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Más allá del balón: fútbol, sociedad y conciencia

Jamás me agradó el fútbol, quizá porque en Costa Rica lo he visto ligado a deudas financieras de equipos que parecen vivir en crisis perpetua, a espectáculos poco edificantes que se repiten con la misma rutina, y porque, muy en el fondo, he llegado a comprender que este deporte tiene la capacidad de adormecer a naciones enteras.

Mi criterio, lo sé, puede ser debatido con argumentos de peso; sin embargo, con el Mundial 2026 ya encima, me interesa compartir algunas meditaciones que van más allá del balón y la cancha. No se trata únicamente de cuestionar el deporte en sí, sino de explorar lo que ha implicado a lo largo de la historia de la humanidad: un fenómeno que oscila entre el consumo global y el escape colectivo, entre la promesa de trascendencia y la fugacidad de lo inmediato.

Más que un deporte

Según un artículo publicado en Ciudad Región, el fútbol “no es solo un juego en el que compiten equipos entre sí, sino también un fenómeno global que trae consigo pasión, identidad y sentido de pertenencia. Desde sus inicios, ha servido como medio para unir comunidades, comunicar valores y promover la inclusividad”. Esta introducción refuerza la postura de que la existencia del fútbol consiste en un elemento no solo bueno, sino hasta necesario, pues de él se desprenden aspectos como la inclusión —fútbol femenino— e incluso oportunidades laborales. Pero me surgen estas inquietudes: ¿qué ocurre con quienes no sienten atracción por este deporte? ¿Qué pasa con las personas desempleadas cuya ansiedad primordial es alimentar a su familia, más que asistir a un partido?

Otro de los apartados del artículo menciona lo siguiente:

(...) el fútbol promueve la importancia del respeto y la tolerancia. A través de la interacción con compañeros de equipo y rivales, los jugadores aprenden a valorar la diversidad y a construir relaciones basadas en entendimiento mutuo”.

Honestamente, ni muchos jugadores ni directores técnicos parecen haber interiorizado estos pilares, pues en los partidos que he observado junto a un familiar lo que predomina es una escasez absoluta de respeto, tolerancia y entendimiento mutuo. Desde mi perspectiva de espectador pasivo, lo que se percibe con frecuencia es irrespeto, altanería y un afán intenso de ganar que eclipsa cualquier valor de convivencia.

Venimos perdiendo valores

El periodista Germán Diorio asevera que el fútbol ha desembocado en una pérdida de valores:

(...) el mundo del fútbol se ha convertido en un espacio en el que todo vale para llegar, y en el que se invierte poco en enseñarles a los chicos acerca del manejo de las presiones y el control emocional”.

Bajo esta premisa, Diorio nos acerca a la realidad actual que se vive dentro y fuera de las canchas: al diluirse los principios, lo que se fomenta son antivalores —violencia, irrespeto por la opinión ajena y actitudes repudiables para la formación de ciudadanos conscientes. En este sentido, el fútbol deja de ser escuela de convivencia y se convierte en reflejo de una sociedad atrapada en la lógica mercantilista. Es decir, ya no es ese deporte digno y amigable, sino que, bajo la presión del mercado y la pérdida de referentes éticos, se transforma en aversión, pesimismo y hasta odio.

Uno de los aspectos sociales derivados del fútbol consiste en la violencia. El escritor Antonio Aguilar señala:

La violencia en el fútbol se manifiesta en un espacio urbano específico: el estadio. En este entorno, convergen diversos factores que pueden llevar a desenlaces trágicos, como la construcción ineficiente de los estadios para albergar de manera segura a grandes multitudes, la falta de protocolos de seguridad eficaces y la proliferación de grupos ultras en las aficiones europeas”.

Aguilar menciona que, desde un punto de vista arquitectónico y social, los estadios eran espacios públicos difíciles de controlar, y no estaban diseñados para garantizar la seguridad de los espectadores frente a incidentes peligrosos.

En países con limitaciones estructurales, como Costa Rica, los insumos para garantizar la seguridad de los aficionados suelen tomarse en cuenta solo después de una tragedia. Tal fue el caso de Guatemala en 1996, en el Estadio Nacional Mateo Flores, durante un encuentro entre Guatemala y Costa Rica: más de ochenta muertos y ciento cincuenta heridos por la sobreventa de boletos. Aunque no fue un episodio originado por la violencia, sí dejó una huella nefasta en lo que debía ser un espectáculo de disfrute colectivo, recordándonos que el fútbol, cuando se mercantiliza sin controles propicios, puede convertirse en escenario de catástrofe.

Emociones desatadas por el futbol: la ciencia habla

Según la escritora Samantha Godínez, “el profesor Víctor Manuel Rodríguez Molina, del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM, explicó cómo las emociones colectivas en el fútbol encuentran un cauce natural”. Durante los 90 minutos de juego, la mente transita entre esperanza y frustración: la victoria dispara placer mediado por endorfinas, mientras que la derrota deja una huella más duradera en el circuito de recompensa. Esta alternancia, según el especialista, explica por qué el triunfo es efímero y la derrota más persistente. Rodríguez Molina añade:

Nuestro cerebro tiene un ámbito racional, pero al ver deportes (especialmente fútbol) afloran nuestras emociones sin censura”.

De ahí que, en la pasión desbordada de un partido, se normalicen conductas viscerales que, fuera del estadio, pueden transformarse en violencia doméstica o en otras expresiones de agresividad social.

Pitazo final

Solamente una vez asistí a un partido de fútbol; era demasiado joven para comprender las capas que se esconden detrás de uno de los deportes más polémicos y antiguos. Sé que hay quienes han llorado al ver perder a su equipo, y la ciencia ya ha demostrado cómo esas emociones dejan marcas más duraderas que la victoria.

Si bien el fútbol nació sobre fundamentos nobles, por desgracia —o quizá por negligencia— esas bases han quedado relegadas. Como sucede en cualquier oficio, el paso del tiempo desgasta el espíritu: no podemos esperar que jugadores con larga trayectoria mantengan la misma energía que al inicio de sus carreras.

También debería prestarse especial cuidado a la capacidad y seguridad de los estadios, para evitar sucesos devastadores, como lo ocurrido en Guatemala en 1996. Quizá por eso me resulta difícil ver en el fútbol un espacio de disfrute, y más bien lo percibo como un espejo de nuestras fragilidades sociales.

El Mundial, más que un torneo, es un espejo de lo que somos: consumidores de emociones rápidas, buscadores de escapes colectivos y, a veces, cómplices de los antivalores que decimos repudiar. Quizá el verdadero pitazo final no lo dé el árbitro, sino nuestra capacidad de preguntarnos qué lugar ocupa el fútbol en la construcción de una sociedad más consciente.