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Crucitas: el precio de la fiebre, la sombra del oro

“Voces autorizadas” llevan años hablando de soluciones para Crucitas, sin pasar de las palabras a los hechos. Pero ¿qué tienen que decir sus propios habitantes sobre la crisis social que se vive en la zona? Esta crónica relata el precio de habitar una tierra marcada por la riqueza y el abandono.

El calor aplasta la tarde en Crucitas, donde la minería ilegal marca el pulso cotidiano. Para el pueblo es un sábado más, sin sobresaltos. Para tres mineros que bajan del cerro Conchudita en un camión ganadero, la jornada es distinta: salieron ilesos de una persecución policial y cobraron más de lo previsto. El precio de la fiebre tiene eso.

Sucios, casi harapientos y medio muertos. Una semana cavando huecos entre barro y lluvia, operando maquinaria pesada montaña adentro. El cansancio les dio apenas para llegar a la cuartería en Llano Verde, pero la voluntad de resurgir hizo su labor. Se bañaron, se vistieron, se perfumaron y de ahí directo para el Ranchón. A relajarse unas horas en el salón de baile. A no pensar.

Al amanecer, la ruta los espera: regresar temprano a Nicaragua, con la certeza de que la montaña nunca perdona. A esta hora de la noche no hay nadie en la pista. Luces multicolor gravitan alocadas en el techo, las paredes y los barrotes de madera que adornan los ventanales. Afuera, varias motos parqueadas y dos carros que llegan con la luz larga encendida y una estela de polvo atrás.

Una canción de Los Temerarios suena a todo volumen hasta hacer vibrar los pechos de ellos tres, quienes ocupan una amplia mesa de madera. Pudo ser el cansancio acumulado que da la lluvia, el sol, el manejo de las nuevas herramientas para procesar el oro. Con las primeras tres cervezas ya tenían ganas de pelear.

—Muchos salen de la mina con plata, comienzan a beber guaro y hacen mucho loco. Como aquel día que llegué y aquellos tres rapiditico me hicieron problema —recuerda el hombre alto de barba, al evocar aquel sábado de pago de la quincena.

El hombre de barba llevaba rato escuchándolos conversar sobre las incidencias de la semana. Uno de ellos, por ahí de la cuarta cerveza, se voltea, le lanza una mirada de arriba abajo y deja entrever en su sonrisa un pequeño diente de oro.

—No jodás, cuñado, chele... invita a la chela —se larga a decirle.

Ahora es el teclado de Los Acosta el que alimenta la petición. El hombre de barba acepta, no sin cierta duda.

—Yo me estoy tomando la mía y se me ocurre traerles tres a ellos. Traigo tres y una para mí, entonces se las voy a dar.

—¿Vos qué pensás, hijueputa, que andamos limpios? ¿No andamos reales o qué? —dice otro minero y, en señal de desafío, saca un puñal de la bolsa trasera del pantalón. Otro, por si acaso, desenvaina un machete.

El hombre de barba toma lo que le queda de cerveza y apura el paso hasta llegar al carro. Los hombres lo siguen. Cada uno junta dos piedras filosas y, entre los tres, lo acorralan. El hombre de barba saca un revólver de la guantera y apunta hacia ellos.

—Si ustedes tiran piedras, yo les tiro balas, así que ustedes digan.

El hombre de barba ahora se ríe. “Nadie me manda por hijueputa”. Se vuelve a reír. “Si usted llega humilde, tiene problemas. Si llega bravo, también tiene problemas”.

—Ahí tiene que llegar con el cuchillo en la mano —tercia el hombre canoso en la sala de su casa, en pleno Crucitas—. Meterle una patada al primer banco que se encuentra de frente, meter un cinchazo al mostrador y pedir guaro, cerveza y marihuana. Tráigame un pito de marihuana, seis latas de cerveza y una botella de guaro. Solo así nadie le dice nada.

Ahora todos ríen.

***

La ruta minera comienza en la aparente calma del San Juan. Un bote cruza el río. Se ladea. Una ráfaga lo empuja hacia el atracadero. Bajan primero dos hombres con botas de hule hasta la rodilla. En los antebrazos se les marcan las venas. Atrás, una mujer de falda larga que le roza los talones. Con una mano lleva a un niño; con la otra, un saco con ollas, cucharas, bolsas de arroz y frijoles. Caminan directo hacia el pickup, como si ya supieran que estábamos aquí.

—¿Ustedes van para allá?

—¿Para dónde?

—Para allá... ¿cuánto nos sale? Somos cuatro... más todo lo que llevamos.

Señala a la mujer.

—Ella va a cocinar en la casona para los que trabajamos el cerro, allá cerca de la boca del Infiernillo. ¿Llegan hasta allá? Si no, nos dejan donde Carlón... tal vez nos hace precio.

El hombre se inclina y mira dentro del carro. Recorre los asientos, se detiene un segundo más de la cuenta.

Una patrulla pasa despacio. Tiene una abolladura en el foco derecho. Un oficial baja la ventana y mira con desidia al atracadero. El vehículo sigue calle arriba.

Nadie dice nada.

El hombre se gira, hace una señal breve con la cabeza y se aleja con los otros. La mujer sigue detrás, el niño colgado de la mano, el bulto golpeándole la pierna en cada paso. Se detienen en el único puesto de comida que hay afuera. A lo lejos, otro bote corta el río.

***

Acá, en el muelle de El Bambú donde me reúno con Jorge, se levanta una casona de madera con techo de zinc que aguanta el calor como puede. Es casa, restaurante y minisúper. Adentro se oye el burbujeo de una freidora; afuera, una mujer mira el teléfono y espera el almuerzo. Al frente de la casa hay un parqueo con tres pickups, un camión ganadero y unas cuantas motocicletas.

—De aquí, del Bambú, hasta donde Carlón son como 2 kilómetros. Yo los llevo y les cobro 2 mil a cada uno. A este carro le caben como 10 o hasta 12. Nada más imagínese. Ahí se bajan y vuelven a agarrar otro bote hasta un trillo que los lleva a Conchudita —dice El Toro, un transportista de migrantes que trabaja unas horas al día, pero con eso le basta.

Desde ahí, donde Robertón, salen contingentes de migrantes hacia la mina. Es más fácil para ellos partir de ahí porque se evade el control de la Policía nicaragüense.

Desde que, en 2011, se prohibió la minería metálica, los operativos han detenido a más de 5 mil personas y el área devastada pasó de 900 a más de 3000 hectáreas. Quince años después, con el precio del oro por las nubes —en enero de este año alcanzó un histórico de $5.589 por onza—, la implementación de técnicas más agresivas de extracción y las bandas del crimen organizado imponiendo su ley, una nueva fiebre del oro se mueve en Crucitas.

Crédito: Observatorio de Bienes Comunes, Universidad de Costa Rica

***

Jorge batalla con el cinturón como si se midiera contra la vida misma. La banda parece bajar, pero, a mitad de camino, se atasca. La sube y vuelve a trabarse. En cada intento, la manga izquierda de su vieja camisa a rayas se agita más de la cuenta. Él insiste varias veces y, cuando por fin parece que termina de bajar, la mano derecha no le da para meter el pasador en la hebilla. Yo extiendo la mano, pero sus ojos me detienen: no quiere auxilio, quiere ganar la pelea. Al final, suelta el cinturón con desgano. El carro nos condena al ruido intermitente de seguridad, un recordatorio constante durante los quince minutos que separan Tiricias, al borde del río San Juan, del centro de Crucitas.

Perdió el brazo izquierdo intentando cortar un árbol de gavilán. El hacha golpeaba el tronco con ritmo seguro. El árbol debía caer hacia un lado, pero se quedó suspendido. Entonces vino otro tajo, el gavilán se desplomó justo donde él estaba y el peso del tronco buscó su brazo izquierdo.

—No tuve tiempo de apartarme, ni de pensar. El grito que pegué lo oyó mi hijo, que de una vez llamó un carro y me sacaron. Yo iba como anestesiado sin anestesia.

Pasamos una plantación de piña, de esas que abundan en la zona, antes de doblar hacia la izquierda por el camino que nos lleva definitivamente hasta el corazón del oro. Cruzamos un puente de madera donde apenas pasa un vehículo. Hacemos un alto porque pasa una patrulla a toda velocidad, pero sin activar la sirena. Subimos una ligera pendiente, con el camino rodeado de pastizales sin ganado. Esta finca es de los Calicas, me dice Jorge, un territorio inexplorado donde dicen que abunda el oro. Las piedras en el camino se hacen más grandes y el carro convulsiona.

Miro de reojo a Jorge. Mientras cuenta esto, el camino absorbe su mirada al punto de no pestañear. La última vez que estuvo aquí fue hace nueve años. Se pasa la mano por la frente solo para saber que las huellas del tiempo siguen ahí. El movimiento del vehículo a merced de las piedras revolea la manga de la camisa que está en el aire. Por el camino de Crucitas van y vienen motocicletas, el medio más común para movilizarse. Aquí, hace unos cuatro años, la empresa dejó de dar el servicio de transporte público.

***

Avanzamos por un camino de piedra y polvo, rodeado por potreros y más potreros. A lo lejos, el paisaje selvático, casi paradisiaco, invita a pensar en otra realidad distinta al saqueo y la contaminación de la actividad minera. Al aproximarnos al pueblo aparece un proyecto de vivienda, en apariencia inconcluso.

—Ahí vive gente. No sabían que, para construir, tenían que sacar permisos municipales, entonces tuvieron que pararlo y lo dejaron así —dice Jorge, quien, desde que se subió al carro, rara vez parpadea.

Poco importó que las casas no tuvieran electricidad, agua, puertas ni ventanas; así se fueron a vivir. Colocaron un sarán verde para protegerse del polvo y de los fisgones, y para disimular la fachada en ruinas.

El centro del pueblo es una cancha de fútbol con el césped anárquico, donde pasta un caballo amarrado a un árbol. En la entrada de la escuela hay un rótulo que dice “Bienvenidos a Crucitas”. A la par, dos teléfonos públicos, de esos que abundaban en el país hace 20 o 30 años, hoy verdaderas reliquias. Unos metros antes, el único minisúper se anuncia con un rótulo diseñado con inteligencia artificial.

Entrada a Crucitas

Esta geografía de contrastes recuerda que las promesas de desarrollo llegaron mucho antes. La historia es conocida, pero, justo por eso, hay que rendir tributo a la memoria: en 2008, cuando el gobierno de turno otorgó una concesión a la transnacional canadiense Infinito Gold para extraer oro en la frontera norte, se forjaron las promesas de siempre: trabajo, progreso y sostenibilidad. En una maniobra para avanzar con la concesión, empantanada en la Asamblea Legislativa, el Poder Ejecutivo emitió una declaratoria de interés público, por demás ilegal, al no contar con estudios técnicos de impacto ambiental que la respaldaran. La concesión se mantuvo como un pulso constante hasta que la Sala IV la anuló definitivamente en 2011, en medio de escándalos de corrupción por parte del Gobierno para favorecer a la corporación extranjera.

Mientras nos desviamos hacia la finca del hombre canoso, Jorge vuelve a 2017, año de la primera fiebre del oro ilegal en Crucitas. Librados de la minera foránea y, como ahora, con los precios internacionales por las nubes, coligalleros de todo el país atestaban esta y otras comunidades cercanas. Mineros como Jorge no resistieron la tentación de librar una nueva batalla.

—De minería no sabía apenas nada. Me dijeron que había que meterse tres días en la montaña y que me iba a ganar 400 mil colones. En esa época era un montón de plata. En una piñera, si acaso, se gana uno 40 mil en cuatro días. No lo pensé mucho y me fui con la cuadrilla.

Meses antes, el huracán Otto había arruinado su cosecha de maíz en la finca ociosa que había tomado, allá en El Bambú. Vivía en un rancho improvisado con latas de zinc y piso de tierra. Por eso, cuando le dijeron lo que iba a ganarse, su más reciente sueño comenzaba a tomar forma: ya le tenía el ojo puesto a un par de terneros Angus, de color negro intenso y cachos cortos, en un repasto cercano. ¿Dormir? Dormía en cualquier parte, incluso el suelo. ¿Comer? Sobrevivía con lo que alguno de sus 10 hijos le llevaba de vez en cuando. Pero el anhelo de convertirse en ganadero era suyo y de nadie más.

—Éramos una cuadrilla de cuatro: Tino, Cabeza de Mula, Raúl y yo. ¿Ve ese corral que está allá? Era un campamento donde había una turba de gente. Cada uno guindaba una hamaca y ahí dormía antes de meterse al cerro. En ese tiempo, Crucitas brillaba de oro.

Jorge aprovecha que hay una piedra maciza a la sombra de un laurel y se sienta. Es raro que un coligallero hable por estos lares y no es para menos: la presencia policial se ha incrementado, con allanamientos a cuarterías clandestinas y redadas en plena selva para desmantelar estructuras de extracción de oro. A pocos días de la visita de la presidenta Laura Fernández, con una comitiva de diputados, ministros, prensa y hasta influencers, hay una calma conveniente. Pese al hermetismo generalizado, Jorge se anima, atizado por la distancia que da el retiro.

El primer escollo era el río Infiernillo y su correntada inclemente. Cargaban mochilas, ollas, estañones, palas, barras de hierro. Esperaron a que la fuerza amainara, pero no podían perder mucho tiempo. Pasaron con el agua al pecho y con las manos levantadas llevaban todo. Cada paso debía ser meticuloso y ágil a la vez para poder salir.

En el cerro, los días transcurrieron entre el río, la lluvia y el aprendizaje del oficio. Jorge se encargaba de zarandear el estañón con tierra, Raúl echaba el agua y otro no paraba de echar más tierra con la pala. Así pasaban horas filtrando el material. Al fondo del estañón quedaba un sedimento oscuro y pesado. Entonces venía el azogue: el mercurio que se mezclaba con ese resto y atrapaba las motas amarillas, formando una masa pastosa. Después, el fuego hacía lo suyo: quemaba el mercurio y dejaba el oro limpio, brillante, como si hubiera que arrancarlo de la tierra en un ritual de tintes místicos.

—¿Y dónde está el oro? Decía yo, pero no miraba nada, solo arena, hasta el tercer día. Cuando vi el oro, vi el futuro, los terneros comiendo pasto mejorado y ya luego la casa, aunque sea con piso de madera.

Volvió a la montaña dos veces más: la segunda le pagó 800 mil colones por una semana; la tercera, 500 mil por cuatro días.

Pero el futuro no llegó, al menos no como él lo había anhelado. Con el dinero de la primera expedición se propuso comprar herramientas y material, y armar su propio grupo de coligalleros.

—No pude formar la cuadrilla. Los animosos venían de afuera y, ya para ese entonces, la minería era ilegal. Me costó encontrar gente que se apuntara. Fallé con lo del ganado también. El Angus es una raza muy bonita, muy mansa, pero el mantenimiento es muy caro para uno llegar a colocarlo en un buen precio. Lo que hice fue comprar algunas cosas para la casa, y usted sabe, siempre salen gastos por aquí y por allá. Volví a estar como al principio.

Jorge hace una pausa. A sus 75 años, hablar tanto y caminar al mismo tiempo no se le da tan bien. Respira tranquilo al ver movimiento en la casa del hombre canoso.

—Pero aquí estamos. Ya hace como nueve años de eso. En este tiempo hasta perdí un brazo, pero el otro no lo he dado a torcer. A descansar solo cuando uno se muera.

***

Estamos lejos del cerro Conchudita, lejos de la concentración de coligalleros, de los operativos policiales y del foco mediático: un territorio remoto al que solo se accede con escolta policial o con el permiso tácito de las bandas que lo controlan. Estamos, en cambio, en una finca de 70 hectáreas que combina vegetación endémica, fauna silvestre y ganado de cría. Una finca que, lejos del foco mediático, parece tener mucho que contarnos. En esta parte de Crucitas, donde el silencio pesa más que en la selva devastada, la historia del oro sigue viva.

La casa de madera, rodeada de repastos y resguardada por perros de caza, por temporadas funciona como campamento y como pulpería improvisada. El corral, donde alguna vez acampó la cuadrilla de Jorge, está vacío. “Antes, por cada onza de oro que uno sacaba, le cobraban el 10%; ahora no sé”, dice en voz baja mientras se quita los zapatos antes de entrar. El hombre canoso, que se acomoda en una mecedora, luce un anillo de oro. Su esposa sirve gaseosa y rosquillas rojas. La mesa larga se llena de cartones de huevos, bolsas de chucherías, paquetes de café instantáneo y productos de limpieza.

Le digo a mi interlocutor que la presidenta de la República viene la próxima semana. “Nos dijeron que llegáramos, pero nadie nos invitó”, responde sin sobresaltos. En efecto, una semana después, la gira presidencial llegó cargada de expectativa: tal como en los tres gobiernos anteriores, la nueva pléyade de funcionarios incursionaba en el terreno. El inicio fue solemne, con comitivas y protocolos, pero apenas la caravana se adentró en la montaña, una explosión sacudió el recorrido. La seguridad reaccionó como en las películas, tumbando a la mandataria en un acto de frágil protección. El itinerario previsto se deshizo entre el estruendo y la confusión, como si la propia tierra se resistiera a ser mostrada. El hombre canoso no sería parte de este accidentado y breve recorrido.

Laura Fernández en visita en Crucitas. Crédito: Casa Presidencial

Jorge, como yo, se interesa por escuchar en boca de un poblador cómo viven su propia realidad. Le habla del proyecto de ley del Ejecutivo que quiere legalizar la minería a cielo abierto y darla en concesión a empresas extranjeras. “Ayer hubo una reunión de la cooperativa Coopecrucitas y nos dijeron que iba a haber un proyecto para permitir a algunos finqueros sacar oro de forma artesanal. Prometieron que íbamos a empezar cinco nada más”, dice el hombre canoso, con el bagaje de alguien que lleva 45 años de vivir acá y que ya escuchó todas las promesas habidas y por haber.

Asegura estar alejado de la política. Por ello, mejor redirige la conversación hacia los coligalleros y la violencia de una frontera sin ley. “En Río Pobre mataron a un señor, los de la misma cuadrilla que venían a sacar oro. Lo recostaron a un palo y lo dejaron ahí muerto como un saco de papas. Los que vieron el bulto llamaron al OIJ (Organismo de Investigación Judicial), llamaron a la policía, pero nunca llegaron. Esperaron todo el día y al final lo echaron en una hamaca y se lo llevaron. Cuando los del OIJ aparecieron, el cuerpo ya iba camino al San Juan, para cruzarlo en una lancha y sacarlo del país”.

En Crucitas, la muerte, como el oro, como los vivos, también cruza fronteras, tan ajena a las promesas incumplidas. La conversación va y viene. Luego de sorber un trago de gaseosa, larga el grito de “mujer” para llamar a su esposa, quien se había ido al patio trasero, machete en mano, a cortar una planta. Quiere que todos lo escuchen.

—Otro día fuimos a dejar a un muchacho en una niveladora a Llano Verde porque él tenía la moto allá. Después nos metimos al negocio, ahí donde J., la dueña, a tomarnos una cerveza. En eso entra un hombre a preguntarle a ella por aquella muchacha que lo había dejado y que ahora le alquila una habitación a J. Quería saber si estaba ahí para ir a sacar algunas cosas del cuarto.

—Usted no tiene nada que ir a meterse allá. Si ocupa algo, mande a otra persona a sacarlo. Yo no puedo atender problemas y atender el negocio, estese quedito —dijo J. y siguió limpiando el mostrador del negocio.

Ni bien se fueron el hombre canoso y su esposa del lugar, el hombre, haciendo caso omiso a las advertencias de J., entró a la habitación y vio a su expareja sola. Le dejó ir un machetazo en el cuello, otro en la espalda y el último le cortó todos los dedos de una mano. Quería matarla, pero no pudo. Días después aparecieron sus hermanos.

—No lo denuncie, déjelo que se vaya, déjelo queditico —le dijeron a J.

—A ese mae lo matan porque lo matan. Lo van a seguir, lo van a matar, tal vez ya lo mataron —dice el hombre canoso, quien de inmediato vuelve sobre el tema inicial, casi obligado por las circunstancias:

—Aquí ocupamos proyectos para la gente, que arreglen los caminos. No es que peleemos porque nos dejen sacar el oro. Lo que ocupamos es que nos miren, que nos tomen en cuenta.

El hombre canoso interrumpe su relato y sale a recibir al hombre de barba y su acompañante, un muchacho de cabello engominado y mirada vivaz. Hablan de ir al punto, negocian porcentajes, fijan el itinerario. Esperan a un tercero que nunca llega. Antes de invitarlos a pasar, la señora de la casa se toca el dije de su cadena de oro forjado aquí. Antes de escucharlos hablar de lo que pasó en el Ranchón, les sirve un vaso de agua.

***

El Bambú es el punto de partida, pero también donde se apaga el sol. Vuelvo sobre el camino destartalado a dejar a Jorge a su parcela. El cansancio le ha secado las palabras. No hay más que un puente con dos tablas donde solo pasa gente en moto, a pie o a caballo.

Recorro los mismos lugares a esa hora tan particular cuando no se sabe si es de día o de noche. Me asomo por la ventana y veo el desembarcadero. Las vendedoras frente al río se han ido y la casona ya está cerrada. En Indio Maíz, al otro lado de la frontera, aparecen luces y suena una cumbia.

Donde Carlón ya recogieron la ropa tendida y los niños juegan dentro de la casa. De pronto, una cuadrilla de coligalleros emerge entre los arbustos. Hacen señas, saludan, se detienen. Los que van adelante me interrogan con la mirada. Bien podrían pensar que yo también los puedo llevar a su destino por menos dinero que El Toro. Unos terneros rumian: sus sombras se confunden con la oscuridad incipiente del camino.

Para casi todos, la vida apenas comienza.

*Se utilizan algunos nombres ficticios para proteger la identidad de las personas involucradas.