Cuando pensamos en integrar una región, solemos imaginar carreteras que acortan distancias, puentes que salvan ríos, redes eléctricas que encienden ciudades. Esa infraestructura física es indispensable, y el Banco Centroamericano de Integración Económica la ha financiado durante décadas con visión y acierto. Pero hay otra infraestructura, menos visible y no menos decisiva, que también sostiene a los pueblos: la que les permite reconocerse, narrarse e imaginar juntos su futuro. La llamo, sin temor a la palabra, la infraestructura del alma.
Hace más de seis décadas, cinco repúblicas hermanas —Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica— decidieron fundar este banco para construir juntas su desarrollo. A esa voluntad fundadora se sumaron después Panamá, la República Dominicana y Belice, y con ellos la región creció sin renunciar a su raíz: el istmo se hizo más ancho y el mar dejó de ser frontera para volverse puente. Y con el tiempo, este banco fundado por y para Centroamérica supo abrir sus puertas a socios de otras latitudes —de América y de más allá del mar—, hasta conformar hoy una comunidad de quince naciones que creen en la integración como método y en el desarrollo como destino compartido.
Esa apertura no diluyó la raíz: la proyectó. Porque integrar no es solo unir a los pueblos del istmo, sino tender la mano a quienes, desde lejos, apuestan por el mismo horizonte. Estos pueblos comparten mucho más que un acuerdo financiero. Los une una historia tejida de las mismas raíces y los mismos desencuentros, y una vocación de encuentro que la geografía les impuso y que la cultura ha sabido convertir en identidad. La poeta dominicana Aída Cartagena Portalatín lo dijo con una imagen que vale para todos nosotros: “Soy isla, pero no encierro”. Esa es, en el fondo, nuestra divisa común: ser cada cual lo que es, sin encerrarse; pertenecer a sí mismo y, a la vez, a algo más grande.
Pero la región comparte también, hoy, un mismo reto: el de retener y proyectar a su juventud, el de ofrecerle un horizonte donde quedarse en lugar de un camino para irse. Las artes son uno de los lenguajes donde esa juventud ya está creando valor, muchas veces sin el respaldo institucional que merece. Un joven que pinta en San Salvador, una violinista que ensaya en Santo Domingo, un realizador que sueña en Ciudad de Panamá: cada uno de ellos sostiene, sin saberlo, una porción del alma común de la región. Invertir en ese talento no es un gasto ornamental al margen del desarrollo. Es una de sus condiciones. Donde el talento florece, las comunidades se quedan, los jóvenes encuentran sentido y las economías se diversifican hacia sectores creativos que en el mundo entero mueven cifras nada despreciables.
Es desde esa convicción que se proponen dos iniciativas de integración cultural regional. La primera, la Orquesta Juvenil Centroamericana, reunirá a jóvenes músicos de todos nuestros países en un mismo escenario, allí donde un hondureño, una guatemalteca y un dominicano afinan el mismo acorde y descubren que la armonía no es una metáfora, sino una práctica. La segunda, la Travesía Visual de Centroamérica, será un certamen anual de artes visuales donde la mirada de un artista panameño podrá dialogar con la de uno beliceño o costarricense, y donde la región podrá verse a sí misma a través de los ojos de quienes la habitan y la imaginan.
No son proyectos culturales aislados, sino lo que verdaderamente son: infraestructura. Infraestructura del alma regional, complementaria de la infraestructura física que tan bien financia este banco. Porque una orquesta es también un puente, y un certamen es también una red que conecta sensibilidades en lugar de ciudades.
A quienes piensan en términos de inversión y retorno, vale la pena recordarles que estos proyectos también los tienen. Su retorno no es solo económico —aunque la economía creativa lo genera—, sino de pertenencia y cohesión. Y es, quizás, la inversión menos volátil de todas, porque sus dividendos no se cobran en un trimestre: se cobran en generaciones. La juventud que hoy aprende a crear junta será mañana la ciudadanía que sepa convivir junta.
Estas dos iniciativas se presentan en el marco de la 65 Asamblea de Gobernadores del BCIE, y aspiran a convertirse en una adopción histórica: el momento en que la región decidió que integrar también significa crear juntos. Y aunque nacen en el corazón regional del istmo, su sentido trasciende esas fronteras: proyectos como estos son, precisamente, lo que permite que una entidad como el BCIE hable de desarrollo en su acepción más plena. No un desarrollo medido solo en obra física o en indicadores macroeconómicos, sino un desarrollo integral, que reconoce que ningún pueblo prospera del todo si no cultiva también aquello que le da sentido.
Un banco de integración con quince naciones miembros tiene, por su escala y por su vocación, la autoridad para liderar esa mirada más amplia. No será el logro de un país ni la firma de un funcionario, sino el comienzo de un esfuerzo compartido por todos los pueblos que conforman esta comunidad de naciones, que reconocen en su juventud y en su talento un patrimonio común digno de ser cultivado.
Porque el desarrollo de nuestra región no se mide únicamente en megavatios o kilómetros de asfalto. Se mide también en la capacidad de un conjunto de pueblos para reconocerse y para soñarse en conjunto. Esa es la infraestructura del alma. Y construirla —ladrillo a ladrillo y nota a nota, lienzo a lienzo y acorde a acorde— no es tarea de uno solo, sino de todos. Es, en el fondo, la forma más honda de integrar: no uniendo territorios, sino uniendo voluntades.
