Tenía 27 años cuando empecé a acompañar a don Miguel Ángel Rodríguez en uno de los momentos más difíciles de su vida. Sin embargo, mi historia profesional con él había comenzado mucho antes. Tuve el privilegio de formar parte de su equipo de prensa durante su Gobierno, entre 1998 y 2002, una etapa en la que conocí de cerca a un hombre profundamente comprometido con Costa Rica, con una visión clara de país y una capacidad de trabajo extraordinaria.
Hoy, más de dos décadas después y con más de 50 años, escuché en primera fila las palabras que esperamos durante tanto tiempo: no hubo delito, está absuelto.
Y no me cabe el corazón de felicidad.
Han pasado más de 25 años desde que comenzó una historia que marcó profundamente su vida, la de su familia y también la mía. Como periodista y asesora de comunicación, pensé que iba a aprender sobre estrategia, manejo de crisis y comunicación política. Aprendí mucho más que eso. Fue un doctorado en paciencia, en lealtad, en resiliencia y en la capacidad humana de seguir adelante cuando todo parece estar en contra.
Vi cómo bajaban esposado de un avión a un expresidente de la República. Vi cómo muchos lo condenaron desde el primer minuto. Algunos que se decían amigos desaparecieron para siempre; otros fueron regresando cuando los tribunales comenzaron a reconocer lo que él sostuvo durante años: que era inocente.
Durante este largo recorrido tuve también el privilegio de hacer equipo con profesionales extraordinarios del ámbito legal, y de comunicación, que nos convertimos en amigos que apoyan a otro amigo. Juntos enfrentamos momentos complejos, construimos estrategia, diseñamos respuestas, analizamos escenarios y sostuvimos una convicción que nunca cambió: había que esperar a que hablara la justicia, y fue hablando, primero absuelto en el casos ICE-Alctel en el 2015 y ahora este 2026 en el caso Reaseguros.
Además, fui testigo de algo que dice mucho de nuestra sociedad. Vi cómo evolucionaron las informaciones, los titulares y las narrativas. Vi cómo durante años se construyeron juicios paralelos mucho antes de que existieran sentencias. Vi cómo una parte de la opinión pública decidió condenar antes de escuchar, y cómo el tiempo fue desmontando muchas de esas certezas que parecían inamovibles.
Pero también vi al hombre detrás de la noticia.
Lo vi estudiar expedientes durante horas interminables. Lo vi trabajar junto a su defensa sin descanso. Lo vi soportar restricciones que le impidieron compartir libremente con hijos y nietos que vivían fuera de Costa Rica. Lo vi acudir a misa cada día junto a doña Lorena. Lo vi defender la democracia en Venezuela, liderar espacios de reflexión nacional e internacional, escribir libros, escribir tres artículos de opinión por semana para medios nacionales, impulsar causas y seguir pensando en el futuro del país.
Lo vi reír. Y también llorar.
Compartimos proyectos inolvidables en los últimos años, como los lanzamientos de Di la Cara, Vida y Legado y el libro de doña Lorena, Cómo el Bambú. Organizamos conferencias, encuentros y actividades. Acompañamos sueños. También enfrentamos juntos momentos durísimos, incluyendo diagnósticos de salud que cambiaron la vida.
Y aun así, nunca perdió la fe.
A sus 86 años, lo vi ir y venir entre hospitales y tribunales. Lo vi dedicar una parte enorme de su energía, de su tiempo y de sus últimos años a defenderse de un delito que hoy la justicia concluye que no cometió. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién le devuelve esos 25 años?
¿Quién le devuelve las horas invertidas en expedientes, audiencias y recursos? ¿Quién le devuelve los momentos familiares perdidos, las oportunidades laborales sacrificadas, la tranquilidad arrebatada y el peso de una condena pública que llegó mucho antes que cualquier resolución judicial?
La justicia llegó, pero no fue pronta. Y eso también debe invitarnos a reflexionar como país.
Por eso esta absolución significa tanto.
La alegría es inmensa, pero también existe una inevitable tristeza al mirar hacia atrás y pensar en todo lo que Costa Rica perdió durante este cuarto de siglo. Cuánto más pudo haberse aprovechado la experiencia, la visión y el liderazgo de un hombre que jamás dejó de creer en este país, incluso cuando muchos dejaron de creer en él.
Como dijo el propio don Miguel, este fallo devuelve esperanza. Esperanza en la justicia, pero también es un llamado urgente a defender la independencia de quienes tienen la enorme responsabilidad de impartirla. Porque una democracia sólida requiere tribunales libres de presiones, capaces de resolver únicamente con base en los hechos y el derecho.
Yo me siento profundamente agradecida y privilegiada. Por haber acompañado al expresidente, al jefe y al amigo. Por haber sido testigo de esta larga travesía. Por haber aprendido de su fortaleza, de su disciplina y de su capacidad para resistir sin odio.
Y porque, pese a los años, pese a las dudas de muchos y pese al desgaste de una espera interminable, siempre creí.
