Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino”. Invictus.
Transcurrido, un casi eterno cuarto de siglo: Absuelto… el expresidente Miguel Ángel Rodríguez. Después de largos, larguísimos 25 años, de cruel incertidumbre, angustia, tristeza y dolor, llegó la justicia. Llegó, cuando el Tribunal Penal de Hacienda, por unanimidad, señaló: “Se absuelve …”.
Pasaron seis mundiales de fútbol, y concluyeron su período constitucional, seis presidentes de la República; y, ahora sí floreció la justicia, y después de un extenso camino empedrado e incierto, para el exsecretario general de la OEA; la presidente del Tribunal leyó el, por tanto, que - entre otros - refiere:
Se absuelve de toda pena y responsabilidad a Miguel Ángel Rodríguez Echeverría”.
Y, la presidente, continuando la lectura, reseñó, lo siguiente:
Indicó el Ministerio Público y los querellantes que, con ocasión de esta estructura, ustedes formaron un plan criminal… del que no existe una sola prueba en el expediente (...)”.
No existe una sola prueba, y se ha hecho daño profundo a quién dio la cara y, además, con ello dañó, al Poder Judicial.
El Estado ha actuado como cruel opresor de la libertad. El poder innoble —sin prueba—, como inquisidor, hirió el alma de una persona, lo angustió por años, y, con ello, también a su familia.
25 años de desesperanza, golpe y más golpes, abusos y más abusos de un Estado irrespetuoso de esenciales derechos humanos. Con este injusto accionar, se perdió el sentido de la dignidad sagrada del ser humano. Dignidad sagrada, palabras éstas, del papa León XIV; que todos debemos tener muy presentes y defender siempre. Accionar contra el expresidente, (pero que, igualmente, pudiera ser contra otras personas).
El Poder judicial no cumplió su deber constitucional de justicia pronta y cumplida. La aplicación de la justicia se convirtió en poder tortuga y en poder tortura. La tortura, también, de ser condenado por algunos medios de comunicación.
Y con esa condena previa —sin respetar el principio de inocencia, sin respetar el debido proceso— algunos pocos medios prefirieron el “poder chismero”, el de atizar hogueras y promover paredones de violencia. Con esa actitud antidemocrática se violentaron derechos humanos; se llegó al “fusílenlo, luego averiguamos”.
Hubo irrespetos e incumplimiento de deberes constitucionales. El ser humano no importó. Importó el teatro, regar combustible, y lo amarillo que atrae.
El poder, (no el Poder Judicial) escondido en oscuridades profundas, ordenó: disparen después justificamos. En otras tierras dirían … fue la mano blanca, con sicariato político.
Medios de comunicación —vendedores de amarillismo— olvidaron enseñanzas, por ejemplo, de Joseph Pulitzer, que sobre el periodismo, expresó:
Tenemos unos cuantos periódicos —es triste, pero es cierto— que propugnan peligrosas falacias y falsedades, apelando a la ignorancia, al partidismo, a las pasiones, a los prejuicios populares, a la pobreza, al odio a los ricos y al socialismo, sembrando la semilla del descontento, que con el tiempo, si no le ponemos freno, conduce sin duda alguna a la anarquía y el derramamiento de sangre”.
Y añade:
La noticia es importante, es la propia vida de un periódico. Pero ¿qué es la vida sin moral? ¿Qué es la vida de un país o de un individuo sin honor, sin corazón y sin alma? (...) el alma de un periódico yace en su sentido moral, en su coraje, su integridad, su humanidad, su consideración por los oprimidos”.
Condenas previas, de politicastros, mediáticas o sin la veracidad de las pruebas, atacan la credibilidad de la democracia respetuosa del ser humano.
La justicia no pronta ni cumplida y algunos inquisidores lesionan el quehacer positivo de las personas operadoras judiciales.
Pasaron 25 años de opresión, pretensión de desgaste y más castigos, no obstante: floreció la justicia, y el alma recibió alegría (la del expresidente, y la de la nación, ya que la justicia y los derechos humanos, el debido proceso y el principio de inocencia pertenecen a todas las personas).
El alma habla —en silencio— cuando la justicia es atrapada, o manipulada. El alma —con dolor, por la ausencia inevitable de seres queridos— llora; pero el alma, también, expresa alegría por el triunfo de la justicia; y, la justicia verdadera, para una persona: es verdadera justicia para la sociedad toda.
Esos 25 años, dedicados a la defensa: no a brindar su tiempo pleno a la familia… esposa, hijos, nietos, hermanos; a producir más para la patria, la nuestra, y la grande, desde la OEA, me hacen reflexionar sobre el poema Invictus de W. Ernes Henley, que —entre otros— señala:
Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino, ni cuántos castigos lleve mi espalda”.
