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Pensamiento crítico

Las recientes discusiones concernientes a la probidad del statu quo universitario –con las alegaciones de adoctrinamiento en aulas, cooptación de espacios universitarios por grupos políticos, o el contenido de las tesis e investigaciones que son financiadas con arreglo a fondos públicos– ponen de manifiesto un lugar común entre las posiciones enfrentadas: la apelación al pensamiento crítico, noción tan cara a quienes se las dan de intelectuales.

No es mi intención sostener que no habría que pensar “críticamente”, sin embargo, es necesario señalar que tales invocaciones discursivas no son más que una estrategia de poder. Porque la crítica es elitista, porque pretende cimentar un punto de vista privilegiado desde el cual enunciar lo real, porque el crítico necesita contraponerse al rebaño –masa iletrada e incapaz–, porque el rebaño mismo es invención de la crítica; su condición de posibilidad. Por eso no es de extrañar que los “defensores de la educación pública” sostengan que en la universidad se aprende a pensar críticamente, mientras los detractores la representan como un espacio de adoctrinamiento que nublaría el juicio. Ambos tienen sus puntos. Tal situación tendría que ver con el carácter relacional de la empresa crítica, que no puede ser sino particular y cada uno intentaría imponer su crítica como la crítica.

En un sentido más abstracto, no existe una instancia diferenciada del pensamiento que pueda ser catalogada a priori como “crítica” y que, consecuentemente, se contraponga a una no-crítica. Lo anterior se puede sostener en dos niveles. Primero, porque la relación entre pensamiento y crítica es más bien tautológica: donde hay pensamiento está la crítica y, viceversa, donde hay crítica está el pensamiento. En un segundo nivel, la apelación al pensamiento crítico esconde un juicio de valor que, a su vez, se manifiesta en dos sentidos complementarios. Por un lado, es una forma de autovalidación intelectual que confirma las opiniones propias y les endosa el mote de “críticas”. Por el otro, es una herramienta de exclusión que expulsa y margina aquellas opiniones catalogadas como “acríticas” previo a su discusión.

Dicho esto, hay que ser cautelosos con la mera consideración de que la universidad o cualquier otra institución puede enseñarte a pensar críticamente, pues se correría el riesgo de sustraerle de las dinámicas propias de las relaciones humanas (léase: “poder”), concediéndole precisamente aquello que debería estar en disputa. Además, es necesario profundizar en la cuestión de si es tan siquiera posible una educación que no adoctrine, y esto al margen del contenido concreto e intenciones que la sustenten. No soy optimista al respecto. En ese sentido, ya en la década de 1980, Michel Foucault advertía la incapacidad de las instituciones de saber para cumplir con su razón de ser: abrir lugares de discusión. Y añadía que, a veces, “sirven todavía para fundar la autoridad de quienes juzgan y excluyen”.