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Lo que Roma entendió sobre las finanzas públicas y Costa Rica olvidó

Los romanos, con todas las limitaciones de su tiempo, comprendieron una verdad elemental sobre el poder: que ningún Estado puede sostenerse sin orden en sus finanzas. Por eso colocaron el Aerarium, el tesoro de la República, en el Templo de Saturno, en el corazón mismo del Foro Romano. Allí se custodiaban los recursos públicos, los registros del Estado y los símbolos de la confianza colectiva. Era una declaración política, pues la prosperidad de la República era un asunto sagrado.

Costa Rica, en cambio, parece haber optado por el camino contrario. No tenemos Templo de Saturno. No tenemos Aerarium. A juzgar por las recientes advertencias del propio presidente del Banco Central sobre el deterioro de las finanzas públicas, tampoco parece que tengamos una estrategia coherente para preservar la salud fiscal del país.

Resulta particularmente llamativo que las señales de alarma surjan mientras el Ministerio de Hacienda está dirigido por quien fuera, durante unos meses, ministro de Hacienda durante la administración del PAC 2018-2022, y pasado presidente. Es decir, uno de los arquitectos de buena parte del modelo fiscal que hoy muestra signos evidentes de agotamiento. La paradoja es difícil de ignorar: quienes contribuyeron a diseñar el edificio ahora observan con preocupación las grietas en sus paredes.

Los romanos, al menos, tenían la cortesía de depositar el tesoro de la República en un templo visible para todos. En Costa Rica, en cambio, las finanzas públicas parecen administrarse como esos espectáculos de magia en los que el ilusionista pide al público mirar una mano mientras la otra desaparece la moneda. Cada año se anuncian victorias fiscales históricas, cada presupuesto promete disciplina y cada informe asegura que ahora sí hemos encontrado el camino de la sostenibilidad. Sin embargo, cuando se despeja el humo, la deuda sigue allí, los intereses siguen creciendo y el contribuyente descubre que el conejo nunca estuvo dentro del sombrero.

Durante años se nos prometió responsabilidad fiscal. Se aprobaron reformas, se impusieron sacrificios a ciudadanos y empresas, se defendieron nuevos tributos y restricciones presupuestarias bajo el argumento de que eran necesarios para garantizar la sostenibilidad financiera del Estado. Sin embargo, los resultados son cada vez más modestos y precarios. La deuda sigue siendo una amenaza persistente, la carga tributaria muestra signos de debilitamiento y el crecimiento económico parece concentrarse en sectores que generan menos recaudación para las arcas públicas.

Mientras tanto, el aparato estatal continúa exhibiendo una extraordinaria capacidad para gastar, burocratizar y justificar su propia existencia, pero una capacidad mucho menor para generar prosperidad. El ciudadano paga más, recibe menos y escucha constantemente nuevas explicaciones sobre por qué los problemas siguen siendo responsabilidad de alguien más.

Los romanos entendían que el tesoro público era la columna vertebral de la República. Nosotros hemos construido un sistema político que parece incapaz de custodiar siquiera sus propias promesas, aunque extraordinariamente eficiente para custodiar privilegios, puestos y excusas.

Cuando hasta el Banco Central comienza a advertir sobre la fragilidad de las cuentas nacionales, la pregunta ya no es quién tiene la culpa. La culpa, después de todo, suele ser abundante en la política costarricense. La verdadera pregunta es quién asume la responsabilidad.

Porque las naciones no fracasan cuando se quedan sin dinero. Fracasan cuando se quedan sin administradores capaces de decir la verdad sobre el dinero. Roma comprendió esa lección hace más de dos mil años. Nosotros seguimos discutiéndola mientras pasamos la factura a la siguiente generación.