La captura de Alejandro Arias Monge, conocido como Diablo, deja una imagen difícil de ignorar. Durante años, las autoridades lo presentaron como uno de los hombres más buscados de Costa Rica y lo señalaron como cabeza de una poderosa organización criminal con amplias redes de protección. Gracias a su capacidad para desaparecer, se convirtió en una especie de leyenda criminal. Sin embargo, cuando finalmente cayó, no descendió por las escaleras de una mansión ni salió esposado de un automóvil de lujo. Las autoridades lo detuvieron en una zona rural de Sarapiquí, en un sitio resguardado por hombres armados, durante un enfrentamiento que dejó policías heridos y en el que murió uno de sus acompañantes.
La escena permite observar una curiosa contradicción entre quienes alcanzan los niveles superiores del narcotráfico. Existen narcotraficantes de montaña y narcotraficantes de ciudad. No son categorías exactas ni universales, pero representan dos maneras muy distintas de ejercer el mismo poder y de cumplir la misma condena antes de que un tribunal los condene.
El narcotraficante de montaña puede controlar territorios, ordenar muertes, desplazar hombres armados y distribuir grandes cantidades de dinero. Sin embargo, muchas veces vive peor que cualquiera de las personas sobre quienes ejerce su dominio. Duerme en casas remotas, cambia constantemente de escondite, cruza potreros, se interna en montañas y aprende a reconocer el ruido de un helicóptero antes que el canto de los pájaros.
Tiene dinero, pero no puede salir a gastarlo. Tiene vehículos, pero no puede circular libremente en ellos. Tiene numerosas propiedades, pero no puede habitar ninguna sin preguntarse quién informó ya de su presencia.
Su riqueza no consiste en poseer, sino en controlar. Su verdadera casa es la red de informantes que le avisa, la familia necesitada que recibió ayuda, el peón que conoce los caminos secundarios, el policía comprado, el teléfono que debe desechar y el muchacho armado dispuesto a ofrecer el pecho para protegerlo.
En las comunidades donde se instala puede repartir dinero, pagar medicamentos, financiar funerales o resolver necesidades que el Estado dejó abandonadas. No lo hace necesariamente por generosidad. Cada favor construye una pequeña muralla. La gratitud se convierte en silencio; el silencio, en vigilancia; y la vigilancia termina formando un territorio.
Pero quien domina ese territorio tampoco puede escapar de él. Hay noches en que el narcotraficante de montaña debe comer atún enlatado y pan duro. Hay días enteros en que no puede encender una luz. A veces se esconde bajo tierra, dentro de un hueco preparado para tragárselo temporalmente. Posee millones, pero duerme sobre un colchón húmedo; dispone de un pequeño ejército, pero no puede confiar plenamente en ninguno de sus soldados. Su lujo no es el confort. Es continuar prófugo.
En el otro extremo aparece el narcotraficante de ciudad. Este no quiere desaparecer: quiere ser visto, aunque nadie deba mirar demasiado. Vive en residencias de alta plusvalía, conduce automóviles costosos y, en ocasiones, los colecciona. Frecuenta hoteles, restaurantes, gimnasios y clubes privados. Se mueve cerca del deporte, la farándula, los espectáculos y hasta la política. Patrocina equipos, financia actividades y convierte el dinero sucio en aplausos perfectamente presentables.
Su familia exhibe viajes, caballos, fiestas y paisajes internacionales en las redes sociales. Sus parejas parecen fabricadas por el mismo sistema de ostentación: cuerpos modelados mediante cirugías costosas, joyas, vestidos, automóviles y fotografías donde la prosperidad procura parecer inocente. Algunas administran empresas, propiedades o sociedades; otras poseen estudios universitarios y conocimientos suficientes para ayudar a esconder, durante algún tiempo, aquello que inevitablemente deja huellas.
Mientras el narcotraficante de montaña escucha disparos en la madrugada, el de ciudad escucha música tenue durante la cena. Uno se calza unas botas de hule para atravesar el barro; el otro baja a la lujosa sala de su casa en pantuflas importadas. Uno desayuna lo que pudo llegar hasta el escondite; el otro come panqueques con salsa de arándanos antes de ir al gimnasio y recibir un masaje relajante.
No obstante, ambos viven sitiados. El narcotraficante de ciudad puede asistir al teatro, cenar con personas influyentes y brindar con un cóctel en el bar de un hotel. Pero bajo la ropa elegante también lleva el presentimiento del allanamiento. Cada automóvil puede estar vigilado. Cada socio puede negociar su libertad. Cada amante puede convertirse en testigo. Cada abogado conoce una parte del laberinto y cada contador conserva una llave capaz de abrirlo.
Uno vive escondiéndose de la sociedad; el otro se esconde dentro de ella. Quizá esa sea la diferencia esencial. Al narcotraficante de montaña no lo mueve únicamente el dinero. Lo seducen el dominio, la persecución, la adrenalina de la fuga y la posibilidad de convertirse en un nombre que la gente pronuncia en voz baja. Su riqueza es saberse temido. Vive miserablemente, pero gobierna la vida de otros.
El narcotraficante urbano, en cambio, necesita que el dinero produzca placer, prestigio y reconocimiento. No desea únicamente mandar: quiere exhibir los frutos del mando. Compra la casa, el caballo, el automóvil, el cuerpo y la fotografía. Su problema es que toda exhibición deja una huella y toda huella termina conduciendo a una puerta.
Al final, las dos vidas suelen ser breves. Algunos caen embarrialados, aturdidos por el plomo, sin haber comido y con el miedo todavía adherido al cuerpo. Otros esperan a que los agentes terminen de derribar la puerta, se visten, llaman al abogado y salen esposados ante las cámaras. Unos dejan escondites llenos de latas vacías; otros, garajes llenos de automóviles que serán decomisados.
Los dos tenían dinero. Ninguno tenía libertad. Por eso conviene observar esas vidas desde lejos, sin dejarse engañar por su falsa épica. Ni la fuga entre montañas es una aventura ni la opulencia urbana constituye una victoria. Son dos maneras de habitar el mismo infierno: una cubierta de barro y otra decorada con mármol.
Capturaron al Diablo. Ahora falta saber quién queda a cargo del infierno.
