Como dijo Fontanarrosa, no llegué a ser un gran futbolista por dos razones: la primera fue mi pierna izquierda, y la segunda razón, mi derecha. De niño era un tronco. ¡Malísimo! Nunca sobresalí. Ni en la placita polvorienta de la escuela, ni en la cuesta recién asfaltada del barrio. Pero, a pesar de que un cono era mejor que yo, nunca tuve aversión hacia el fútbol; todo lo contrario, se despertó en mí una fascinación mística, cuasi cúltica. Una devoción que me acompaña desde antes del Aztecazo. Sobre esto quiero filtrar unos apuntes entre las siguientes líneas.
Toco y me voy.
La traición
Hablar de fútbol siempre levanta sospecha. Como lo dijo Galeano: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que tienen muchos creyentes y en la desconfianza que tienen muchos intelectuales”. La sospecha nace —obviamente— por los vínculos de la Industria del fútbol con los capitales transnacionales, las instituciones de poder o la violencia normalizada —racista, patriarcal, etnonacionalista, etc—. Pero también, por el uso del fútbol para lavarle la cara a regímenes anti democráticos, totalitarios y criminales (desde la Italia de Mussolini, pasando por la dictadura argentina, la petrodictadura de Qatar, el México PRIista, la Rusia putinista o la contemporánea Trumplandia del norte). Ahora bien, aunque la FIFA sea una multinacional corrupta y filofascista, acordate, Infantino, que "Judas no juega esta tarde, lo expulsaron por traidor", y siempre la pelota llega al 10. No quiero ahondar en estas relaciones del fútbol, ya que plumas más ágiles y críticas han escrito sobre el tema. Sigo con mis ingenuidades, como quien cree que el balón aún puede girar sin proclamar mea culpa.
Los traidores
La pelota no se mancha, a pesar de los que ensucian la cancha. Estos son los que pegan, los que juegan sin poesía y los que no transpiran la camiseta. Entre ellos, el mercado y la industria del fútbol. Ahora bien, decir que el capitalismo neoliberal es el Rey Midas que violentó al fútbol, despojándolo de su alma y convirtiéndolo en mercancía, es una obviedad. Ya lo dijo Galeano: “a medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Esa alma despojada fue la que se forjó entre los potreros y las plazas de nuestros barrios, entre barro, sangre y sudor. Esa picaresca criolla del mete-el-gol-gana, el taquito, la horqueta -cañito en argentino-, o la gambeta de la cual la mayoría participamos y que vemos lejano ahora que ahora pagamos canchas sintéticas. En esta categoría también está el periodismo deportivo farandulero que, a tono a lo anterior, reduce al fútbol a un espectáculo mediático, a un culebrón de mal gusto, a la hora muerta de frases sensacionalistas, acartonadas y vacías que, junto a la negligencia de no querer ver los matices y tonos de tan hermoso deporte, condicionan al espectador a repetir y cliquear titulares. A pesar de lo anterior, la pelota no se mancha, sigue rodando inmaculada por la grama.
La redención
El fútbol es memoria y mito escrito en el corazón de la tribuna. Es la épica del Barrilete cósmico. La mano de D10S. El Rey coronado en el Coloso de Santa Úrsula. Es la estampa eterna de Baggio con las manos en la cintura. El surreal remate carioca que bordea a los franceses. Es Rivers anotando en el 33" a la Azurri campeona del mundo. Es la maldición de Barbosa, la Quinta del Buitre y la leyenda del Rey de Copas. Es Suárez llorando camino a las duchas. Es Medford dejando en el olvido a los suecos. Es Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón de la blaugrana. El elefante Drogba mediando la paz. Son las Rayas canallas de los colchones. Es el Equipo del Siglo. Es el Doctor Sócrates y la Democracia Corinthiana. Es la dignidad en las voces del barrio de Vallecas que "no conocieron mayor victoria que contigo en la derrota". Es el Inmortal Morera Soto venciendo al Divino Zamora y cuyo corazón late debajo de la Catedral. Es el minuto 43, de aquél 20 de junio, donde el Capi cerró al segundo palo, silenciando a un viejo Imperio y escribiendo en los anales de la historia el levantamiento de una legión tricolor. Es la memoria el héroe que “sembró alegría en el pueblo y regó de gloria este suelo”. Es el rito que nos convoca alrededor de una pelota. Son noventa minutos que nos separan de abrazar la gloria…
¡La pelota no se mancha!
La Devoción
Aunque la historia del fútbol es “un triste viaje del placer al deber”, nuevamente Galeano, quiero aferrarme a un estado primordial del fútbol. Quiero ser parte de esa historia una vez más. Engañame con la elegancia de la gambeta o el regate por la izquierda. Dame ese momento en que mi voz se ahoga en el eco del gol. Regálame la ilusión de sentirnos por un momento los mejores, esa gloria mundana que embriaga los corazones. Ahí, en el campo, donde no hay escalafón ni clases sociales, solo veintidós almas y un balón sobre los cuales depositamos nuestros anhelos… y dale alegría, alegría…
Una vez más, otorgáme la gracia de creer, la fe proclamar que, a pesar de los que ensucian la cancha, la pelota no se mancha.
