un tiempo en que los artistas trabajaban juntos, desde un lugar más puro, antes de que un contrato dependiera de cuántos seguidores tenés.
Distintos oficios, misma intuición. Lo que ambas señalan es lo que se pierde cuando un sistema optimiza y predice por nosotros: el espacio en blanco. La desviación. Lo no calculado. Ese margen incómodo donde no hay respuesta previa y donde, precisamente, viven el arte, el criterio y el riesgo de ser uno mismo.
Podría terminar aquí, del lado de la nostalgia. Pero sería deshonesto, porque no creo que esa sea toda la historia.
He escrito antes en este espacio que la inteligencia artificial es, sobre todo, un espejo: nos obliga a preguntarnos qué es lo esencialmente humano. Y ese mismo espejo tiene una cara luminosa. La misma herramienta que Vallejo y Madonna miran con recelo está democratizando el conocimiento a una velocidad sin precedentes. Le permite crear a quien no sabía dibujar, escribir a quien no dominaba el idioma, emprender a quien no tenía acceso a un experto, decidir con más información a quien antes decidía a ciegas. Para muchas personas, la IA no achica el mundo: lo agranda. Les entrega un lienzo más grande del que jamás tuvieron.
Y ahí está la tensión que no quiero resolver a la ligera, porque no tiene solución fácil: ¿puede el mismo instrumento que te entrega un lienzo más grande llenártelo también antes de que levantes el lápiz?
Las dos cosas son ciertas a la vez. La IA amplifica la agencia —la capacidad de crear, de decidir, de perseguir metas y sueños— y, al mismo tiempo, tienta con quitártela. Te ofrece el borrador ya hecho, la ruta ya trazada, la opinión ya formada. Te ahorra el esfuerzo de pensar y, con él, te ahorra también el músculo de pensar. La comodidad y la renuncia se parecen peligrosamente.
Vallejo lo plantea como una elección: ante los vaticinios tecnológicos, dice, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. Me parece la pregunta correcta, siempre que no la volvamos grandilocuente. La rebeldía cotidiana no es rechazar la herramienta. Es negarse a que la herramienta decida por uno lo que uno debería decidir. Es usar la IA para llegar más lejos sin dejar de ser quien elige el destino. Es aceptar el borrador y luego atreverse a tacharlo.
Porque lo que está en juego no es solo la productividad. Es algo más difícil de medir y más fácil de perder: el pensamiento crítico, la valentía de sostener una idea propia y una palabra que casi no aparece en estos debates, la satisfacción. La satisfacción honda de haber sido uno quien resolvió, quien se equivocó, quien volvió a intentarlo. Ningún sistema puede sentir eso por nosotros y, sin embargo, podemos ir cediéndolo por comodidad sin darnos cuenta.
No tengo una respuesta cerrada, y desconfiaría de quien la tuviera. Lo que tengo es la imagen de Vallejo, que me sigue pareciendo el mejor resumen del dilema. La pregunta no es si la inteligencia artificial escribirá el futuro. La pregunta es quién sostiene el lápiz.
Que la tecnología nos entregue el cuaderno está bien. El punto es que los espacios en blanco sigan siendo nuestros.
