El pasado 26 de junio se estrenó en la Sala Vargas Calvo, la obra teatral Condominio, del dramaturgo costarricense Daniel Gallegos. Los que pertenecemos a las generaciones mayores que tuvieron el privilegio de conocer y disfrutar su riqueza artística, tenemos el compromiso moral de transmitir a los jóvenes el conocimiento sobre este insigne personaje.
Daniel Gallegos Troyo fue, sin duda, uno de los tres dramaturgos más destacados de la segunda mitad del siglo pasado y la primera década del presente. Junto con sus colegas Samuel Rovinski Gruszco y Alberto Cañas Escalante, contribuyó al desarrollo de las artes dramáticas costarricenses.
Fue un hombre letrado y refinado, con una profunda sensibilidad artística; observador incansable y analítico de la naturaleza humana.
Recorrió el mundo forjándose en el arte teatral. En Estados Unidos fue becario en la Universidad de Yale en Connecticut, y estudió actuación bajo la tutela de Lee Strasberg en el Actors Studio de Nueva York.
En Inglaterra cursó estudios en la British Drama League y la Royal Shakespeare Company. En Alemania se vinculó con el Berliner Ensamble, agrupación heredera de la escuela de Bertold Brecht.
También perfeccionó sus conocimientos de dirección teatral en Mexico, con los directores Seki Sano y Fernando Wagner. En París estudió en el Organismo Français de Radiodiffusion et de Télevision.
Conforme aumentaba su acervo teatral fue orientando su dramaturgia hacia el estudio profundo de la psique humana compleja, creando su estilo personal, que lo identificó por el resto de su vida.
Después se estableció en Costa Rica de manera definitiva y desarrolló una constante actividad como dramaturgo y director teatral. Defendió la necesidad de una formación superior y fundó la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica, de la cual fue primer director.
Su destacada producción dramatúrgica fue reconocida en el Viejo Continente y en 1988 fue incluido en la Cambridge Guide to Theatre, perteneciente a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde se le reconoció de manera oficial como “el dramaturgo más importante de Costa Rica”.
En 1999 fue distinguido con el máximo galardón de la Cultura costarricense, el Premio Magón.
Un bagaje artístico de tal magnitud le confirió una impronta difícil de superar.
Las once obras de teatro que escribió constituyen un magistral ejemplo del estudio de la mente humana.
Su método de creación dramatúrgica es digno de mencionar, ya que tuvo una rigurosidad casi científica. Teniendo una idea preconcebida del argumento de una obra, primero construía las mentes de los personajes, partiendo de los más básicos detalles; desde su niñez, desde los más recónditos pliegues de sus experiencias y emociones. Les construía sus traumas, su historia de vida y sus memorias, condiciones que le permitieran luego crear y, sobre todo, justificar sus comportamientos y reacciones dentro del argumento, como si fueran factores matemáticos precisos que construyen una ecuación.
Solo cuando este proceso estaba totalmente consolidado, con los protagonistas perfectamente engendrados, iniciaba la construcción y exposición del conflicto argumental. Sus personajes transitaban con paso firme dentro de él, de manera orgánica y consecuente con la estructura mental que les había conferido al crearlos. Eran personajes cuyas mentes habían sido profundamente estudiadas y meticulosamente construidas.
Las obras de Daniel Gallegos no son fáciles de representar; exigen un riguroso estudio psicológico acorde con la complejidad de su estructura. Son esencialmente dramáticas; en muy pocas ocasiones tienen visos de comicidad. Tocan y abofetean las fibras más íntimas del individuo, la sociedad, la religión y la política. Todas impactan con fuerza, porque son sólidas.
El estilo de Gallegos no permite una puesta en escena superficial; su teatro impele de manera inexorable a una profundidad creativa y constituye un gran reto de interpretación.
Por estas características de su teatro, merecen un aplauso los avezados teatreros nacionales que se han dado a la tarea de ofrecer el estreno nacional de “Condominio”. El reto es grande, por lo tanto, el mérito es mayor.
Ana Saravia, Arnoldo Ramos, Katherine Marchena y Enrique Alvarado, bajo la dirección de Pablo Morales, asumieron la desafiante tarea. Además del invaluable soporte de sus diseñadores y su equipo técnico, contaron con el respaldo de la mirada vigilante y experta del consumado actor Luis Fernando Gómez; y del psicólogo Mario Morera, que veló por que la dramatización no se distrajera de la creación psicológica del autor.
¿Qué razón impulsó a este grupo de quijotes a meterse en esta aventura? Al igual que el personaje de Cervantes, perseguir nobles ideales, tales como ofrecer al público una puesta en escena de alta calidad, digna de Gallegos; contribuir a que su nombre no caiga en el olvido como sucede algunas veces; y con el estreno póstumo de su obra rendirle un merecido homenaje.
Al igual que Don Quijote, han tenido que vencer muchos obstáculos, sobre todo de burocracia, finanzas y falta de tiempo; luchar enérgicamente contra viento y marea para llevar su barca a buen puerto. Han hecho su trabajo con entrega y entusiasmo, conscientes de que los réditos no están solo en el orden de lo monetario; van más allá: al sitio donde no se puede poner precio material al espíritu del artista teatral.
La representación de “Condominio” es un digno homenaje póstumo a la memoria del Maestro. Es imperativo que las próximas generaciones de teatreros no olviden a Daniel Gallegos, porque de esa manera Costa Rica tampoco lo olvidará.
