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¡Vamos al fútbol! ¿O ya no?

Inició el Mundial, esa cita que convoca a países y aficiones alrededor del mundo. Sin embargo, en esta ocasión, el Mundial parece estar generando más conversaciones sobre política, migración, seguridad y desigualdad, que sobre goles, jugadores o equipos favoritos.

El torneo más importante del planeta llega en una edición inédita: 48 selecciones, tres países anfitriones y un contexto internacional particularmente complejo. Lo que debería ser una fiesta deportiva se ha convertido también en un escenario marcado por la guerra en Irán y los contextos políticos de los países sede, lo que ha generado tensiones sociales, cuestionamientos políticos y crecientes preocupaciones sobre el rumbo que ha tomado la cita mundialista.

En México, distintos grupos sociales han decidido tomar las calles y visibilizar demandas que venían acumulándose desde hace meses. Educadores, agricultores, transportistas y colectivos de familiares de personas desaparecidas han buscado colocar sus reclamos en la agenda pública en medio de la fiesta futbolística, mostrando el descontento con su gobierno al cual acusan de no atender la problemática nacional por concentrarse en un mundial, generando gastos excesivos por encima de las necesidades del pueblo. La imagen que proyecta el país al mundo es la de una sociedad que exige respuestas a problemas que considera urgentes.

Estados Unidos tampoco ha logrado escapar de la controversia. Las discusiones sobre política migratoria, los controles fronterizos y las tensiones internacionales han provocado que la conversación alrededor del Mundial trascienda lo deportivo. El trato que han recibido jugadores, periodistas, aficionados, y hasta árbitros acreditados por parte de las autoridades migratorias han alimentado el debate sobre el equilibrio entre seguridad, discriminación y limitaciones para que sea un espectáculo para todos – como solía serlo.

Canadá, por su parte, enfrenta un desafío distinto. Aunque el clima político ha sido menos convulso, el ambiente no logra calentar al ser una sociedad que no tiene una tradición futbolera.

Y como si esos problemas no fueran suficientes el elevado costo de las entradas y la creciente “privatización” de las transmisiones deportivas han generado dificultades para los aficionados. Para muchas familias, asistir a un partido o incluso seguir el torneo desde casa resulta cada vez más costoso. Lo que durante décadas fue una celebración relativamente accesible parece transformarse, poco a poco, en una experiencia reservada para quienes pueden asumir precios cada vez más elevados.

En este mundial en particular resulta más complicado ir al fútbol, disfrutar la fiesta deportiva, una fiesta que la misma FIFA complicó al organizarla en tres países distintos, ignorando las tensiones políticas, las realidades sociales de los países anfitriones, los problemas logísticos; al ser permisivo con la situación irregular que vive la selección de Irán, al guardar silencio ante lo sucedido a jugadores, periodistas, árbitros y aficionados que ven truncado sus posibilidades de asistir, al tiempo que avaló los precios de las entradas en montos inalcanzables para la mayoría de los aficionados.

Así las cosas, en este mundial ya no vamos al fútbol…