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Populismo

Hay enfermedades que no matan de golpe, sino que debilitan lentamente al organismo hasta que este pierde la capacidad de hacer lo esencial. El populismo es, para la democracia, una dolencia de ese tipo. No la derriba de un solo golpe. La va vaciando de su función más importante: resolver, entre todos, los problemas que a todos nos afectan.

Conviene precisar el diagnóstico, porque el término se usa con ligereza. El populismo no es simplemente hablarle al pueblo ni buscar su simpatía. En su forma madura, consiste en ofrecer cosas agradables de corto plazo a quienes no tienen ni la capacidad ni el deseo de exigir que se cumplan. Esa es la mecánica precisa del mal: una transacción entre quien promete sin intención de rendir cuentas y quien recibe sin formación ni interés para reclamarlas.

Como toda enfermedad, tiene una predisposición que la hace posible. La nuestra es una pulsión por el corto plazo, esa preferencia humana —tan comprensible como peligrosa— por el alivio inmediato antes que por la cura verdadera. El populista no inventa esa pulsión; la explota. Y cuando una ciudadanía carece de la educación cívica que le permita distinguir entre un remedio y un paliativo, el contagio se vuelve epidemia.

El daño se ve con claridad en los problemas comunes que quedan sin resolver. Llevamos décadas con una movilidad urbana que asfixia por igual al que viaja en un autobús destartalado y al que conduce un vehículo de lujo: la presa es democrática, nos afecta a todos. Aun así, no logra convertirse en prioridad política, porque atenderla exige decisiones impopulares, de largo aliento, sin recompensa inmediata en las urnas. El populismo prefiere la promesa fácil al diagnóstico incómodo. Sacrifica el futuro —restaurar la ciudad-bosque que fuimos, repensar el transporte, sembrar árboles bajo cuya sombra no descansaremos— en el altar del aplauso de hoy.

Ese es el síntoma que lo define: una agenda que no está anclada en una visión de futuro inclusiva, en la que todos podamos participar como constructores de un mañana más próspero. Donde debería haber proyecto, hay halago. Donde debería haber principios —algunos físicos, no ideológicos, como que movilizar a un pasajero exige la menor masa posible— hay ocurrencias dictadas por la encuesta.

¿Cuál es la cura? No existe vacuna milagrosa, pero sí un tratamiento conocido. Se llama ciudadanía educada: personas entrenadas en resolver problemas, en pensar a largo plazo, en sopesar opciones y en exigir cuentas. Una prensa seria, que diagnostique los conflictos reales en lugar de agrandar nuestras cajas de resonancia. Foros donde la opinión sensata gane visibilidad y la falsedad pierda reputación.

El populismo prospera en la ignorancia y el desinterés; se cura con formación y con memoria. Mientras cultivemos ciudadanos capaces de pedir cuentas, la enfermedad seguirá siendo crónica, pero manejable. Si abandonamos esa tarea, se volverá terminal.

Escuche el episodio 319 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Populismo”.

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