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Cuatro casos, una misma pregunta: ¿qué está pasando con la transparencia en la cultura pública?

Desde hace varios años, una parte significativa del sector cultural costarricense viene señalando irregularidades, vacíos y prácticas poco transparentes en procesos literarios financiados con fondos públicos. Lo que en un inicio pudo parecer una suma de quejas aisladas hoy revela un problema mayor: la necesidad urgente de revisar cómo se premia, cómo se integran los jurados, cómo se resuelven las denuncias y cómo se reforma la Ley de Premios Nacionales.

No hablamos de rumores. Hablamos de documentos oficiales, solicitudes de información pública, resoluciones institucionales, expedientes universitarios, recursos de nulidad, filtraciones denunciadas y casos donde están comprometidos recursos públicos, legitimidad cultural y confianza ciudadana.

El asunto puede resumirse en cuatro frentes abiertos.

El primero corresponde a los Premios Nacionales Aquileo J. Echeverría 2024, administrados por el Ministerio de Cultura y Juventud. Allí se han documentado cuestionamientos sobre filtraciones de resultados, doble postulación de obras, ausencia de criterios formales de evaluación, posibles incumplimientos en la conformación de jurados, documentos oficiales entregados en versiones distintas, inexistencia de videos de deliberaciones y ausencia de currículums de jurados en años anteriores.

El segundo frente es el caso María Musgo, resuelto por la EUNED el 23 de junio de 2026, cuando la institución declaró el plagio de una obra literaria, anuló el premio otorgado y ordenó la devolución del monto económico. Esa resolución no borra las preguntas pendientes: ¿por qué se tardó tanto en resolver?, ¿qué ocurrió durante el proceso interno?, ¿hubo funcionarios con conflicto de interés?, ¿por qué un informe previo habló de “apropiación y reinterpretación” donde luego la institución declaró plagio?

El tercer frente es el caso Fadir Delgado y el certamen UNA Palabra 2020, pendiente de revisión por parte de la Universidad Nacional. Allí se cuestiona si una obra presentada como inédita pudo haber circulado, bajo otro título o con contenidos sustancialmente similares, en otro certamen internacional también financiado con fondos públicos.

El cuarto frente es la reforma a la Ley de Premios Nacionales, actualmente en discusión legislativa. El propio ministro de Cultura, don Jorge Rodríguez Vives, reconoció ante la Asamblea Legislativa recientemente que la reforma (expediente 25.401) responde a problemas como filtraciones, reiteración de obras postuladas y falta de transparencia en los jurados. Es decir: los problemas existen, fueron señalados por el sector cultural y ahora el Ministerio los admite. Lo que parece nada conveniente de que ocurra es que se pretenda reformar la ley sin explicar con claridad cómo se consultó al sector, qué estudios técnicos sustentan los cambios y qué mecanismos reales se incorporarán para impedir que las mismas irregularidades se repitan.

Uno de los puntos más preocupantes de la reforma es la confianza excesiva en el ISBN como supuesto mecanismo de trazabilidad. El ISBN identifica ediciones, no obras. Una misma obra puede tener varios ISBN, circular con distintos sellos editoriales y presentarse bajo apariencias formales diferentes. Por tanto, el ISBN no demuestra originalidad, no descarta plagio, no impide dobles postulaciones y no permite detectar contenido generado mediante inteligencia artificial. Convertirlo en garantía técnica sería confundir una etiqueta bibliográfica con una prueba de legitimidad.

Tampoco parece suficiente una reforma que no contemple declaración jurada de autoría, sanciones específicas por fraude o plagio, procedimientos administrativos claros para revisar premios ya otorgados, ni reglas estrictas para prevenir conflictos de interés en los jurados. Si el problema es estructural, la respuesta no puede ser cosmética.

Por eso los emplazamientos al Ministerio de Cultura, a la EUNED, a la Universidad Nacional y a la Asamblea Legislativa no son caprichosos ni persecutorios. Son exigencias mínimas de rendición de cuentas.

Cuando una institución pública premia una obra, no entrega solamente dinero: entrega legitimidad, prestigio, memoria cultural y reconocimiento histórico. Si esos procesos se contaminan, el daño no lo sufre únicamente una persona concursante; lo sufre todo el campo cultural.

El Movimiento Transparencia y diversos firmantes del sector cultural han solicitado información pública sobre el origen y sustento de la reforma, la consulta al sector, los criterios técnicos para nuevas categorías, el uso del ISBN como herramienta de trazabilidad, la integración de jurados y los mecanismos para evitar conflictos de interés. También se ha solicitado que se revise administrativamente el proceso de los Premios Nacionales 2024 y que las universidades involucradas expliquen con claridad cómo actuaron ante las denuncias presentadas.

Lo que se pide es simple: transparencia.

Transparencia sobre los jurados. Transparencia sobre los expedientes. Transparencia sobre los premios otorgados. Transparencia sobre las obras postuladas. Transparencia sobre las denuncias. Transparencia sobre la reforma legal. Transparencia sobre el uso de fondos públicos.

Porque el enredo, cuando se administra desde la opacidad, termina funcionando como método. Se trabaja sobre lo torcido hasta que todo parece resuelto, aunque nada haya sido realmente enderezado.

Costa Rica merece un sistema de Premios Nacionales serio, verificable, transparente y respetuoso de la comunidad artística. No se trata de debilitar los premios, sino de rescatarlos. No se trata de atacar instituciones, sino de exigirles que estén a la altura de la confianza pública que administran.

Las autoridades culturales tienen ahora la palabra. Pero el sector cultural también la tiene, y la está usando. No estamos ante una disputa menor. Estamos ante una pregunta de fondo: ¿queremos Premios Nacionales capaces de honrar la creación costarricense o estructuras burocráticas capaces de premiar sin explicar, resolver sin convencer y reformar sin escuchar?

La respuesta no puede seguir escondida entre sellos, expedientes, silencios y tachaduras.