Cada 8 de junio celebramos el Día Mundial del Océano. Se organizan foros, se publican compromisos, se comparten fotografías espectaculares de especies marinas. Este año, incluso, el llamado de las Naciones Unidas es algo novedoso, reimaginar nuestra relación con el océano. Pero ¿realmente necesitamos imaginar algo nuevo o más bien empezar a mirar lo que ya existe?
Mientras en San José discutimos estrategias, planes y políticas, en las costas de Costa Rica hay personas que llevan años construyendo una relación diferente con el mar. Una relación donde la conservación no compite con el desarrollo económico, sino que se convierte en su principal aliada.
Muchas veces hablamos del océano como si fuera un espacio vacío y bidimensional. Como si estuviera compuesto únicamente por agua y bichos. Pero el océano también tiene rostro humano. Tiene nombres, familias, comunidades y emprendimientos que dependen de ecosistemas saludables para generar empleo y bienestar.
En Puerto Jiménez, Cuajiniquil, Barra del Colorado, Flamingo, Puntarenas, Parismina, Puerto Viejo o en el mismo San José, encontramos ejemplos de ello todos los días. Mujeres que han abierto espacios de liderazgo en actividades tradicionalmente dominadas por hombres. Pescadores que participan en iniciativas de ciencia ciudadana para monitorear especies marinas. Jóvenes que encuentran en el turismo asociado al mar una oportunidad para construir un proyecto de vida sin abandonar sus comunidades. Organizaciones locales que entienden que conservar no significa prohibir, sino gestionar responsablemente. Estas historias rara vez ocupan titulares nacionales. Sin embargo, representan exactamente el tipo de relación con el océano que el mundo dice estar buscando.
Lo paradójico es que mientras estas iniciativas avanzan desde los territorios, la política pública continúa tratando al mar como un tema periférico. Hace pocos meses, durante un encuentro en Puntarenas sobre sostenibilidad marino-costera, organizado por el Programa Estado de la Nación, los presentes volvimos a diagnosticar el país que desde Estrategia Nacional para la Gestión Integral de los Recursos Marinos y Costeros de Costa Rica (2008) conocemos. Seguimos con una gobernanza marina fragmentada, débil coordinación institucional, financiamiento insuficiente y enormes brechas sociales en las comunidades costeras. Han cambiado los gobiernos y los discursos, pero el diagnóstico sigue siendo prácticamente el mismo. Y, sin embargo, las soluciones están apareciendo donde menos solemos buscarlas.
Las comunidades costeras han demostrado que es posible generar empleo, fortalecer economías locales y promover la conservación marina al mismo tiempo. La pesca turística es uno de esos ejemplos. Su impacto va mucho más allá de las embarcaciones o Michael Jordan. Genera oportunidades para hoteles, restaurantes, talleres, transportistas, marinas, comercios y pequeños emprendimientos familiares. Crea cadenas de valor que dependen directamente de la buena salud de los ecosistemas marinos. Hay mucho que mejorar, es cierto, pero la actividad tiene el potencial de convertir la conservación en una inversión y no en un costo. Lo mismo hay ejemplos con el surf, el buceo o la observación de ballenas y delfines.
Costa Rica posee más territorio marino que terrestre. Repetimos ese dato con frecuencia porque refleja nuestra enorme riqueza oceánica. Pero esa realidad también debería obligarnos a una reflexión más profunda. Si el océano ocupa la mayor parte de nuestro territorio, ¿por qué sigue ocupando un espacio tan reducido en nuestras prioridades nacionales?
Reimaginar nuestra relación con el océano no pasa únicamente por nuevas políticas públicas ni exclusivamente por las iniciativas que surgen desde los territorios. Requiere mejores datos, diagnósticos más precisos, instituciones sólidas y una planificación de largo plazo, pero también reconocer el conocimiento local, el liderazgo comunitario y las oportunidades que ya están transformando las costas.
Quizás la invitación de este día sea más simple de lo que parece. Asumamos un papel más activo en la construcción del futuro marino que queremos. Durante décadas hemos enfrentado los desafíos del océano desde esfuerzos fragmentados. Reimaginar implica conectar mejor la ciencia con la política pública, las prioridades nacionales con las realidades costeras y la conservación con las oportunidades de desarrollo local.
Los nuevos espacios políticos como el Viceministerio de Gobernanza Marina o el Ministerio de Mares, Costas y Pesca abren una oportunidad para hacerlo de forma distinta. El reto es pasar de la fragmentación a la acción colectiva, de observadores a corresponsables y de agendas dispersas a una visión compartida que permita gestionar nuestro océano como un patrimonio común y estratégico para el país.
