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¿A qué juegan ciertos conservadores?

Declaraciones sobre la restricción del voto femenino, expresadas en espacios vinculados con la organización conservadora Turning Point USA, han generado un gran revuelo. Se trata del llamado “voto hogar”, que, a grandes rasgos, consistiría en una reconfiguración democrática en la cual cada hogar votaría como una sola unidad, representada por la cabeza de familia, léase: el varón. Así, resulta inquietante que ciertos sectores conservadores y, en especial, algunas mujeres, respalden propuestas con implicaciones tan serias.

Ciertamente, el valor del derecho al voto no reside solo en el impacto que este pueda tener sobre una elección concreta —no hace falta ser muy listo para notar que el peso de un voto individual es casi nulo—, sino en el reconocimiento y la salvaguarda socioinstitucional de la autonomía de los individuos como agentes racionales: personas capaces de tomar las riendas de su propia vida, conciudadanos que deliberan y toman decisiones respecto al rumbo político de la colectividad.

En contraposición, la idea de un voto por familia trastocaría la igualdad jurídica entre sexos y convertiría el sufragio en privilegio. A eso debemos sumar lo indigno de reducir a las mujeres a una suerte de “minoría de edad” perpetua. Después de todo, en ese esquema sería imposible distinguir políticamente a una mujer de un niño.

Con todo, lo más sorprendente es que el leitmotiv de tan lamentable espectáculo descansa en el reconocimiento tácito de la incapacidad que tiene el movimiento conservador para conquistar al electorado femenino. Esto lleva, al menos a ciertos sectores, a una conclusión inquietante: si no van a votar por nosotros, entonces mejor que no voten. Y no faltará a quien esto le parezca una solución razonable.

Quienes así piensan no se dan cuenta de que tales declaraciones no hacen sino empeorar el estado de cosas vigente: alienan cada vez más a las mujeres del conservadurismo, las empujan precisamente hacia los proyectos políticos rivales, recrudecen la guerra de sexos e, irónicamente, promueven la discordia dentro de las mismas familias que dicen proteger.

En el fondo, su gran error consiste en naturalizar tendencias electorales contingentes; es decir, en asumir que, como el colectivo “mujeres” hoy está más inclinado a la izquierda, siempre va a estar inclinado a la izquierda. Con base en este supuesto, manifiestamente falso, ciertos sectores del conservadurismo parecen dispuestos a empeñar su futuro político y a renunciar alegremente a la mitad del electorado. Desde un punto de vista puramente pragmático, no hay forma en que esto sea una estrategia viable.

A modo de conclusión, es necesario que quienes defendamos la familia comprendamos que esta institución no es ni puede ser un fin en sí misma. Si la familia existe es para sus miembros. No es correcto defenderla en detrimento de la mujer, ni del hombre, ni de los niños; eso sería traicionar su propósito.

¿A qué juegan ciertos conservadores? ¿Cómo es posible que aún no sean capaces de reconocer el valor político de las mujeres? No se puede dar plataforma a discursos que las desmerecen y pretender que no pasa nada.