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Política exterior: entre la improvisación y el amiguismo

En Costa Rica, con algunas excepciones, quienes han gobernado no les han dado la verdadera dimensión ni la importancia que tienen las relaciones internacionales para el país. Esto abarca desde el intercambio político hasta la relevancia de los organismos e instituciones establecidos para atender los asuntos de política exterior entre las naciones. Los nombramientos de embajadores y otros representantes diplomáticos —hasta el día de hoy— continúan utilizándose como pago de favores políticos o retribución por financiamiento de campañas electorales. Cuando las embajadas son para los amigos, las consecuencias pueden ser para el país.

Un embajador, más que hablar varios idiomas, debe conocer a profundidad la situación política mundial. Ese conocimiento le permite, junto con las autoridades del Poder Ejecutivo, tomar las decisiones correctas para favorecer al país, promover nuestras fortalezas y buscar apoyo para enfrentar nuestras debilidades. Todo ello debe sustentarse en una política exterior de Estado claramente definida y en los objetivos específicos del gobierno de turno.d

Sin embargo, no solo los gobernantes fallan en esta materia. Durante la pasada campaña electoral tuve la oportunidad de participar en diversos foros, entrevistas y debates, y puedo afirmar que ni un solo periodista ni medio de comunicación planteó preguntas sobre las propuestas de los candidatos y los partidos en materia de política exterior. Se ignoró así la importancia de un tema fundamental para una nación que no tiene ejército, que promueve la paz y los derechos humanos en el ámbito internacional y que depende, en gran medida, de su política exterior para su defensa y desarrollo.

Por otro lado, si dependiera de muchos ciudadanos, se apoyaría el cierre de todas las embajadas y oficinas internacionales del país. También aquí prevalece un alto grado de desconocimiento sobre la importancia de las relaciones internacionales.

Por ello, no debería sorprendernos la forma en que se han realizado diversos nombramientos en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, que reflejan la desidia habitual y el pago de favores políticos. Tampoco deberían sorprendernos las decisiones erráticas y declaraciones desafortunadas que han contribuido al deterioro de nuestras relaciones con la República Popular China —una de las grandes potencias políticas y económicas de la actualidad— o con un vecino tan importante como Panamá.

Igualmente preocupante resulta la propuesta de trasladar nuevamente nuestra embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, así como la ligereza con que se abordan los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, aprobados y ratificados por Costa Rica.

Todos estos son ejemplos claros de desidia, falta de planificación estratégica y escasa comprensión de la importancia que tiene la política exterior para el desarrollo nacional. No puede ser que mientras el mundo se mueve, Costa Rica improvise.

En octubre de 1996, Costa Rica separó el comercio exterior del Ministerio de Relaciones Exteriores mediante la creación del Ministerio de Comercio Exterior (Comex). Desde entonces, ambas instituciones han desempeñado funciones claramente diferenciadas. Mientras Comex se concentra en los asuntos comerciales, al Ministerio de Relaciones Exteriores le corresponde la diplomacia y la representación política del país en el ámbito internacional.

Por esta razón, se requieren habilidades distintas para dirigir uno u otro ministerio. Confundir o reducir las relaciones exteriores únicamente al ámbito económico constituye un error que puede resultar costoso, pues deja de lado aspectos fundamentales como la diplomacia, la historia, la interacción entre naciones y culturas, el análisis de las relaciones de poder en el ámbito mundial y la resolución de conflictos, entre muchos otros.

El inicio de la política exterior bajo la Presidencia de Laura Fernández, a juzgar por ciertos nombramientos y propuestas, no resulta alentador. El canciller Manuel Tovar posee la formación necesaria para desempeñar una gestión acorde con el nivel que Costa Rica requiere y representa en el mundo. Sin embargo, si continúa permitiendo el manoseo y las interferencias indebidas en el trabajo que se le encomendó, las consecuencias para el país podrían ser difíciles de afrontar.

Con frecuencia surge la impresión de que nuestra política exterior no se define con plena soberanía, sino que responde a lineamientos provenientes de otras naciones, aceptados con excesiva complacencia, más por temor a represalias económicas que por una genuina defensa de los valores democráticos que Costa Rica proyecta ante el mundo.

Se suele afirmar que la política exterior es la continuación de la política interna de una nación. Por ello, resulta oportuno recordar las palabras pronunciadas por John F. Kennedy durante su discurso inaugural del 20 de enero de 1961:

Nunca debemos negociar por miedo, pero nunca debemos temer negociar”.

A esa reflexión habría que añadir una consideración adicional: mantener esa convicción, sin importar cuán poderosa sea la nación que tengamos enfrente.