Aún no amanece cuando los primeros pasos comienzan a escucharse en los caminos rurales de Costa Rica, en una comunidad indígena de Talamanca, un representante comunal se prepara para caminar varios kilómetros antes de encontrar el transporte que le llevará a una reunión, en la Región Brunca, un productor agrícola sale de su finca antes de que el sol caliente los cafetales, en Guanacaste, un dirigente comunal emprende un recorrido de varias horas por carretera. Mientras tanto, en la Zona Norte y el Caribe, otros representantes dejan por un día sus cultivos, sus pequeños negocios o sus responsabilidades familiares para dirigirse al mismo destino una sesión del Comité Territorial de Desarrollo Rural.
Ninguno de ellos recibirá un salario por asistir, ninguno lo hace buscando reconocimiento, lo hacen porque creen que el desarrollo rural comienza cuando las comunidades participan en las decisiones que transforman su propio territorio.
Los Comités Territoriales de Desarrollo Rural (CTDR), impulsados por el Instituto de Desarrollo Rural (INDER) a partir de la Ley 9036, representan uno de los ejercicios más importantes de gobernanza participativa que existen en Costa Rica, distribuidos en 29 territorios rurales del país, estos espacios reúnen a representantes de la sociedad civil organizada y de diversas instituciones públicas para construir, desde el diálogo y el consenso, propuestas que respondan a las necesidades reales de cada territorio.
Pero detrás de cada reunión existe una historia que pocas veces se cuenta, pues cada silla ocupada alrededor de una mesa representa horas de viaje, organización familiar y compromiso comunitario, en muchos casos, los integrantes recorren largas distancias para llegar puntualmente a las sesiones. Algunos atraviesan montañas, otros recorren extensas carreteras o dependen de varios medios de transporte para cumplir con una responsabilidad que asumieron de manera voluntaria, hay quienes invierten buena parte de un día entero únicamente para participar en una reunión que permitirá definir el futuro de proyectos para sus comunidades.
Ese esfuerzo tiene un valor aún mayor porque su labor es ad honorem, es decir, no reciben remuneración económica por representar a sus organizaciones ni por dedicar tiempo al fortalecimiento del desarrollo rural, lo que los mueve es la convicción de que participar también es una forma de servir.
En los CTDR convergen asociaciones de desarrollo integral, asociaciones de productores, cooperativas, ASADAS, organizaciones de mujeres, grupos juveniles, pueblos indígenas, cámaras de turismo rural, organizaciones ambientales, gobiernos locales e instituciones públicas, cada representante llega con una realidad distinta, pero con un objetivo común contribuir al bienestar de su territorio.
Las diferencias no se convierten en obstáculos; por el contrario, enriquecen la discusión, quien conoce las necesidades de una comunidad comparte la experiencia cotidiana, las instituciones aportan conocimiento técnico y herramientas para convertir las ideas en proyectos viables, las organizaciones comunales acercan las prioridades de la población, mientras que los sectores productivos exponen los desafíos que enfrentan la agricultura, el turismo rural, el emprendimiento y la conservación de los recursos naturales.
Es precisamente en ese encuentro donde el desarrollo rural cobra sentido, la articulación entre la sociedad civil e instituciones permite que las decisiones no se tomen de manera aislada, sino escuchando las voces de quienes conocen el territorio porque viven en él.
Sin embargo, esa tarea no está exenta de desafíos las grandes distancias entre comunidades, las limitaciones en el transporte público, las condiciones climáticas, las responsabilidades laborales y familiares hacen que participar en un Consejo Territorial implique un esfuerzo considerable. Muchos representantes deben solicitar permisos en sus trabajos, reorganizar sus actividades productivas o invertir recursos propios para trasladarse hasta el lugar de reunión.
Aun así, continúan asistiendo. Lo hacen porque comprenden que cada sesión puede significar el inicio de un proyecto para mejorar caminos rurales, fortalecer un acueducto comunal, apoyar a pequeños productores, impulsar el emprendimiento de mujeres rurales o generar oportunidades para las nuevas generaciones. Saben que detrás de cada acuerdo existe la posibilidad de mejorar la calidad de vida de cientos de familias.
Su compromiso también fortalece la democracia, ya que los Consejos Territoriales demuestran que las mejores soluciones nacen cuando las instituciones públicas trabajan de la mano con las comunidades organizadas, son espacios donde el diálogo reemplaza la imposición, donde las diferencias se convierten en propuestas y donde el consenso adquiere más valor que el interés individual.
Rara vez estos hombres y mujeres aparecen en las noticias, sus nombres no figuran en las placas inaugurales de una obra o en los titulares que anuncian un nuevo proyecto, sin embargo, buena parte de los avances que experimentan los territorios rurales comienza precisamente en esas reuniones donde la escucha, el respeto y el trabajo colectivo hacen posible que las ideas se transformen en acciones.
Su mayor reconocimiento no llega en forma de aplausos, pero se refleja en un puente que conecta comunidades, en una organización fortalecida, en una persona emprendedora que encuentra apoyo para desarrollar su proyecto o en una familia que descubre nuevas oportunidades para permanecer en el campo. Son logros construidos lentamente, mediante acuerdos, diálogo y una participación constante que trasciende intereses personales.
Mientras Costa Rica continúa impulsando un modelo de desarrollo territorial más participativo, ellos seguirán recorriendo largas distancias, atravesando montañas, llanuras y costas para ocupar su lugar alrededor de una mesa de trabajo. Porque saben que cada reunión representa una nueva oportunidad para transformar su territorio.
Y aunque pocas veces aparezcan en la fotografía final de los proyectos inaugurados, son ellos quienes, desde el anonimato y el compromiso ciudadano, sostienen uno de los pilares más valiosos del desarrollo rural costarricense, son ellos quienes, más allá de la mesa, sostienen el desarrollo rural de Costa Rica, en esencia son los guardianes silenciosos del desarrollo rural.