La caficultura costarricense y el sector agropecuario enfrentan una presión simultánea: un clima cada vez más impredecible, costos de producción crecientes y un modelo económico que ya no responde con la misma eficacia. La discusión de fondo no es coyuntural: es estructural, pero a la vez es una oportunidad de oro…
Desde hace más de una década, el sector agropecuario —y particularmente la caficultura— viene oscilando entre los efectos de El Niño y La Niña. Ambos fenómenos son naturales, pero su intensidad y frecuencia ya no lo son. En ese contexto, y con mayor urgencia durante los últimos meses, en el sector y en la Junta Directiva del ICAFÉ nos hemos venido haciendo una pregunta de fondo: ¿Hay un modelo de negocio para café que pueda hacer frente a las travesuras de El Niño? A ese desafío climático se suman además la presión económica, ajustes cambiarios, mercados que se mueven al ritmo de los aranceles y un entorno de negocios incierto. La respuesta es: sí hay forma de afrontarlo, pero los cambios deben ser integrales y oportunos, y debe sumarse el compromiso de todos.
En un nuevo modelo, no debemos renunciar a las diferencias que nos han permitido construir un sistema de bienestar y una estabilidad social admirables. Ese modelo, con todos sus matices, le dio al país un posicionamiento envidiable. Sin embargo, también muestra señales de desgaste. Y ahí es donde la discusión se vuelve inevitable: en esta ecuación solo hay dos caminos, reducir el gasto o aumentar los ingresos. Dejar de lado los cambios necesarios y urgentes no sólo destruye una actividad centenaria, sino que también debilita los ingresos del Estado y la estabilidad de la vida rural en general.
¿Cómo producir café de forma competitiva en Costa Rica? Debemos abordar temas como las cargas sociales —que rondan el 44,9%, y forman parte determinante de la estructura de costos del productor— no podemos dejar de lado la necesidad de un tipo de cambio que pueda sostener la actividad exportadora y mejorar el ingreso por dólar cafetalero que percibe el productor (aunque sea un tema reiterativo y con corta respuesta de las autoridades), debemos mejorar el acceso a insumos agrícolas alternativos que ayuden a mejorar la productividad y el costo por hectárea, debemos pensar en cultivos o actividades adicionales que complementen el ingreso y permitan al productor asumir la inversión de subir su productividad en el corto plazo y hacer frente a sus compromisos de financiamiento.
Conviene abrirse a una discusión más amplia: ¿cuáles nuevos actores deben integrarse a este esfuerzo? ¿La automatización o la inteligencia artificial, pueden aportar al sostenimiento del sistema? ¿Cómo valoramos nuestro capital natural, que sigue siendo tasado muy por debajo de lo que realmente cuesta? ¿Cómo agregamos valor a nuestra producción y avanzamos en la cadena dejando más riqueza en el país?
Malcolm Gladwell ha planteado, en distintas formas, una idea provocadora: cuando llega el momento de pensar fuera de la caja, quizá es porque la caja ya cumplió su propósito y nos toca construir otra. La caficultura costarricense, y con ella buena parte de la producción de este bello país, parece haber llegado precisamente a ese punto. Seguir haciendo lo mismo no es una estrategia: es una renuncia.
Este nuevo “niño” viene a ponernos a prueba, en nosotros está que reaccionemos a tiempo como familia para que no nos destruya la casa con sus travesuras.
