La discusión nuclear ya no pertenece solo a las grandes potencias; también empieza a tomar fuerza en regiones que buscan desarrollo limpio y seguridad energética.
Del 18 al 21 de mayo, Rwanda fue sede del Nuclear Energy Innovation Summit on Africa, un encuentro internacional dedicado a discutir el papel de la energía nuclear en el futuro energético del continente africano. Su lema proponía transformar la ambición nuclear en una realidad capaz de atraer inversión, una formulación que resume bien el sentido del encuentro. No se trata de una reunión aislada, sino la expresión de un cambio más amplio: la energía nuclear vuelve a ser vista como una herramienta para impulsar desarrollo, seguridad energética, innovación y descarbonización.
El dato es importante porque muestra un cambio de época. Durante décadas, la energía nuclear fue percibida como una tecnología reservada a las grandes potencias industriales. Hoy, en cambio, varios países en vías de desarrollo la estudian como parte de sus estrategias para reducir emisiones, ampliar el acceso a electricidad, sostener procesos de industrialización y fortalecer capacidades científicas nacionales. En África, el interés por los reactores modulares pequeños viene acompañado de esfuerzos en formación de talento humano, regulación y financiamiento. Esa combinación revela una visión más amplia de la transición energética, en la que no basta con producir electricidad limpia; también se requieren sistemas firmes, estables, competitivos y capaces de sostener las nuevas demandas tecnológicas.
América Latina y Centroamérica deberían leer esa señal con atención. La región cuenta con experiencia nucleoeléctrica en algunos países y con una trayectoria relevante en investigación, regulación, protección radiológica y aplicaciones pacíficas. Esa base permite plantear la discusión con mayor madurez. La pregunta no es si la energía nuclear pertenece solo a las grandes potencias, sino cómo puede contribuir al desarrollo de países que buscan crecer, descarbonizarse, competir y fortalecer su seguridad energética en un mundo cada vez más exigente.
Costa Rica debería sumarse a esta reflexión global y regional con criterio propio. Su matriz eléctrica renovable es un logro nacional, pero el futuro exigirá más energía firme, limpia y confiable para sostener la electrificación del transporte, la industria avanzada, la inteligencia artificial, la medicina moderna y la resiliencia climática. En ese escenario, considerar seriamente la energía nuclear de nueva generación puede formar parte de una conversación más amplia sobre cómo fortalecer la vocación ambiental del país y adaptarla a los desafíos tecnológicos del siglo XXI.
El siguiente paso debería ser construir una visión prospectiva sobre el futuro nuclear del país, con participación del Estado, la academia, los sectores productivos y la sociedad civil. Esa reflexión permitiría actualizar el marco jurídico y la gobernanza nuclear, definir prioridades de planificación e inversión estratégica, y fortalecer las capacidades técnicas, regulatorias y científicas nacionales. Las aplicaciones actuales en ambiente, agricultura, salud, industria e investigación ya muestran beneficios concretos para la población y el desarrollo sostenible. Desde esa base, Costa Rica podría considerar con seriedad el papel de la generación nucleoeléctrica como posible componente de respuesta a sus desafíos de largo plazo.
La señal que llega desde África es poderosa. El futuro nuclear ya no pertenece únicamente al norte industrializado; también lo imaginan regiones que buscan desarrollo limpio, seguridad energética, soberanía tecnológica y mayor competitividad. Costa Rica, con su trayectoria ambiental y su vocación científica, puede incorporarse a esa conversación desde sus propias fortalezas. Pensar con seriedad su futuro nuclear no significa abandonar su identidad sostenible, sino prepararla para los tiempos que vienen.
