Hablar de agrotransformación es hablar de futuro, pero también de urgencia. El agro sigue siendo una base esencial para la alimentación, el empleo rural, la economía territorial y la estabilidad social. Sin embargo, hoy enfrenta una presión sin precedentes: políticas arancelarias, políticas monetarias, variabilidad climática, degradación de suelos, escasez de agua, altos costos de producción, mercados más exigentes, rezago tecnológico y una creciente vulnerabilidad de los pequeños y medianos productores. Transformar el agro ya no es una opción; es una necesidad estratégica para garantizar productividad, sostenibilidad y dignidad en el campo.
La transformación, sin embargo, no puede entenderse como un cambio abrupto, desordenado o excluyente, debe ser una transición inteligente, gradual y humana, capaz de relanzar al sector con el menor nivel posible de pérdidas productivas, daños sociales y deterioro ambiental. Se trata de pasar de lo básico —la supervivencia del productor y la seguridad alimentaria— a lo sublime: un agro competitivo, resiliente, innovador e integrado a cadenas sostenibles de alto valor.
El cambio debe venir del esfuerzo de todos.
La realidad del agro hoy
El agro actual se debate entre su potencial y su fragilidad. En Costa Rica, ha habido distintos esfuerzos de innovación agroindustrial que han buscado fortalecer cadenas de valor y promover un ecosistema agro industrial más sofisticado y más robusto, reconociendo que competir ya no depende solo de producir más, sino de producir mejor, con mayor valor agregado y sostenibilidad. Algunos pueden contarse como casos de éxito, pero la mayor parte de la actividad agrícola sigue ocupando ese salto cualitativo para impulsarse a un futuro más seguro y próspero.
Para la mayor parte de los productores, la combinación compleja de amenazas, extensamente conocidas y mencionadas al inicio de este artículo, los enfrentan a la posibilidad de un desenlace fatal que obliga a autoridades y organizaciones a repensar con urgencia en nuevas formas de producción, diferenciación, encadenamiento y comercialización. Es impensable como país la posibilidad de que cientos de familias rurales queden sin arraigo y sin propósito, que el tejido social que nos diferencia quede rasgado irremediablemente y que debamos afrontar el alto costo social de este desplazamiento y sus efectos sobre el acceso y precio de los alimentos que llegan a nuestras mesas.
Cómo transformar el agro con mínimas bajas y daños
Transformar el agro con mínimas bajas y daños requiere planificación, gradualidad y acompañamiento. El objetivo no debe ser sustituir de golpe modelos productivos, sino rediseñarlos para que sean más eficientes, resilientes e inclusivos. Una primera etapa de esta agro-transformación, implica identificar los sumideros de rentabilidad, aquellas partes de la finca o de las operaciones que en vez de sumar, restan. No puede pensarse en el sueño del valor agregado sin antes mejorar la productividad de lo básico, que puede implicar mejoras en tecnología, en prácticas agrícolas y posiblemente, elegir áreas para regeneración dejándolas en reposo. Las evidencias con que contamos, nos han demostrado en café que 2 hectáreas trabajadas de manera ordenada producen más que 4 hectáreas trabajadas a medias, con menos costos y más rentabilidad. No se trata de dejar la tierra tirada, sino enfocarse sección por sección de acuerdo con el potencial productivo. Este esfuerzo de una producción inteligente no es sencillo y requiere valentía, conocimiento, financiamiento y asistencia.
Gestionar las fincas para elevar su productividad total y que pueda pensarse en la agregación de valor futura, requiere de una buena administración del riesgo climático, un mejoramiento del manejo del suelo y del agua, el fortalecimiento de capacidades humanas, financiamiento adaptado, la diversificación alternativa y la construcción de cadenas de valor que distribuyan mejor el beneficio económico. En esta transformación, el estado y sus instituciones tienen un papel protagónico
La agrotransformación no consiste únicamente en modernizar procesos o incorporar tecnología; consiste en redefinir la relación entre producción, territorio, comunidad y futuro. El gran reto consiste en lograrlo a tiempo, considerando el enjambre de amenazas del entorno pero sin dejar de soñar en un futuro brillante. Eso exige decisiones valientes, pero también prudentes; innovaciones ambiciosas, pero también inclusivas; y una visión capaz de comprender que el verdadero progreso no se mide solo por cuánto se produce, sino por cómo se produce, para quién se produce y qué se preserva en el camino.
Desde lo básico hasta lo sublime, transformar el agro significa avanzar desde la urgencia hacia la esperanza, desde la fragilidad hacia la resiliencia, y desde la producción aislada hacia sistemas agroalimentarios más justos, sostenibles y prósperos. El camino no será sencillo, pero con estrategia, conocimiento, articulación y voluntad política, es posible lograr una transformación profunda con las mínimas bajas y daños posibles.
