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La oportunidad que merecen Mariana, Ana, Carlos y Fabián: Inteligencia Artificial con propósito

¿Qué significa la inteligencia artificial para Mariana, una niña de 8 años que asiste a una escuela en Puriscal? Para ella, la IA no es un concepto de vanguardia ni una amenaza distante. Es la posibilidad de que su maestro tenga una herramienta que detecte si está teniendo dificultades con la lectura antes de que ella misma sepa cómo explicarlo. Es la promesa de que, aunque viva en una zona rural de difícil acceso, pueda acceder a los mismos recursos educativos de alta calidad que un estudiante del centro de San José. En un país que aspira a cerrar brechas, la IA puede ser la gran niveladora o la gran amplificadora de desigualdades. La decisión está en nuestras manos.

Pensemos ahora en doña Ana, una agricultora de la Zona Sur que cultiva café en Pérez Zeledón. Para ella, la IA podría ser un aliado clave: un sistema que, integrando datos climáticos, satelitales y de suelo, le avise con tres días de anticipación cuándo sembrar, cómo optimizar el uso del agua o posibles plagas que podrían limitar su productividad. Pero también podría ser una nueva barrera si los beneficios de la automatización se concentran en grandes corporaciones agrícolas y dejan fuera a las pequeñas productoras. Doña Ana no necesita una app sofisticada que no sabe usar; necesita un asistente que hable su idioma, que entienda su ciclo de cultivo y que respete su autonomía.

Y qué decir de don Carlos, un adulto mayor de 75 años que vive solo en una comunidad costera de Guanacaste. Para él, la IA podría ser la diferencia entre sentirse abandonado o acompañado: un sistema de teleasistencia predictivo que detecte una caída, que recuerde la hora de sus medicamentos o que simplemente active una llamada de voz amigable cuando pase varios días sin interactuar con nadie. Pero también podría ser una intrusión si no se protege su privacidad, o una exclusión si los servicios públicos digitalizados presumen que todos tienen un teléfono inteligente y saben usarlo. La IA será ética, o no será, en la medida en que ponga en el centro a don Carlos, no a la eficiencia técnica.

Finalmente, pensemos en Fabián, un joven de 22 años en Goicoechea que acaba de terminar su bachillerato por madurez y busca su primer empleo formal en un mercado laboral incierto. Para él, la IA podría ser un multiplicador de oportunidades: una plataforma que identifique sus habilidades, lo conecte con programas de capacitación en demanda y lo vincule con personas empleadoras que valoran la diversidad. Pero también podría ser un filtro discriminatorio si los algoritmos de selección de personal replican sesgos históricos o si las empresas deciden automatizar precisamente los puestos de entrada que históricamente han sido la puerta de acceso al mercado laboral para los jóvenes sin experiencia.

Cuatro vidas, una misma pregunta: ¿quién diseña las reglas para que la IA beneficie a todos y todas, no solo a unos pocos?

Y aquí hay un factor de exclusión que debemos considerar: el costo de la AI. No solo el costo de los dispositivos o los planes de datos, sino de la alfabetización digital, de la conectividad en zonas rurales, del mantenimiento de infraestructura, de la capacitación continua para no quedar obsoleto. La inteligencia artificial no es gratuita, y si no abordamos decididamente esta dimensión, corremos el riesgo de construir un futuro tecnológico que sea, en la práctica, un privilegio al alcance de unos pocos. El Secretario General de Naciones Unidas ha sido claro en este punto: sin inversión, muchos países y muchas personas quedarán "desconectados" de la era de la IA. Por eso ha propuesto un Fondo Global de IA de 3.000 millones de dólares para construir capacidades básicas en países en desarrollo: habilidades, datos, poder de cómputo asequible y ecosistemas inclusivos. Esa es la escala de la ambición que necesitamos para que el costo no sea una barrera, sino un puente.

Pensemos nuevamente en don Carlos. Para él, el costo de la IA no es solo el de un teléfono inteligente o un plan de datos. Es el costo de quedar fuera de un sistema que asume que todos tienen acceso. Es el costo de que los servicios públicos se digitalicen sin considerar que quizás no sepa usar una aplicación, o que su conexión a internet sea intermitente, o que el costo de un plan de datos compita con el de sus medicamentos. Abordar la cuestión ética implica que no se le exija a don Carlos costos que no puede asumir ni habilidades que no ha tenido oportunidad de desarrollar. Por eso, desde Naciones Unidas impulsamos el concepto de "IA pequeña": soluciones prácticas, asequibles y efectivas que funcionen en dispositivos cotidianos, que no requieran conectividad permanente y que resuelvan desafíos locales de desarrollo. El verdadero propósito de la inteligencia artificial para nosotros no es crear una élite tecnológica, sino asegurar que el costo no sea el factor que decida quién participa y quién queda fuera.

Alianza Costa Rica y ONU para asegurar un mejor futuro

Como ha advertido el Secretario General de la ONU, António Guterres“La cuestión no es si la IA transformará nuestro mundo —ya lo está haciendo—. La cuestión es si la gobernaremos juntos o dejaremos que ella nos gobierne.” El Pacto del Futuro y el Pacto Digital Mundial nos dieron la hoja de ruta. Pero los compromisos globales no se implementan solos y allí es donde la ONU es una gran aliada para los países.

Costa Rica ha demostrado un liderazgo excepcional para impulsar la IA con enfoque ético, seguro y responsable en tres niveles:

  • Global: co-facilitó la resolución que creó el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA (que por cierto se desarrollará este 6 y 7 de julio en Ginebra y tendrá una participación de Costa Rica con una delegación de muy alto nivel) y el Panel Científico de la IA.
  • Regional: convocó el Diálogo AI4LAC el pasado 26 de mayo, articulando una voz latinoamericana sobre IA con pertinencia cultural y respeto a la soberanía nacional.
  • Nacional: lanzó su Estrategia Nacional de IA (ENIA 2024-2027), basada en principios éticos.

Y en este camino Naciones Unidas en Costa Rica ha sido un socio activo. Nuestra Hoja de Ruta sobre IA (2025-2027) ya muestra resultados tangibles: aplicamos la herramienta diagnóstica AILA de PNUD para evaluar la preparación del ecosistema nacional de IA,  —infraestructura, talento, datos y gobernanza, generando insumos clave para la ENIA; lanzamos la Guía Nacional de IA para Educadores, que tiene el potencial de llegar a 64.000 docentes y un millón de estudiantes; desarrollamos un asistente virtual para citas de Papanicolaou que mejora el acceso a la salud; y desde 2021, el monitoreo de discursos de odio con IA ha producido ocho informes que alimentan políticas de cohesión social.

Me gustaría subrayar algo crucial: Costa Rica ha alcanzado recientemente la categoría de país de ingreso alto, un logro notable que, sin embargo, plantea nuevos desafíos. El salto a renta alta no es sinónimo de bienestar generalizado, sino que demanda una nueva generación de políticas que cierren las persistentes brechas de productividad, equidad territorial e inclusión laboral. En este contexto, la IA debe ser vista como una herramienta para abordar estas complejidades estructurales, desde la productividad agrícola en la Zona Sur hasta el empleo juvenil en el Valle Central, y no como un fin en sí mismo. La cooperación internacional que ofrecemos debe repensarse para acompañar a un país que, siendo de ingreso alto, ha tomado la decisión de enfrentar sus desigualdades. Aquí, la ONU puede aportar valor con un amplio conocimiento técnico, transferencia de experiencias y facilitación de alianzas público-privadas.

Una transformación de esta magnitud requiere un replanteamiento de nuestra forma de operar. Por ello, el Secretario General ha impulsado la visión de ONU 2.0, que busca fortalecer las capacidades del sistema en cinco áreas: datos, digital, innovación, prospectiva y ciencias del comportamiento.

Nuestro mensaje final es claro y sencillo: la inteligencia artificial no debe ser un privilegio para pocos. Debe verse tan necesaria como aprender a leer, sumar o usar un teléfono celular, y su propósito legítimo debe ser acelerar el cumplimiento de las metas nacionales y mejorar la calidad de vida de todas las personas, protegiendo al mismo tiempo nuestro planeta. Costa Rica, con su vocación multilateralista, su capacidad de innovación y su firme compromiso con los derechos humanos, está demostrando al mundo que es posible construir un futuro digital inclusivo y humano.

En Naciones Unidas nos sentimos profundamente honrados de acompañar a este país en su camino de liderazgo. Seguiremos trabajando junto al Gobierno, el sector privado, la academia y la sociedad civil para que la inteligencia artificial sea, ante todo, una herramienta de bienestar y justicia social. Porque al final, el éxito de esta revolución no se medirá en terabytes o algoritmos, sino en la sonrisa de Mariana al aprender a leer, en la cosecha segura de doña Ana, en la tranquilidad de don Carlos al sentirse acompañado, y en el primer trabajo digno de Fabián.

Ese es el único propósito que vale la pena.