Durante buena parte del siglo XX, la literatura costarricense se planteó una pregunta insistente: ¿qué debía contar una novela escrita en Costa Rica? La respuesta adoptó formas muy distintas —la vida campesina, la construcción de la nación, la ciudad, la memoria política, las desigualdades sociales—, pero conservó un supuesto común: la literatura nacional debía ocuparse, de una u otra manera, del país. De lo que ocurre entre los ríos San Juan y Sixaola. De nosotros.
Con el paso del tiempo esa idea comenzó a debilitarse. Los escritores dejaron de entender la nacionalidad como un límite geográfico para asumirla como un punto de partida. La literatura costarricense empezó a desplazarse hacia otros territorios, otros idiomas y otros conflictos. El caligrafista (2024), la novela del teólogo y escritor Jose Chacón, constituye una de las expresiones más interesantes de esa transformación.
El título ofrece, además, una imagen que permite pensar ese desplazamiento. Durante siglos, los calígrafos no fueron simples copistas. Copiar era también transformar y cada manuscrito suponía una forma de interpretar, preservar y transmitir una tradición. Tal vez toda literatura consista exactamente en eso: en heredar un conjunto de historias, reescribirlas y ofrecerlas a nuevos lectores.
Esa antigua tarea de copiar y transformar atraviesa la novela. Entre manuscritos, investigaciones, viajes, discusiones teológicas y una serie de muertes cuya violencia reclama una legitimidad religiosa, El caligrafista va construyendo un relato donde la búsqueda de respuestas termina abriendo preguntas mayores.
Y aunque El caligrafista pueda leerse como un thriller teológico, reducirla a esa etiqueta sería quedarse en la superficie.
La comparación con El código Da Vinci (2003), de Dan Brown, resulta casi inevitable, aunque ese parentesco sirve sobre todo para señalar una diferencia. Mientras Brown convierte la religión en el escenario de una conspiración, Chacón la entiende como un espacio de disputa moral, política y espiritual. El misterio no consiste únicamente en descubrir un culpable, sino en comprender cómo una determinada interpretación de la fe puede terminar legitimando la violencia.
La novela dialoga en mayor medida con El nombre de la rosa (1980), de Umberto Eco, en el sentido de que la erudición nunca interrumpe el relato sino que constituye una de sus mayores fortalezas. Más que una investigación policial, El caligrafista propone una investigación sobre el mal. El mal como una fuerza que a menudo encuentra argumentos, símbolos y discursos capaces de presentarlo como un deber moral. El mal como obligación ineludible.
A partir de este punto, la violencia deja de ser solo un acto criminal para convertirse en una forma de obediencia. Porque donde la religión promete salvación, ofrece justificaciones para el fanatismo.
En ese sentido, resulta difícil no pensar en Holy Spider (2022), de Ali Abbasi, inspirada en los asesinatos ocurridos en la ciudad santa de Mashad, en Irán. Como la película, El caligrafista desplaza el interés desde el asesino hacia la sociedad que encuentra razones para justificarlo. Ambas obras exploran hasta qué punto una convicción religiosa puede convertirse en el lenguaje de la violencia y, precisamente por eso, trascienden el suspenso para convertirse en formas de reflexión sobre el presente.
Por otra parte, en la trayectoria de Jose Chacón, El caligrafista no es una obra aislada. En cambio conforma junto a Mysterium Salutis (2020), su novela anterior, una suerte de díptico. Las dos novelas comparten la misma preocupación por la teología, la historia, la escritura y la experiencia de la fe, pero cada una ilumina aspectos distintos de ese universo. Leídas juntas, permiten reconocer un proyecto narrativo coherente e inusual en la literatura costarricense: una exploración de las relaciones entre religión, poder y violencia.
José Chacón escribe desde un conocimiento profundo de las tradiciones religiosas que aborda. Como en la obra de Eco, la documentación nunca se convierte en un fin en sí mismo, sino en un recurso al servicio de la ficción. Ese conocimiento encuentra su verdadera medida cuando se transforma en tensión dramática.
El caligrafista consigue que conceptos teológicos, disputas doctrinales y referencias históricas formen parte del movimiento mismo de la narración. Quizá por eso termine planteando una pregunta que trasciende la religión. ¿Cómo se construyen las certezas que autorizan a unos seres humanos a eliminar a otros?
Esa pregunta atraviesa las guerras santas, las inquisiciones, el terrorismo religioso y diversas formas contemporáneas de intolerancia política y cultural. La fe es, en estos casos, el elemento particular de un problema más amplio: la facilidad con que cualquier sistema de creencias puede transformarse en una maquinaria de exclusión y de muerte.
Durante demasiado tiempo identificamos la literatura costarricense con los temas que abordaba y no con la mirada desde la cual eran pensados esos temas. Como si escribir desde Costa Rica implicara escribir sobre Costa Rica.
El caligrafista pone en duda esa idea y demuestra que un escritor costarricense puede dialogar con conflictos religiosos globales, recorrer escenarios lejanos, apropiarse de una tradición narrativa internacional y seguir produciendo una obra profundamente vinculada con el lugar desde donde escribe. Más que responder a la pregunta “¿qué es la literatura costarricense?”, vuelve insuficiente la manera en que veníamos haciéndola.
Tal vez por eso resulte tan sugerente pensar Mysterium Salutis y El caligrafista como las dos piezas de un díptico. Leídas en conjunto, ambas novelas amplían su significado y dejan entrever un proyecto narrativo sostenido alrededor de la teología, la escritura, la violencia y la interpretación. Es precisamente esa última palabra la que parece dar sentido también al título de la novela. Durante siglos, los calígrafos preservaron una tradición no porque la repitieran mecánicamente, sino porque la reescribían una y otra vez.
Ninguna cultura permanece viva limitándose a copiar sus antiguos manuscritos; lo hace cuando vuelve a leerlos desde preguntas nuevas.
Quizá esa sea también la doble virtud de El caligrafista. Por un lado, amplía el horizonte de la narrativa costarricense; por otro, modifica la manera en que la entendemos. Más que responder a la pregunta sobre qué puede ser una novela escrita en Costa Rica, nos invita a formularla de otro modo. Las fronteras de una literatura no están determinadas por los mapas, sino por la amplitud de las preguntas que es capaz de proponer.
