Antropólogos han señalado que la gran ventaja competitiva del ser humano, es nuestra capacidad de adaptación. Nuestro cerebro, una maravilla evolutiva, tiene una instrucción primaria innegociable: preservar la especie. Por ello, ante cualquier estímulo interpretado como una amenaza, nuestro sistema nervioso activa la amígdala y nos coloca en modo supervivencia, priorizando el control inmediato. El problema es que, en la actualidad, el concepto de "amenaza" se ha vuelto profundamente subjetivo.
Un ejemplo reciente y claro lo vimos en las últimas semanas con el caso de Playa Blanca en Punta Leona. Desde un análisis clínico —y no jurídico—, la obstrucción del acceso a la playa fue interpretada por un sector de la población como una amenaza. Ante ella, se tomó el control mediante el uso de maquinaria pesada para habilitar el paso.
Al ver la noticia, confieso que también me sentí vulnerable: imaginé un escenario donde alguien reclamara el derecho de paso por el río que atraviesa mi propiedad, cruzando mi jardín y mi cochera. Ese pensamiento me generó angustia y me permitió empatizar con los trabajadores de aquel sitio. Ellos no sintieron la amenaza del tractor, sino la amenaza de perder su fuente de ingresos; fueron contratados para cumplir una función específica y respondieron desde la confrontación al verse sobrepasados. Este es un caso de libro sobre una crisis psicosocial donde el entorno debió haber leído las señales de alerta mucho antes de llegar a la ruptura. Ese equipo de trabajo, simplemente, se puso en modo "amigdalino".
Más allá de quién tuviera la razón —que no es el propósito de este análisis—, el episodio evidencia la falta de preparación de muchas empresas ante eventos que requieren una gestión emocional estratégica, capaz de contener tanto el incidente puntual como la crisis psicosocial masiva que este puede detonar.
La necesidad de una respuesta técnica
La vida moderna exige una adaptación constante y situaciones que podrían parecer manejables terminan convirtiéndose en conflictos mayores porque ni las personas afectadas ni su entorno cuentan con herramientas para gestionarlas.
Aquí es donde cobran relevancia los primeros auxilios psicológicos (PAP), un concepto que surgió tras la Segunda Guerra Mundial para minimizar el impacto emocional inmediato. Con el tiempo, tras crisis globales asociadas al terrorismo y desastres naturales, se hizo evidente que las personas no solo necesitan contención, sino también seguridad, calma, información clara, apoyo práctico y conexión con redes de recursos.
Sin embargo, cuando hablamos de primeros auxilios psicológicos laborales (PAPL), el marco de acción debe ampliarse. A diferencia de los PAP tradicionales —que se centran en la respuesta inmediata a la persona afectada— los PAPL incorporan una lectura del entorno laboral, tanto antes como durante la crisis, además de un análisis posterior de los factores que contribuyeron al evento.
Un aspecto crítico que a menudo se omite es que quien interviene también debe gestionar sus propias emociones. Una intervención ejecutada desde el miedo, la urgencia, el juicio o la necesidad de control —como vimos en el caso de Punta Leona— puede aumentar el caos, por muy buena que sea la intención. La primera competencia de quien responde debe ser, precisamente, regularse lo suficiente para no convertirse en un factor más de la crisis. En entornos laborales, los "buenos samaritanos" sin herramientas no solo no son funcionales, sino que pueden incurrir en negligencia profesional.
Hacia entornos laborales sanos
Al revisar la oferta académica nacional dirigida a profesionales de Recursos Humanos y Salud Ocupacional, se evidencia un vacío importante. Existe una carencia de formación en riesgos psicosociales y PAPL, lo cual representa un reto, pero, a la vez, una oportunidad para elevar el estándar.
Es necesario integrar con mayor fuerza la mirada de la psicología y la comprensión de los roles adaptativos en el trabajo. Un entorno realmente sano es aquel que comprende que las personas llegan a sus puestos con un sistema nervioso cargado de experiencias, duelos y temores. Si la organización no sabe gestionar ese impacto, los factores de riesgo psicosocial pueden incrementarse exponencialmente.
Esta necesidad de transitar hacia entornos laborales que gestionen integralmente el bienestar no es un tema aislado, sino una urgencia nacional. De hecho, actualmente se encuentra en espera de discusión en la Asamblea Legislativa el expediente 25.138, que busca crear la Semana Nacional del Entorno Sano y Fomento de la Corresponsabilidad en el Bienestar Integral. Este proyecto es un paso necesario para reconocer, a nivel estructural, que nuestra salud mental no termina en la puerta de la oficina.
Este esfuerzo legislativo se alinea perfectamente con la Ley Nacional de Salud Mental (N° 10.412), que exige una visión preventiva, multidisciplinaria e interinstitucional. Si bien la ley sienta las bases para eliminar el estigma y proteger la salud integral, el reto está en su aplicación práctica dentro de los centros de trabajo, entre otros. No basta con normativas; requerimos que las organizaciones desarrollen la capacidad técnica para implementar los Primeros Auxilios Psicológicos Laborales (PAPL) como una herramienta de protección real, garantizando que el entorno no sea un factor de riesgo, sino un ecosistema que sostenga la salud de sus colaboradores.
