No tenía pensado opinar sobre este tema, pero la acumulación de errores y señales contradictorias en nuestra política exterior amerita una reflexión. Costa Rica corre el riesgo de proyectar hacia el exterior una imagen de poca coherencia estratégica y de lecturas internacionales desactualizadas, alejadas del realismo que exige el entorno geopolítico contemporáneo.
Resulta difícil entender la postura reciente del canciller costarricense Manuel Tovar frente a la presencia de cooperación militar rusa en Nicaragua. Mientras el señor Tovar expresó preocupación en la cumbre de la OEA por esta relación, la respuesta de embajada rusa en Costa Rica no se hizo esperar, y fue contundente: la presencia de asesores y especialistas militares responde a acuerdos bilaterales entre Estados soberanos y que no está dirigida contra terceros países. En otras palabras, eso no es asunto nuestro.
Más allá de si se comparte o no esa explicación, el punto de fondo es otro: ¿cuál es el criterio que utiliza Costa Rica para determinar qué presencia militar extranjera genera alarma diplomática y cuál no? ¿Quién está aconsejando tan mal a nuestra cancillería, para que meta los escarpines en estos asuntos tan delicados?
Porque si la preocupación es el despliegue militar, la estabilidad regional o el respeto al derecho internacional, resulta legítimo preguntarse por qué no existe el mismo nivel de cuestionamiento frente a la presencia militar de Estados Unidos en Oriente Medio, o frente a operaciones militares israelíes que han generado amplias críticas internacionales por sus efectos humanitarios en Palestina y el Líbano.
Incluso más allá del plano estrictamente militar, también han circulado denuncias y materiales que han generado controversia internacional por actos irrespetuosos o considerados ofensivos contra símbolos y figuras religiosas cristianas atribuidos a soldados israelíes.
Independientemente de la veracidad de cada caso individual o de que deban investigarse con rigor, llama la atención que estos temas no parezcan generar el mismo nivel de reacción moral o diplomática por parte de nuestra cancillería.
La pregunta entonces no es si Costa Rica debe guardar silencio sobre Rusia o cualquier otro país, incluso aliado. Tiene pleno derecho a expresar preocupaciones sobre seguridad regional. La pregunta es si aplica principios universales o criterios selectivos.
Costa Rica históricamente ha construido prestigio internacional defendiendo el diálogo, el derecho internacional, la solución pacífica de controversias y una política exterior orientada por principios y neutralidad. Precisamente por eso sorprende cuando algunas posiciones parecen responder más a inercias ideológicas del pasado que a una lectura estratégica y pragmática del presente.
Rusia hoy no es la Unión Soviética, lo dejó de ser en 1991. Pero sí es un actor global que merece el mismo respeto que cualquier otro. El mundo ya no funciona bajo la lógica bipolar del siglo XX. El sistema internacional contemporáneo es multipolar, con diferentes centros de poder, alianzas variables e intereses cruzados que no pueden interpretarse automáticamente con categorías añejas de la Guerra Fría.
Que un país soberano mantenga cooperación técnica, económica o incluso militar con otro Estado no convierte automáticamente esa relación en una amenaza. Si existe preocupación, esta debería sustentarse en evidencia concreta sobre riesgos reales, capacidades desplegadas e impactos verificables sobre la seguridad regional.
La consistencia es el verdadero examen de una política exterior seria. Si Costa Rica cuestiona relaciones militares de algunos países, también debería tener la capacidad de examinar con igual rigor crítico las acciones de sus aliados tradicionales cuando estas generan tensiones regionales, controversias humanitarias o cuestionamientos jurídicos. Que dicho sea de paso, son muchos.
En un mundo multipolar, la diplomacia exige prudencia, consistencia y capacidad para interpretar el presente, no reflejos ideológicos del pasado.
La pregunta no es si nos gusta o no Rusia. La pregunta es si seguimos viendo el tablero internacional como si todavía fuera 1985. Porque la geopolítica no es nostalgia ideológica. Es comprender el mundo como es, no como fue.
