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Los comunistas somos nosotros

Durante la conferencia de prensa del 27 de mayo de 2026, Laura Fernández decretó la ampliación del espectro cada día más acogedor del universo comunista para incorporar los verdiblancos a sus filas. La misma agrupación que durante años persiguió, encarceló, proscribió y hasta vio bajo sus gobiernos el asesinato extrajudicial de dirigentes comunistas en el episodio oscuro de los Asesinatos del Codo del Diablo, ahora recibe, por decreto discursivo, su carnet de hoz y martillo.

La categoría que antes describía una corriente política e ideológica específica posee una elasticidad admirable, abarcando hoy a cualquier persona con la mala costumbre de disentir. Aquellos que cuestionen la Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional o, Dios guarde, expresen alguna simpatía por la institucionalidad pública, corren el riesgo de despertar convertidos en los próximos reclutas revolucionarios.

Para quienes militamos en esta tradición política de larga data, resulta sorpresivo este fenómeno donde la etiqueta circula con tanta holgura, aludiendo rara vez a los hombres y mujeres que construyeron con sudor y sangre aquella tradición política que hunde sus raíces en la transformación histórica de este país.

El comunismo tico cobra vida en las páginas de Mamita Yunai, la célebre novela del benemérito de la Patria y dirigente nuestro, Carlos Luis Fallas. En ella, resuenan las voces de los peones bananeros bajo un contexto donde organizarse contra la explotación y los abusos patronales significaba persecución, despido o cárcel. Allí surgió la Gran Huelga Bananera de 1934, una gesta heroica que marcó profundamente la identidad y orientación del comunismo costarricense.

Hoy, Costa Rica honra a aquella heroína cuyo rostro adorna nuestro billete de ₡20.000, Carmen Lyra. Esa valiente educadora que luchó contra la dictadura de los Tinoco, cuyos cuentos acompañan la infancia de generaciones costarricenses. Aquella luchadora social, militante comunista, obligada a morir lejos de su patria, exiliada por las mismas fuerzas políticas que, según Laura Fernández, pertenecen a la misma tradición histórica.

Las conquistas sociales que son patrimonio común de la nación, defendidas por millones de costarricenses sin importar su afiliación política, se hicieron palpables a partir del esfuerzo de militantes comunistas: la promulgación del Código de Trabajo, las Garantías Sociales, la fundación de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), la abolición del trabajo infantil y entre muchos más.

Resulta paradójico que la palabra “comunista” aún se utilice despectivamente mientras buena parte del país goza diariamente de derechos cuya construcción lleva el sello comunista en su esencia.

Reivindicar esta historia no debe ser únicamente un ejercicio nostálgico. No pertenecemos únicamente a los libros, las fotografías en blanco y negro o los ataques en los discursos políticos contemporáneos. Seguimos aquí.

Seguimos aquí todavía en quienes se indignan cuando una familia trabajadora no puede acceder a una vivienda digna. En quienes lamentan que la riqueza se concentre en pocas manos mientras tantos luchan por llegar a fin de mes. En quienes no hemos perdido la capacidad de conmovernos frente al sufrimiento ajeno.

Seguimos aquí precisamente porque las desigualdades e injusticias que en primer lugar dieron origen a nuestro movimiento no han desvanecido.

Si es que la palabra “comunista” va a acaparar más espacio y prominencia en el debate político actual, entonces conviene aclarar algo bastante sencillo: los comunistas somos nosotros.