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Salud mental en la sociedad “enfermante”: un llamado a la acción

En una publicación reciente, la Universidad Nacional alertaba sobre la crisis de salud mental que vive el estudiantado. Este panorama es reflejo de una crisis mayor que afecta a la población costarricense, y que forma parte de una tendencia mundial. Los problemas de salud mental como la depresión, la ansiedad o las dependencias afectan a cada vez más personas alrededor del mundo. Surge entonces la pregunta: ¿por qué? La respuesta exige una mirada hacia realidades incómodas.

Aunque el desarrollo de problemas de salud mental involucra la exposición a diferentes factores ambientales como la dieta alta en ultraprocesados, el sedentarismo, o la contaminación, se sabe que el estrés es el principal factor de riesgo. El estrés es la respuesta física y emocional ante situaciones percibidas como desafiantes o amenazantes. Cuando es muy intenso o se vuelve crónico, altera diversas funciones del cuerpo y se relaciona con la aparición de numerosas enfermedades, incluidos los trastornos mentales. Así, en buena medida la crisis de salud mental se debe a la presencia constante del estrés.

De lo anterior se deriva otra pregunta: ¿cuáles son esas fuentes de estrés que están perjudicando a tanta gente? Cada persona tendrá sus respuestas privadas: las presiones laborales, el conflicto sin fin con la pareja, el maltrato que viene de papá o mamá, el matón que acecha en la escuela o el colegio, una enfermedad que no termina de curarse. Sin embargo, por encima de lo personal, ciertas dinámicas sociales, culturales y económicas también juegan un papel importante.

Uno de los principales generadores de estrés es el sistema económico en que vivimos. El capitalismo exige consumo. Más allá del desgaste que significa obtener el dinero para consumir, el sistema capitalista nos hace creer que los viajes, los lujos y las pertenencias nos procurarán verdadero bienestar. Nos hemos acostumbrado a la idea de que quien más tiene (y quien más muestra lo que tiene), es más feliz. Una farsa. Aunque ese consumo imparable procure satisfacción inmediata, no genera bienestar a largo plazo y más bien se relaciona con un nivel de bienestar reducido. Además, la exigencia de consumir provoca altos niveles de frustración en quienes no cuentan con recursos económicos suficientes, es decir, en la enorme mayoría de las personas. Aparte, la idea de competencia nos obliga a una constante comparación con los demás, lo que también representa una fuente de estrés. En definitiva, nos demos cuenta o no, las imposiciones del capitalismo nos mantienen en constante zozobra.

Por otro lado, la violencia social ha venido incrementándose en los últimos años. La actual crisis de inseguridad y delincuencia es la principal preocupación de las personas costarricenses. Del mismo modo, la polarización de nuestra sociedad ha disparado los niveles de violencia y discriminación en redes sociales, lo que probablemente se asocie con la hostilidad que se percibe a diario en las calles. Las redes sociales por sí mismas pueden ser fuente de malestar emocional con importantes implicaciones negativas, con el agravante de que la hiperconectividad nos expone a un bombardeo continuo de noticias, dramas y conflictos, lo que termina por imponer la sensación (casi el convencimiento) de un presente angustiante y un futuro sombrío. Hablo de agobios que quizás no percibimos o que no consideramos tan severos, pero que van desgastándonos poco a poco hasta que el efecto acumulado se traduce en enfermedad.

Ahora bien, mi propósito no es alarmar y sí hacer evidente el problema. Nuestra sociedad moderna es altamente “enfermante” (con el perdón de la RAE por usar una palabra que no existe en su diccionario). Lo bueno de saberlo es que tenemos la oportunidad de hacer algo.

Cada persona con problemas de estrés debe asumir la responsabilidad del autocuidado, buscando ayuda psicológica si está en sus posibilidades, haciendo ejercicio, comiendo saludablemente y adquiriendo hábitos protectores como lo son el cultivo de relaciones sociales y afectivas de calidad, el contacto con la naturaleza, el disfrute de actividades artísticas, etc.

El Estado también debe participar de esta cruzada, promoviendo hábitos saludables, lanzando campañas de educación y asegurando servicios de salud efectivos. Sin embargo, necesitamos cambios que deben abordarse como sociedad.

Urge volver al camino del bien común como estrategia para hacerle frente a un mundo que con demasiada frecuencia resulta alienante y hostil. Debemos liberarnos de las pantallas, reencontrarnos para construir comunidad, reestablecer vínculos y comprender que el bienestar no se compra en línea ni se puede medir con indicadores macroeconómicos (Estados Unidos es el ejemplo perfecto).

Sólo el esfuerzo colectivo podrá cambiar una tendencia que, de seguir como hasta ahora, augura sufrimiento y enfermedad para millones de seres humanos.