Los partidos políticos en Costa Rica deben reflexionar a profundidad su forma de acercarse y dirigirse a las comunidades. Según la más reciente encuesta realizada por el CIEP en mayo de este año, respecto a la valoración que tenía la ciudadana frente a las instituciones, nuevamente los partidos políticos son la institución peor valorada. Resulta ser una constante que, durante varios años los partidos políticos sean las agrupaciones que más aversión generan al ciudadano promedio, con un 4.2 de puntuación.
Lo anterior no es coincidencia ni se dio de un día para el otro. Los partidos políticos en su fase moderna (a partir de la generación millenial) descuidaron algo muy importante: la formación política y la conformación de cuadros. Partidos como Liberación Nacional (PLN) y la Unidad Social Cristiana (PUSC) representaban movimientos políticos fuertes, con identidad, firmeza y que lograron llegar a miles de costarricenses como opciones esperanzadoras para tener la batuta del país. Se alude a un período en que —en su mayoría— el poder se alternaba entre ambas fuerzas políticas, los socialdemócratas y los socialcristianos, particularmente de 1986 al 2002, que fue la época en donde más marcado se vio el impacto que tenían ambas agrupaciones.
Esto obedeció a que se trabajaban verdaderamente los territorios, las campañas eran de cara a cara, los líderes que se postulaban como candidatos a la presidencia eran de un carisma que al día de hoy cuesta ver. Si bien pueden realizarse diversas críticas respecto a dichos gobiernos sobre las decisiones que se tomaron en su momento y una serie de desaciertos al tomar el poder, es innegable reconocer el hecho de que se trató de una época dentro de la política costarricense en la cual los partidos políticos jugaban un rol predominante. Esto se notaba a primera mano en las casas dentro del territorio nacional, era de lo más común ver hogares con la bandera del partido político de preferencia. Hoy esto igual ocurre, pero en una considerable menor medida. El aglutinamiento de las plazas públicas para escuchar a un candidato presidencial o las famosas caravanas han sido desplazadas por reels, tiktoks o vídeos en Facebook. Esto nos lleva a una nueva era política, donde las campañas se hacen principalmente a través de redes sociales, medios de comunicación y publicidad. Esto no es en sí mismo negativo; sin embargo, se ha dejado de lado o bien, se ha prescindido un poco de este carisma y esta conexión que se hace de forma presencial.
En la época referenciada, las personas que nos gobernaban en su momento (y al día de hoy) provenían de las élites. Lo anterior no pasa desapercibido por el ciudadano promedio, los gobernantes y la clase política no se tomaron en serio la tarea de trabajar por la totalidad de Costa Rica. Menciono esto porque la mayoría de políticas o ejecución de proyectos se concentraron en la GAM, resultando las periferias y las costas siempre relegadas a segundo plano. En caso de que lo recién mencionado cause dudas, les invito a revisar los resultados de las elecciones de este año en las tres provincias, donde Pueblo Soberano, un movimiento reaccionario al tradicionalismo de los partidos políticos vino a dar un golpe a la mesa sobre cómo se hace política en el siglo XXI ganando dichas provincias de forma abrumadora.
El chavismo logró capitalizar décadas de abandono, en donde no importó cuántas causas penales tuvieran los candidatos, su carrera en lo público, ni tan siquiera conocerlos a fondo, el discurso de Laura Fernández y de Rodrigo Chaves caló. El costarricense se encontraba harto de la denominada “casta política” y apostó por algo nuevo. Si bien el Partido Acción Ciudadana (PAC) vino a romper de manera sorpresiva el bipartidismo de la mano de figuras como Ottón Solís, Luis Guillermo Solís y Carlos Alvarado, una serie de coyunturas a las que fue sometido el último terminaron por sepultar el partido.
Hay que reconocer que Carlos Alvarado tuvo el valor de actuar en momentos de tensión y que requerían decisiones, no como la mayoría de políticos prefieren “pasarle la bronca” a otro, por lo que tomó decisiones, que, si bien fueron impopulares, requerían que se actuara desde el gobierno. Entre estas actuaciones se encuentran la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas, Ley Marco Empleo Público, regulación de las huelgas y, la cereza en el pastel, la pandemia por el COVID-19. Por supuesto, hoy todas esas decisiones requieren y merecen ser revisadas y reformadas, debido a que respondieron a necesidades específicas de la época. Todas estas decisiones le costaron al PAC y a Carlos Alvarado una posterior Asamblea sin representación partidaria, una candidatura de Welmer Ramos que tuvo casi nulo apoyo y un repudio ciudadano muy fuerte. Lo anterior era esperable, debido a que se tomaron decisiones impopulares en momentos que se requería actuar, lo cual debe considerarse como algo respetable, porque la tendencia suele ser el no hacer nada.
En fin, no es coincidencia que Chaves y Fernández, así como sus partidarios utilicen como lema el dejar atrás la “vieja política”, “los mismos de siempre”, entre otro tipo de consignas haciendo alusión a los partidos políticos tradicionales. Ellos vieron algo que la oposición no supo cómo manejar, el descontento ciudadano. Lograron comprender que el sentimiento que más mueve al votante moderno es el asco por el otro. La polarización que existe actualmente no es espontánea, surge de una narrativa muy bien posicionada y estructurada para desacreditar y “sacarle los trapos sucios” a todo aquel que no forme parte del nuevo modelo que se quiere instaurar.
En campaña electoral se llegó a un momento en donde el partido insignia de este país (el PLN), que por años fue mayoría en el congreso y no requirió de otro apoyo más que de sus bases electorales y militantes a identificarse dentro del mismo grupo que el PAC, Frente Amplio, y sí, incluso el PUSC. Si esto no enciende alarma a los partidos políticos no sé que lo hará. Se vivió un proceso donde un partido nuevo que la gente no conocía PPSO llevó un proceso electoral de “todos contra mí”, que lo llegó a convertir en su mayor fortaleza, gracias a que se alimentó la narrativa de “los mismos de siempre”, debido a que todos se juntaron, haciendo énfasis en la defensa de la democracia. Lo último llevó al votante a confundirse, debido a que la oposición era muy disipada, con discursos poco claros, no directos y más críticos que propositivos.
Hoy incluso se encuentra dentro de la corriente legislativa un proyecto (expediente 25.277) que pretende reformar en la Constitución Política los artículos 95, 96, 98, 102 y 124 que propone autorizar la postulación de candidaturas independientes y agrupaciones que no son partidos aspirar a puestos de elección popular.
Si los partidos políticos quieren seguir aspirando a ser instrumentos de representación popular deben recordar que son delegados de la ciudadanía, que responden a ella y que están al servicio del pueblo. Si continúan igual de desconectados del país, cada vez se irán hundiendo más.
