Cada 27 de junio, la conmemoración del Día Mundial de la Piña nos recuerda algo que muchas veces se pierde de vista en la discusión pública: detrás de cada fruta que llega a una mesa en Costa Rica, Estados Unidos, Canadá, Europa o cualquier otro mercado, hay una cadena productiva integrada por trabajadores agrícolas, productores, empacadoras, transportistas, técnicos, exportadores, operadores logísticos y comunidades rurales enteras que dependen de que esa actividad se mantenga viva, competitiva y sostenible.
La piña costarricense no es solo un producto agrícola. Es empleo rural, divisas, innovación, encadenamientos productivos y presencia de Costa Rica en los mercados internacionales más exigentes del mundo.
Por eso, las noticias recientes sobre el crecimiento de la producción mundial y del consumo en Estados Unidos deben analizarse con una visión de oportunidad, pero también de responsabilidad. Según información difundida por FreshPlaza, la producción mundial de piña ha crecido casi un 43%, al pasar de unos 21 millones de toneladas a cerca de 30 millones. Además, el consumo en Estados Unidos marca nuevos niveles, con un promedio que actualmente alcanza 8,5 piñas por persona al año.
Estos datos confirman que la piña sigue ganando espacio en los hábitos de consumo internacionales. Ya no se trata únicamente de una fruta tropical asociada a ocasiones específicas. Hoy la piña está presente en bebidas, platos preparados, menús de restaurantes, hoteles, supermercados, productos de conveniencia y nuevas tendencias de consumo vinculadas con salud, frescura, sabor y practicidad.
A ese crecimiento estructural de la demanda se suma una coyuntura particular: la Copa Mundial de la FIFA 2026, que se desarrolla en Estados Unidos, Canadá y México. No es un detalle menor. De acuerdo con el análisis socioeconómico elaborado por OpenEconomics y difundido por FIFA y la Organización Mundial del Comercio, el Mundial proyecta una asistencia de 6,5 millones de personas en los países sede y un impacto económico global de gran escala, con efectos sobre turismo, gastronomía, hotelería, transporte, comercio, empleo y consumo.
Cuando millones de personas se movilizan, comen en restaurantes, se hospedan en hoteles, compran en supermercados, consumen en estadios y participan en actividades asociadas a un evento deportivo global, también se mueven cadenas de suministro. Y dentro de esas cadenas hay alimentos frescos, frutas tropicales y productos que países como Costa Rica tienen capacidad de ofrecer con calidad, experiencia y cumplimiento de estándares internacionales.
En el caso de la piña, la oportunidad es evidente. Estados Unidos y Canadá son mercados relevantes para la producción costarricense. Además, la experiencia reciente de eventos deportivos realizados en Norteamérica muestra que el aumento de visitantes y el dinamismo en hoteles, restaurantes y comercios puede traducirse en mayor consumo de frutas frescas. Durante el Mundial de Clubes realizado en territorio estadounidense, el consumo per cápita de piña mostró incrementos relevantes en Estados Unidos y Canadá, particularmente en zonas con alta afluencia turística.
Esto no significa que el Mundial, por sí solo, resolverá los desafíos del sector agrícola. Pero sí representa una ventana que Costa Rica debe saber aprovechar. En momentos en que la demanda internacional muestra señales positivas, el país debería preguntarse si está creando las condiciones necesarias para que su producción agrícola pueda responder a esas oportunidades, crecer de manera responsable y sostener el empleo que genera en las zonas rurales.
Aquí es donde la discusión deja de ser únicamente comercial y se vuelve profundamente social.
Cuando se habla de producción agrícola, muchas veces se piensa que reducir o limitar una actividad productiva no tiene mayores consecuencias porque, en teoría, las personas podrían trasladarse a otros sectores de la economía. Esa visión desconoce la realidad de miles de trabajadores rurales. No toda persona que trabaja en una finca, en una empacadora o en una actividad agrícola puede trasladarse automáticamente a un empleo en una zona franca del Gran Área Metropolitana, a una oficina de servicios o a una empresa tecnológica.
Costa Rica debe impulsar la educación, la capacitación y la movilidad laboral, por supuesto. Pero también debe reconocer que el empleo rural agrícola cumple una función social que no puede sustituirse con discursos. En muchas comunidades, la agricultura es la principal o una de las pocas fuentes reales de ingreso formal. Es la actividad que permite sostener hogares, pagar estudios, dinamizar comercios locales, mantener transporte, servicios y encadenamientos económicos alrededor de la producción.
Por eso, cuando una actividad agrícola pierde competitividad, no solo pierde un empresario o una empresa. Pierde una comunidad. Pierde el trabajador que no tiene otra alternativa cercana. Pierde la pulpería, el transportista, el proveedor de insumos, el comercio local y la familia que depende de un salario para mantenerse en su zona de origen.
La piña costarricense ha logrado posicionarse en el mundo gracias a años de inversión, innovación, aprendizaje, mejora productiva, logística, tecnología y cumplimiento de estándares. Ese liderazgo no debe darse por garantizado. Los mercados internacionales son cada vez más exigentes y la competencia global crece. Si la producción mundial aumenta, Costa Rica debe fortalecer sus ventajas: calidad, trazabilidad, sostenibilidad, productividad, eficiencia logística y reputación.
Pero para hacerlo se requieren condiciones país. Se necesita seguridad jurídica, agilidad en trámites, infraestructura adecuada, acceso a tecnología, disponibilidad de herramientas modernas para el manejo agrícola, políticas públicas basadas en evidencia y una comprensión real del papel que el agro juega en la estabilidad social de las regiones.
También se requiere dejar atrás la falsa contradicción entre producción y sostenibilidad. El reto no es producir menos; el reto es producir mejor. Y Costa Rica tiene experiencia para hacerlo. La agricultura moderna debe ser ambientalmente responsable, socialmente relevante y económicamente viable. Si falta cualquiera de esos tres elementos, el modelo se debilita.
El Día Mundial de la Piña llega en un momento en que el mercado internacional envía señales claras: hay demanda, hay interés del consumidor y hay oportunidades asociadas a grandes eventos globales como el Mundial 2026. La pregunta es si Costa Rica tendrá la capacidad de convertir esa coyuntura en más empleo, más encadenamientos, más valor agregado y más desarrollo para sus zonas rurales.
No podemos ver el crecimiento de la demanda internacional como un dato aislado. Debemos verlo como una oportunidad para recordar que detrás de cada caja exportada hay trabajo costarricense. Hay comunidades que dependen de esa actividad. Hay familias que encuentran en la agricultura una opción real de estabilidad. Hay regiones donde el empleo agrícola no es una actividad secundaria, sino una columna vertebral del desarrollo local.
La piña de Costa Rica tiene una oportunidad frente al mundo. Pero esa oportunidad solo será verdaderamente valiosa si se traduce en bienestar para quienes producen, trabajan y viven en las zonas rurales.
Aprovechar el Mundial, responder al crecimiento de la demanda y fortalecer nuestra posición internacional no debe ser visto únicamente como una meta comercial. Debe entenderse como una apuesta por el empleo rural, por la estabilidad social y por una agricultura costarricense capaz de competir, innovar y sostener oportunidades donde más se necesitan.
