Junio es el mes del océano. Y no es casual que lo llamemos océano, en singular, porque esa es precisamente una de sus características más extraordinarias: es uno. Un solo ecosistema que cubre el 70% de la superficie del planeta, que no reconoce fronteras y que nos conecta a todos, sin excepción.
Desde los arrecifes de coral del Triángulo de Coral en el Indo-Pacífico —considerados la mayor concentración de biodiversidad marina del mundo—, hasta el Gran Arrecife de Barrera Australiano, los manglares del Golfo de México o las praderas de pastos marinos del Mediterráneo, todos forman parte del mismo sistema. Y desde todos ellos, a través de corrientes, migraciones y ciclos biogeoquímicos que no distinguen latitudes, llegamos al Pacífico Tropical Oriental: más de 60 millones de hectáreas rebosantes de vida y hogar de una de las mayores concentraciones de biodiversidad pelágica del planeta.
El océano no solo nos conecta con el resto de la humanidad: nos conecta con lo que hace posible la vida misma. Produce más del 50% del oxígeno que respiramos, regula el clima absorbiendo alrededor del 23% de las emisiones anuales de CO₂ generadas por la actividad humana y el 90% del exceso de calor causado por el cambio climático—, genera los ciclos de agua dulce que alimentan nuestros ríos y sostiene cadenas tróficas que garantizan la seguridad alimentaria de miles de millones de personas. De esa seguridad depende directamente más del 50% de la población de los países menos desarrollados, para quienes la pesca constituye su principal fuente de alimentación, y en ella trabajan 57 millones de personas en todo el mundo. Cuando hablamos del océano, hablamos de los cimientos sobre los que está construida la civilización.
Costa Rica es parte de esta extraordinaria cadena. Es, aunque pocos lo saben, un país marino: el 92% de nuestro territorio nacional es océano. Ese dato se traduce en una Zona Económica Exclusiva de más de 589.000 kilómetros cuadrados, en recursos pesqueros, en corredores de conectividad biológica, en un enorme potencial científico y en una responsabilidad de conservación que pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de asumir.
Este compromiso se consolidó en 2021, cuando el Gobierno de Costa Rica amplió su territorio marino protegido con la expansión del Parque Nacional Isla del Coco y la creación del Área Marina del Bicentenario. La Isla del Coco —ese punto verde y remoto a 550 kilómetros de nuestras costas— es uno de los lugares más extraordinarios del planeta: un volcán cubierto de selva tropical húmeda, rodeado de aguas cristalinas donde los tiburones martillo se cuentan por cientos, donde las ballenas jorobadas llegan a parir y donde la densidad de vida marina deja sin palabras a los científicos y buzos más experimentados del mundo. No es casualidad que Jacques Cousteau la llamara "la isla más bella del mundo".
Celebrar el océano significa reconocer esa identidad marina que como país hemos tardado en abrazar. Tenemos un océano que nos da soberanía, que sustenta comunidades costeras, que genera divisas a través del turismo sostenible —una industria que a nivel mundial genera aproximadamente 134.000 millones de dólares al año y que concentra cerca del 80% de su actividad en zonas costeras— y que alimenta una cultura pesquera artesanal de generaciones. Nuestra Zona Económica Exclusiva no es solo un perímetro jurídico: es patrimonio vivo.
Y, sin embargo, ese patrimonio es frágil. La pesca ilegal no declarada y no reglamentada, la contaminación por plásticos —más de 17 millones de toneladas métricas contaminaban el océano en 2021, cifra que se duplicará o triplicará para 2040, y la sobrepesca ya ha provocado la desaparición de más de un tercio de las poblaciones mundiales de peces—, el cambio climático y la acidificación de los océanos —cuyo pH es hoy un 30% más ácido que en la época preindustrial— son amenazas reales y documentadas. Perder la salud de nuestros ecosistemas marinos no sería solo una tragedia ambiental: sería la erosión de nuestra seguridad alimentaria, el colapso de industrias enteras, el empobrecimiento de comunidades que dependen del mar para vivir y la pérdida irreversible de un capital natural que ningún presupuesto podría reponer.
Es difícil interesarse por lo que no se ve, por lo que ocurre debajo de la superficie. Y eso es, quizás, lo que hace al océano tan especial y vulnerable a la vez: la mayor parte de su existencia transcurre lejos de nuestros ojos. Bajo la superficie existe un mundo completamente distinto, uno que no reconoce jerarquías humanas, donde todos —sin importar el cargo, el estatus o el apellido— nos sentimos igual de pequeños e indefensos. Porque en el mar no gobierna el ser humano. Gobiernan los tiburones, las ballenas y las mantarrayas gigantes. Y esa experiencia de pequeñez, lejos de ser aterradora, es profundamente conmovedora.
Celebrar el océano significa celebrar la vida misma en el planeta. Y significa también asumir compromisos reales para conservarlo, tomar decisiones genuinas para protegerlo e implementar acciones concretas que aseguren la salud de todo lo que alcanzamos a ver, y también de lo que no. Para que siga existiendo, aun cuando ya no estemos.
