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Laura, la anticomunista

Hay algo enternecedor en ver a Laura Fernández desempolvar el manual anticomunista de 1948. Uno casi la imagina en la soledad de su despacho, hojeando viejos ejemplares de La Tribuna, subrayando con marcador amarillo las frases más intensas de don José Figueres: "Los comunistas no pasarán", "Hay que limpiar la patria".

El problema, por supuesto, es que don Pepe dijo eso hace casi ochenta años. Y los comunistas a los que se refería —Manuel Mora, Carmen Lira, Carlos Luis Fallas, ese puñado de intelectuales y líderes sindicales que fundaron el Partido Vanguardia Popular— llevan años siendo, por si no se informó, Beneméritos de la Patria. Sí, de la patria.

Pero Laura Fernández no se rinde. Porque si algo ha demostrado en sus primeras semanas de gobierno es que tiene una fe inquebrantable en la vigencia del peligro rojo. Los comunistas están ahí, acechando. No se los ve, no se los escucha, no se los encuentra en ninguna encuesta —quizá porque andan en la clandestinidad más profunda—, pero existen. Como los duendes. Como la promesa de un nuevo referéndum.

Lo que doña Laura no dice —o quizá no quiere ver— es que ese "comunismo" que denuncia no es un peligro real: es una lógica política. Un comodín ideológico que sirve para justificar recortes, nombrar a leales, perseguir opositores y, sobre todo, para operar bajo un paraguas continental que mueve millones de dólares y reúne a personajes de antecedentes cuanto menos cuestionables.

El regreso de los fantasmas rojos (y el negocio del miedo)

Doña Laura debería saberlo: Manuel Mora murió en 1994. Carmen Lira en 1989. Carlos Luis Fallas en 1966. Pero en la cosmovisión de nuestra presidenta, los muertos no descansan: conspiran.

Uno imagina a Manuel Mora en el cielo —con nubes rojas— interrumpiendo su merecido descanso para hacer una llamada telefónica a la sede del Frente Amplio: "Oiga, muchachos, hoy hay que protestar por la privatización del ICE". Y a Carmen Lira, desde el cielo de Tía Panchita, tejiendo consignas: "El ICE no se vende". Y a Calufa escribiendo un nuevo Mamita Yunai ahora ambientado en las piñeras transnacionales o en el proyecto minero de Crucitas.

Laura Fernández estudió Ciencias Políticas en la UCR. Por eso da más pena: no es ignorancia, es oficio. Sabe perfectamente que los comunistas que denuncia llevan décadas de beneméritos. Pero le conviene que usted no lo recuerde.

El ejemplo más fresco ocurrió con el ICE. El gobierno estaba en camino de privatizarlo a la mala, a escondidas, mediante el proyecto de armonización eléctrica del ICE. Pero la oposición y la gente en las calles —esos mismos "comunistas fantasmas"— salieron a impedirlo. Y lo lograron. El Ejecutivo tuvo que desconvocar el proyecto. No porque la presidenta recapacitara, sino porque el miedo al "cuento del comunismo" ya no le funciona a un pueblo que aprendió a distinguir entre un fantasma de 1948 y un desahucio del Estado Social de Derecho en 2026. Mientras tanto, los precios de los alimentos suben, el Súper Niño se acerca, y el petróleo recién pega su impacto, haciendo la tormenta perfecta.

El operador que mueve fichas y dólares

El principal arquitecto del anticomunismo como discurso presidencial es Danny Quirós —ex Movimiento Libertario y tercera ola de la derecha criolla. No estamos ante un simple asesor de escritorio. Es un operador político de ultraderecha, de esos que no solo opinan en redes, sino que mueven recursos económicos de un país a otro para financiar candidaturas afines.

Las figuras con las que se ha fotografiado comparten un credo: odio al comunismo, al feminismo, rechazo al matrimonio igualitario y a la llamada "ideología de género". En la región, el fenómeno busca replicar a Javier Milei, Nayib Bukele, José Antonio Kast y el actor mexicano Eduardo Verástegui —a quien Quirós donó, desde su firma Partner 305 LLC, $390 mil que el Instituto Nacional Electoral mexicano (INE) investiga como financiamiento ilícito.

Y apenas hace unos días, Quirós operaba en Colombia contra la candidatura de Gustavo Petro. No en las urnas, sino en su terreno: contactando financistas, articulando apoyos para la derecha colombiana, tejiendo la red transnacional que ve en Petro —como en Lula, Sheinbaum o Boric— la misma encarnación del peligro rojo que Laura Fernández denuncia desde el escritorio presidencial. Ella habla de fantasmas; Quirós trabaja con dinero real.

El hilo negro que conecta San José con Tegucigalpa

Todo este entramado de operadores, dólares viajeros y cruzadas anticomunistas tiene un hilo negro que conecta a San José con Tegucigalpa. Se llama "Hondurasgate", y en sus entrañas aparece una figura incómoda: Juan Orlando Hernández —sí, el expresidente hondureño que, según grabaciones de llamadas telefónicas filtradas, habría recibido un indulto de Donald Trump para llevar a cabo nada menos que el "aniquilamiento físico del comunismo". Un mandato que, según las denuncias, habría comenzado a ejecutarse desde este mismo enero.

Las llamadas revelan conversaciones donde el anticomunismo dejaba de ser un eslogan de campaña para convertirse en una directriz de Estado: perseguir, desaparecer, aniquilar. El comunismo, en esa lógica, no se combate en las urnas ni en el debate de ideas: se extirpa con métodos que huelen a los peores años de la Doctrina de Seguridad Nacional.

Laura Fernández y el espejo hondureño

Hubo un momento en que la presidenta, en conferencia de prensa, soltó una frase que quedó flotando como un globo de helio: "Los comunistas y vagabundos ojalá desaparezcan de Costa Rica". La declaración fue recibida con perplejidad. Pero si uno escucha las llamadas del Hondurasgate, la perplejidad se convierte en escalofrío. Porque ese es el espejo en el que doña Laura está mirándose. ¿Sabe ella que esas palabras, en otro país y con otro presidente, fueron el preámbulo de una pesadilla? Quizá no. Quizá sí. Estudió Ciencias Políticas en la UCR, después de todo.

Las llamadas telefónicas que denuncian el plan de aniquilamiento no son un guion de cine: son el registro escalofriante de cómo la paranoia anticomunista puede justificar lo injustificable. Y Laura Fernández, sin decirlo abiertamente, está asumiendo ese mismo libreto como si fuera una hoja de ruta.

Al final, el verdadero peligro rojo no son los comunistas —que en Costa Rica apenas existen como opción electoral—. Es la impunidad con que se disfrazan de anticomunistas los mismos que siempre han querido concentrar el poder, el dinero y la narración del miedo.

Pero hay algo peor. Algo que ninguna conferencia de prensa va a reconocer.

Costa Rica no está combatiendo al comunismo. Costa Rica está adhiriéndose a un bloque continental de ultraderecha cuyas reglas no ha escrito y cuyos costos no ha calculado. Ese bloque tiene sus propios manuales: el de Bukele con las cárceles y el control de medios; el de Milei con destrucción del Estado; el de Kast con el pinochetismo sin complejos; el de Verástegui con el integrismo católico y las donaciones desde Florida.

Y en ese bloque, el anticomunismo no es una ideología. Es el pegamento financiero que permite mover dinero oscuro entre países, justificar alianzas con operadores investigados por financiamiento ilícito, y disfrazar de "cruzada patriótica" lo que en realidad es una red de negocios, contratos y poder sin rendición de cuentas.