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La escalera pública

En cursos sobre salud pública, educación y desarrollo social, Costa Rica suele aparecer como ejemplo. Se estudia cómo una nación pequeña construyó una red de salud universal y un sistema educativo que impulsó la movilidad social durante décadas.

Los resultados son conocidos. Costa Rica alcanzó indicadores de salud comparables a los de países mucho más ricos. También amplió el acceso a la educación y creó oportunidades para generaciones que antes tenían pocas posibilidades de ascenso social.

Estos logros no ocurrieron por casualidad. Fueron el resultado de decisiones colectivas sostenidas en el tiempo. Durante décadas, el país entendió que invertir en salud y educación era una estrategia de desarrollo, no un gasto.

Sin embargo, ningún logro es permanente.

Hoy se discuten rezagos educativos, brechas de aprendizaje y restricciones presupuestarias. Más allá de cualquier posición política, vale la pena preguntarse qué ocurre cuando se debilitan las instituciones que históricamente han ampliado las oportunidades.

Mi propia historia ofrece una respuesta.

Mi abuela migró a Costa Rica con poco más que un pasaporte y la esperanza de construir una vida mejor. Mi madre vendía flores en el pabellón de flores del Mercado Central de San José. Ninguna de las dos tuvo acceso a privilegios extraordinarios.

Lo que sí tuvieron fue acceso a un país que apostó por crear oportunidades para la siguiente generación.

Estudié en la Escuela Ricardo Jiménez Oreamuno, en el Colegio Superior de Señoritas y en la Universidad de Costa Rica. Mi educación fue completamente pública. Como miles de costarricenses, me formé en instituciones financiadas por una sociedad que apostó por la movilidad social.

Gracias a esas decisiones, la hija de una florista pudo convertirse en médica y estudiar en Harvard.

La relevancia de esa historia no está en Harvard. Está en que una trayectoria similar debería seguir siendo posible para miles de estudiantes costarricenses.

Durante los últimos años he estudiado y trabajado en Boston, una ciudad que alberga algunos de los mejores hospitales y universidades del mundo. Sin embargo, mi experiencia en Estados Unidos también me ha permitido observar las limitaciones de un sistema en el que el acceso a la salud y a una educación de calidad depende, en gran medida, de los recursos económicos de cada familia.

Costa Rica nunca ha sido un país perfecto. Sin embargo, durante décadas construyó un consenso fundamental. El lugar donde una persona nace no debería determinar completamente las oportunidades que tendrá en la vida.

Ese consenso merece atención.

La discusión sobre educación y salud públicas suele concentrarse en presupuestos, indicadores o reformas administrativas. Es una discusión necesaria. Pero también conviene recordar qué representan estas instituciones para miles de familias.

Representan la posibilidad de cambiar una trayectoria familiar en una sola generación. Representan la posibilidad de que el talento encuentre oportunidades más allá del ingreso económico. Representan una de las principales fortalezas del modelo costarricense.

Por eso, la pregunta no es únicamente cuánto cuesta sostener estos sistemas. La pregunta también es cuánto costaría perderlos.

Costa Rica no se convirtió en ejemplo por accidente. Lo hizo porque apostó por las personas.

El verdadero éxito de un país no se mide por las historias extraordinarias que produce. Se mide por su capacidad de hacer posibles miles de historias ordinarias.

El Himno Nacional dice: “¡Vivan siempre el trabajo y la paz!”. Yo agregaría algo más: que viva siempre la educación pública.

Porque las oportunidades que hoy damos por sentadas son el resultado de decisiones tomadas hace décadas. La pregunta es si tendremos la visión de preservarlas para las próximas generaciones.