Nebusemekh, considerado el fantasma más antiguo en la historia de la literatura, forma parte de un texto del antiguo Egipto que se conserva completo a pesar de que fue escrito, según cálculos de los especialistas, entre los siglos XIII-XII a. C.
Es el espíritu perturbado de un hombre que murió y se lamenta del deterioro de su tumba. Se le aparece a Khonsuemheb, un sacerdote del templo de Amón, no para asustarlo, sino para pedirle que le construya un sepulcro nuevo.
Esa es la primera característica de los espectros buenos: no se manifiestan para aterrorizar. Así son las ánimas que moran en las 106 páginas del libro El aire tiene memoria. Los cuentos de fantasmas que me contaba mi abuelo, del cineasta costarricense Jurgen Ureña.
“Para mi abuelo (Ramón Mesías Ureña, 1911-1998) los fantasmas eran presencias solidarias que acompañaban (…) Convivía con ellos”, dice el escritor de esta obra ilustrada por el artista José Pablo Ureña y publicada por Abyad Editorial, dirigida por el escritor y teólogo José Chacón.
Vale la pena acercarse, mediante la lectura, a los espíritus bondadosos del abuelo de Jurgen, uno de los cuales se manifestó en un sombrero abandonado en uno de los poyos del parque de Santiago de Puriscal y terminó proporcionándole a don Ramón Mesías Ureña una extraña sensación de compañía y una calma profunda.
El fantasma de la Ópera
Todo lo contrario sucede en las leyendas costarricenses como La Cegua o El Padre sin Cabeza -ausentes en este libro-, así como en la novela El fantasma de la Ópera, en donde un espanto, se complace en aterrorizar.
Ese personaje, creado por el francés Gaston Leroux (1868-1927), se oculta en las catacumbas de la Ópera de París. Aterroriza a sus víctimas valiéndose de pasadizos secretos y laberínticos, paredes falsas y el sistema de poleas del teatro.
Los fantasmas buenos, esta es la segunda característica, no habitan en guaridas sombrías y siniestras, ni se desplazan por pasillos tenebrosos. Prefieren vivir en la memoria.
Es lo que sucedía con las ánimas de don Ramón Mesías Ureña: moraban en el ático de los recuerdos y el sótano de las evocaciones. En la primera mitad de los años 90 abandonaban esos rincones cada domingo por la mañana, cuando aquel hombre de campo visitaba a su familia y compartía sus relatos entre sorbos de café.
“Mi abuelo contaba sus historias sin solemnidad, no para impartir lecciones ni para impresionar, sino para permanecer con los otros un rato más. Tal vez por eso sus historias siguen hablando, incluso ahora que él ya no está”, revela el cineasta. Y agrega:
Escribir los cuentos de mi abuelo fue acercarme otra vez a él”.
Las ánimas se sienten a gusto con los abuelos que las mantienen vivas. Tal es el caso del sacerdote sin parroquia que seguía dando absoluciones al caer la tarde o el capataz muerto que no cesaba de hacer surcos en la finca cafetalera, ambos inquilinos de la mente del abuelo de Jurgen.
El padre de Hamlet
Otro espíritu memorable de la literatura nació en la pluma del poeta y dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616): el del padre del príncipe danés Hamlet, un hombre noble que fue asesinado por su hermano para apoderarse del trono y de su esposa. Las apariciones de este espectro tienen como objetivo clamar por justicia y venganza.
Sus manifestaciones son breves, no se prolongan más allá de lo necesario. Esta es la tercera característica de los fantasmas buenos: les gustan las visitas concisas.
Así son los espectros de El aire tiene memoria. Los cuentos de fantasmas que me contaba mi abuelo: sus apariciones son cortas, directas, al grano, gracias al sentido de la exacta medida que maneja el escritor.
El fantasma del tiempo no amedrenta en este libro en el que incluso las ilustraciones que acompañan a cada historia tienen sentido de síntesis, pues no están saturadas de elementos; trazos blancos y grises, como bocanadas de humo, sobre fondo negro, que resumen pero a la vez sugieren otros relatos y le permiten al lector hacer pausas.
En un mundo en el que abundan los textos innecesariamente largos, la concisión de Jurgen es un elegante gesto de urbanidad que se valora y agradece. Cada uno de los cuentos aporta la información justa y necesaria, sin estirar la trama ni abusar de paciencias ajenas.
Allí está, por ejemplo, el inicio del relato La visita: tres líneas bastan para sumergir al lector en una atmósfera de misterio, y el final de la historia está a la vuelta de la página: 14 párrafos adelante.
Esta economía de las palabras despide un cierto aroma a la brevedad magistral de los Cuentos de angustias y paisajes, de Carlos Salazar Herrera (1906-1980), en los que no asustan los espíritus pero sí la difícil existencia del campesino.
El perro de agua
Ya que hablamos de la dura vida del campo, el cuento El perro de agua tiene lugar a mediados del siglo pasado, cuando el abuelo de Jurgen trabajó en las fincas de La Mansión de Nicoya, en Guanacaste. Gira en torno a un can negro y grande que acompaña a quienes dudan y tienen la cabeza llena de preguntas.
Arribamos así a la cuarta característica que tienen en común los fantasmas buenos: sus historias plantean o sugieren más preguntas que respuestas.
Leer este libro equivale a abrirle la puerta a las interrogantes. Comparto algunas de las que yo me hice: “¿Son fantasmas los viejos amores?” “¿Será que el mundo está habitado mayoritariamente por espectros y somos los vivos las presencias extrañas? “¿Es el silencio un ánima?” “¿Qué podemos hacer para que un mundo cada vez más adicto a las verdades a medias y las noticias falsas, vuelva a invocar al espíritu de las dudas?”
Le invito a sumergirse en este libro cuyo protagonista no es Nebusemekh, aquel antiguo espíritu egipcio que clamaba por una tumba nueva, sino el abuelo Ramón Mesías Ureña, cuyos cuentos le permitirán hacer las paces con los fantasmas.
